LA PACIENCIA.

Un joven acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. antes de tomar posesión de su primer destino oficial organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el acontecimiento. Durante la velada, uno de sus amigos que ocupaba un cargo desde hacía algún tiempo, le dio un consejo:

-Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.

El funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomendación.

Un mes más tarde, durante un banquete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa divertida.

Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un ministerio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiqueta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:

-¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!

Mientras un cortejo de dignatarios indignados se volvía, el mentor declaró:

_ ¿Ves?, hago bien en repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en práctica!

* Quizá es un cuento sencillo, pero dentro encontramos algo muy valioso. La paciencia es una virtud, y esta debe desarrollarse y entenderse. Es fácil ser paciente cuando sabemos que algo terminará, pero la paciencia que se debe tener cuando algo no es seguro, cuando no sabemos como acabará o porque no es de nuestro agrado, eso es la paciencia que realmente nos inquieta. Probablemente, el funcionario novato, no hubiera reaccionado de la misma manera si hubiera sabido que la tercera vez que le aconsejaba el veterano iba a ser la última. Pero ante la perspectiva de que se vuelva a repetir hasta no saber cuando, es lo que realmente le enfureció.

HISTORIA DEL CANTOR.

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Se cuenta que al comienzo Dios creó primero los animales, y después al hombre.

Una vez creado, el perro se dirigió a Dios y le preguntó:
- ¿Qué haré yo en la vida, buen Señor?
- Tendrás un amo que te golpeará si no le obedeces, roerás huesos y ladrarás a la Luna.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de perro durante setenta años? Con quince me sobra.
- De acuerdo –dijo el Señor.

Luego, Dios creó el caballo. Una vez creados, el caballo se dirigió a Dios y le preguntó:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, caballo, acarrearás pesadas cargas y, como recompensa, te darán latigazos.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de caballo durante setenta años? Con veinticinco me sobra.
- De acuerdo –dijo el señor.

Después, Dios creó un cantor de sinagoga. Una vez creado, el cantor se dirigió a él y dijo:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, cantor, cantarás en la sinagoga. Cantarás en todas las bodas, en los bar-mitzvab, en las circuncisiones, cantarás en todas nuestras festividades. Y cada vez que abras la boca, todo el mundo se extasiará ante ti. Tu vida será una larga sucesión de alegrías sin fin.
- ¿Y cuánto tiempo viviré, Señor?
- Setenta años.
- Setenta años… ¿solo? Buen Señor, concédeme vivir al menos ciento veinte años.
- De acuerdo – asintió el Señor.

Pero ¿ de dónde pensáis que tomó el Señor los años suplementarios que le pedía al cantor? Pues de los que inicialmente había señalado al perro y al caballo.
Entonces, si os sucede que tenéis que escuchar a un cantor de más de setenta años, no os extrañéis de que  aúlle como un perro. Y si le invitáis a comer, no os extrañéis de que engulla como un caballo.

* Curioso cuento que habla con cierto humor del origen del cantor de la sinagoga. Un hombre que canta, pero a veces, sobre todo de mayor, no lo hace del todo bien. Un cuento que narra sobre la tradición judía.