HISTORIA DEL CANTOR.

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Se cuenta que al comienzo Dios creó primero los animales, y después al hombre.

Una vez creado, el perro se dirigió a Dios y le preguntó:
- ¿Qué haré yo en la vida, buen Señor?
- Tendrás un amo que te golpeará si no le obedeces, roerás huesos y ladrarás a la Luna.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de perro durante setenta años? Con quince me sobra.
- De acuerdo –dijo el Señor.

Luego, Dios creó el caballo. Una vez creados, el caballo se dirigió a Dios y le preguntó:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, caballo, acarrearás pesadas cargas y, como recompensa, te darán latigazos.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de caballo durante setenta años? Con veinticinco me sobra.
- De acuerdo –dijo el señor.

Después, Dios creó un cantor de sinagoga. Una vez creado, el cantor se dirigió a él y dijo:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, cantor, cantarás en la sinagoga. Cantarás en todas las bodas, en los bar-mitzvab, en las circuncisiones, cantarás en todas nuestras festividades. Y cada vez que abras la boca, todo el mundo se extasiará ante ti. Tu vida será una larga sucesión de alegrías sin fin.
- ¿Y cuánto tiempo viviré, Señor?
- Setenta años.
- Setenta años… ¿solo? Buen Señor, concédeme vivir al menos ciento veinte años.
- De acuerdo – asintió el Señor.

Pero ¿ de dónde pensáis que tomó el Señor los años suplementarios que le pedía al cantor? Pues de los que inicialmente había señalado al perro y al caballo.
Entonces, si os sucede que tenéis que escuchar a un cantor de más de setenta años, no os extrañéis de que  aúlle como un perro. Y si le invitáis a comer, no os extrañéis de que engulla como un caballo.

* Curioso cuento que habla con cierto humor del origen del cantor de la sinagoga. Un hombre que canta, pero a veces, sobre todo de mayor, no lo hace del todo bien. Un cuento que narra sobre la tradición judía.

¿SABEN DE QUÉ LES VOY A HABLAR?

Esta historia comienza cuando Nasrudin llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudin, que en verdad no sabia que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo:

-No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!

Nasrudin contestó:

-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber que es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudin se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota uno repite: "¡si, claro, qué inteligente!". Y entonces, todos empezaron a repetir:

-Qué inteligente.
-Qué inteligente.

Hasta que uno añadió:

-Si, qué inteligente, pero... qué breve.

Y otro agrego:

-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudin. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudin dijo:

-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

-¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudin insistía en que no tenia nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudin accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudin se paró frente al público e insistió con su técnica:

-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

-Si, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudin bajó la cabeza y entonces añadió:

-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

-¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", el resto comenzó a decir:

-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

-Qué maravilloso
-Qué espectacular
-Qué sensacional, qué bárbaro

Hasta que alguien dijo:

-Si, pero... mucha brevedad.
-Es cierto- se quejó otro
-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudin para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudin dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenia que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudin aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:

-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

-Algunos si y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudin con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

-En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben.

Se levantó y se fue.


* Por esto me gustan los cuentos de Nasrudin, son simpáticos, graciosos, son simples, y en cada caso nos describe una situación cómica para mostrarnos una realidad. La estupidez de las masas es muy grande. Cuando se encuentra en grupo, empieza a seguir al grupo dejando al lado el pensamiento crítico. En ese seguir, se busca seguir a alguien, a una idea, a una religión... perdiendo así la capacidad de pensar, de entender, de sentir, etc...