DOCE AÑOS DESPUÉS

Era un joven que había decidido seguir la vía de la evolución interior. Acudió a un maestro y le preguntó:

  --Guruji, ¿qué instrucción debo seguir para hallar la verdad, para alcanzar la más alta sabiduría?

  El maestro le dijo:

  --He aquí, jovencito, todo lo que yo puedo decirte: todo es el Ser, la Conciencia Pura. De la misma manera que el agua se convierte en hielo, el Ser adopta todas las formas del universo. No hay nada excepto el Ser.

Tú eres el Ser. Reconoce que eres el Ser y habrás alcanzado la verdad, la más alta sabiduría.

  El aspirante no se sintió satisfecho. Dijo:

  --¿Eso es todo? ¿No puedes decirme algo más?

  --Tal es toda mi enseñanza -aseveró el maestro-. No puedo brindarte otra instrucción.

  El joven se sentía muy decepcionado, pues esperaba que el maestro le hubiese facilitado una instrucción secreta y algunas técnicas muy especiales, incluso un misterioso mantra.

Pero como realmente era un buscador genuino, aunque todavía muy ignorante, se dirigió a otro maestro y le pidió instrucción mística. Este segundo maestro dijo:

  --No dudaré en proporcionártela, pero antes debes servirme durante doce años. Tendrás que trabajar muy duramente en mi ashram (comunidad espiritual). Por cierto, hay un trabajo ahora disponible. Se trata de recoger estiércol de búfalo.

  Durante doce años, el joven trabajó en tan ingrata tarea. Por fin llegó el día en que se había cumplido el tiempo establecido por el maestro.

Habían pasado doce años; doce años recogiendo estiércol de búfalo. Se dirigió al maestro y le dijo:

  --Maestro, ya no soy tan joven como era. El tiempo ha transcurrido. Han pasado una docena de años. Por favor, entrégame ahora la instrucción.

  El maestro sonrió. Parsimoniosa y amorosamente, colocó una de sus manos sobre el hombro del paciente discípulo, que despedía un rancio olor a estiércol. Declaró:

  --Toma buena nota. Mi enseñanza es que todo es el Ser. Es el Ser el que se manifiesta en todas las formas del universo. Tú eres el Ser.

  Espiritualmente maduro, al punto el discípulo comprendió la enseñanza y obtuvo iluminación. Pero cuando pasaron unos momentos y reaccionó, dijo:

  --Me desconcierta, maestro, que tú me hayas dado la misma enseñanza que otro maestro que conocí hace doce años. ¿Por qué habrá sido?

  --Simplemente, porque la verdad no cambia en doce años, tu actitud ante ella, sí.

* Cada cosa tiene su tiempo y uno necesita estar preparado para sacar el máximo provecho. De nada sirve ir a la sabiduría, porque cuando hacemos eso, vamos a lo que nos imaginamos que es la verdad. La sensibilidad y dejarse llevar es la única manera. Como dice un poema taoísta: en la vida cotidiana el hombre habla y el universo calla, en la meditación el hombre calla y el universo habla.

CADA UNO CON SU DESTINO.

 Un samurai, conocido por todos por su nobleza y honestidad, fue a visitar a un monje zen en busca de consejos, No obstante, en cuanto entró en el templo donde el maestro rezaba, se sintió inferior, y concluyó que a pesar de haber pasado toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había ni tan siquiera acercado al estado de gracia del hombre que tenía frente a él.
-¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? – le preguntó, no bien el monje hubo acabado de rezar. – Ya me enfrenté muchas veces con la muerte, defendí a los más débiles, sé que no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia.
-Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado hoy, te daré la respuesta.
Durante todo el día el samurai se quedó sentado en el jardín del templo, viendo como las personas entraban y salían en busca de consejos. Vio como el monje atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. Pero su estado de ánimo iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar. Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió:
-¿Ahora podrá usted enseñarme?
El maestro lo invitó a entrar y lo llevó hasta su habitación. La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente respiraba una profunda tranquilidad.
-¿Ves esta luna, qué bonita es? Ella cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos a nuestra frente; árboles, montañas, nubes. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir “¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol? ¿es que quizás soy inferior a él?”
-Claro que no, -respondió el samurai,- la luna y el sol son dos cosas diferentes, y cada uno tiene su propia belleza. No podemos comparar a los dos.
-Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.

* Es parte de nuestra naturaleza el pensamiento, y es el pensamiento el origen del dolor siempre que no se tome con la medida acertada. Una faceta de nuestro pensamiento es el compararnos y debemos saber que nosotros somos únicos, somos diferentes a otros y tenemos cualidades diferentes. Tenemos que aprender a valorar nuestras cualidades para así aumentar nuestra autoestima, solo queriéndonos a nosotros mismo seremos capaces de querer a los demás. Y si nos comparamos, siempre encontraremos cosas que mejorar, defectos que eliminar, seremos más competitivos y en definitiva, más infelices.

.EL SECRETO DEL MONJE.


Los sacerdotes taoístas cultivan desde tiempos inmemoriales artes mágicas que escapan a la racionalidad de los demás hombres, por muy leídos y cultos que éstos sean. Estas artes se basan en unos conocimientos secretos que los monjes se encargan de guardar celosamente, puesto que si cayeran en manos de hombres poco dados a la prudencia, podrían ser utilizados con fines maléficos. Uno de estos monjes, llamado Sui, dominaba un arte extremadamente complejo y peligroso: era capaz de hacerse invisible a los ojos de otros hombres. Vivía en Hio K´sang, una ciudad del sur. Allí entablo amistad con un rico y poderoso terrateniente, Jio Ka, de buena familia y probada honestidad, pero que en determinadas circunstancias, sobre todo en lo que se refería a las artes ocultas, cedía a una ambición desmesurada que nacía de su interior. Jio Ka deseaba aprender el arte de la invisibilidad a toda costa, por lo que, al negarse el monje Sui a revelarle el secreto, tramó un plan para que, si no podía arrebatárselo, al menos pudiera forzarle a que se lo contara. He aquí lo que sucedió.
Cierta noche, Jio Ka le pidió de nuevo que le revelara su secreto. El sacerdote se negaba una y otra vez a acceder a sus peticiones:
- Eso es imposible y tú lo sabes. Los secretos de las artes ocultas deben pertenecer sólo a los sacerdotes taoístas, y en especial a esté. Imagínate que llegara a oídos de una persona que no siguiera las directrices del bien; seguro que lo usaría para robar impunemente, y esto no puede cargarse sobre mis espaldas.
En vista de que no había manera de sonsacarle el secreto, salió del salón donde se hallaban y ordenó a sus sirvientes que, cuando oyera que los llamaba, golpearan al sacerdote con todas sus fuerzas. Para que no pudiera escapar, lleno todo el suelo de arena, de modo que, si se tornaba invisible, vieran sus huellas al caminar sobre ella.
Jio Ka se sentó de nuevo frente al sacerdote y le dijo:
- Como veo que es imposible que me digas tu secreto a las buenas, tendrás que contármelo a las malas. ¡Sirvientes!
Cuando Sui vio que entraban unos hombres con la intención de golpearlo, se tornó invisible al instante y se deslizó hacia la puerta de salida. Pero sus huellas lo delataron y no pudo zafarse de los garrotes que le caían como una losa sobre la espalda. Ya en el suelo, Sui gritó:
- De acuerdo, te contaré mi secreto, pero que tus hombres paren, por favor. Te contaré mi secreto, te lo contaré, te lo contaré…
Sui se volvió visible al instante. Yacía en el suelo repleto de moratones en el cuerpo y en el alma. Ante sí tenía a Jio Ka, al que le brillaban de un modo especial los ojos, como los de quien está a punto de vivir una experiencia única. El sacerdote se levantó lentamente y se dirigió a Jio Ka con estas palabras:
- Eres un hombre astuto, y en tus manos mi secreto puede convertirse en la mejor arma para tus ambiciones. No me alegro de tener que contarte esto, pero tus palos me han acorralado. Pero no te lo contaré hoy, puesto que estoy muy cansado. Permitidme que me vaya a dormir, mañana será otro día.
Jio Ka aceptó sin temor de que huyera, ya que puso a dos de sus mejores hombres a vigilar la puerta de los aposentos de Sui.
A la mañana siguiente, Jio Ka entró en la habitación del sacerdote con la intención de exigirle que le desvelara el secreto de su invisibilidad, pero Sui no estaba allí. Sorprendido, el hombre vio que en una de las paredes el monje había dibujado una ciudad muy hermosa, de altas murallas y férreas almenas. Jio Ka se acercó y se percató de que las puertas de la ciudad pintada estaban abiertas: el sacerdote había huido y no había rastro de él.
Se dice que lo vieron en una gran ciudad del norte divirtiéndose con unos niños. Se comenta también que les enseño nuevos juegos, todos relacionados con arte de esconderse de las miradas de los demás.

* Como dice en la entrada del cuento, el taoísmo tiene ciertas prácticas que traspasan las barreras de la razón. El taoísmo es libre e intuitivo, y así como el poderoso rico quería atrapar la sabiduría del Tao con planes retorcidos y egoístas y al final no pudo. Si queremos aprender taoísmo quizá debemos dejar a un lado el interés particular para poder ser más sensible a las enseñanzas del Tao.
Es un cuento que promueve la práctica taoísta, que se pueden resumir en la eliminación del Ego y en ser una con la Naturaleza.

NAPOLEÓN Y EL SASTRE.

Cuando, después de su derrota, Napoleón tuvo que huir de Rusia, casualmente pasó por una aldea donde había una comunidad judía importante. Los soldados del ejército enemigo lo persiguieron y, al ver que éstos ya estaban demasiado cerca de él, entró en una pequeña casa donde vivía un sastre judío. Dijo al sastre con voz temblorosa: "Escóndeme rápido, porque me persiguen".

El sastre no tenía la menor idea de quien era él, pero como alguien estaba pidiendo ayuda, lo único que pudo hacer fue, ayudarle.
Dijo a Napoleón: "Métete en la cama, ponte encima la colcha pesada, y no te muevas."
Napoleón se metió debajo de la colcha y el sastre lo cubrió con una pila enorme de ropas, trapos y colchas viejas.
Apenas unos minutos después, se abrió la puerta y dos soldados entraron, con sus bayonetas empuñadas.
-¿Vino alguien a tu casa para esconderse? - preguntaron.
-No - contestó el judío-. ¿A quién se le ocurriría, venir acá para esconderse?
Los soldados allanaron la casa, después echaron un vistazo en la enorme pila de trapos sobre la cama y varias veces la apuñalaron con sus bayonetas. No había nadie adentro. Así que se fueron.
Cuando Napoleón escuchó que la puerta se hubo cerrado tras ellos, salió de la cama desde debajo de la pila de acolchados, pálido como un fantasma. Dijo al Judío:
-Ahora puedo decirte que yo soy Napoleón. Y. como me has salvado de la muerte segura, puedes pedirme tres cosas, y te las concederé.
Por un momento, el pobre sastre rascó su cabeza para pensar. Después, al volverse hacia el emperador, dijo:
-Va hace dos años, el techo de mi casa está goteando. ¿Podrías mandar a alguien para que me lo arreglara?
Napoleón lo miró con sorpresa y le dijo:
-Pero tú eres torpe; por supuesto que voy a mandar a arreglarte el techo. Pero. ¿por qué me pides cosas tan triviales? ¿Por qué no me pides algo más importante? No te olvides que ya tienes tan sólo dos cosas que pedirme.
Al sastre se le dieron vuelta muchos pensamientos en la cabeza. ¿Qué cosas buenas podría todavía pedir al emperador? Después dijo:
-Aquí en la misma calle hay otra sastrería, es mi competencia y me quita todos mis clientes. ¿Podrías arreglar que él se mudase a otro lado?
-Eres tonto -le contestó Napoleón- Voy a hacer eso por ti. Pero no te olvides, que ya no tienes más que un solo deseo.
Al escuchar estas palabras, el judío empezó a pensar muy concentrada e intensamente. Después sonrió y le dijo:
 -Quisiera saber, ¿cómo te sentiste cuando, al estar acostado en mi cama, los soldados agujerearon la manta con sus bayonetas?
 Napoleón se puso rojo de rabia.
-¡Qué nervios de acero! ¿Cómo se te ocurre, hacer una pregunta así a Napoleón? Por esta desfachatez, te mando fusilar.
-Por supuesto, el pobre sastre lloró y gritó, y siguió temblando, llorando, y recitó las oraciones tradicionales de confesión de pecados, antes de morir.

Por la madrugada, lo sacaron de su celda, le vendaron los ojos, lo ataron a un árbol y tres soldados estaban en frente de él, apuntándolo con sus rifles. Un cuarto soldado estaba parado al lado suyo, con un reloj en su mano, esperando el momento Que llegara la orden de disparar. Después, levantó su mano y empezó a contar:
"Uno, Dos, Tr…”                                                  
No había terminado de decir "Tres", cuando un oficial vino al trote de su caballo, y gritó:
"¡Alto! ¡No tires!"
Cuando los soldados bajaron sus mosquetes, se acercó al judío y le dijo:
–El emperador te perdona, y te manda esta carta.
El judío tomó la carta en sus manos y, todavía temblando, la abrió. La carta decía así:
–He sentido exactamente lo mismo que ahora has sentido tú. Este es tu tercer deseo.
Desde ese día, el pequeño sastre considera como su tesoro la carta del emperador, y la muestra a todos con quienes se encuentra.

* Este cuento judío es una versión de los 3 deseos que concede el genio a Aladín. Podemos sacar en claro que este cuento nos explica que para entender bien a una persona hay ponerse en su lugar. Muchas veces podemos poner palabras e ideas pero hasta que no se pasa por la misma situación, no se llega a comprender a otra persona.

La otra cosa que podemos extraer es la enseñanza de que tenemos que tener cuidado con aquello que deseamos. Por que quizá, pensemos que la felicidad la podemos encontrar cuando tengamos nuestro objeto de deseo, y luego después de mucho esfuerzo y tesón, comprobar que no era necesario. Que uno es feliz como es.


LA HISTORIA DEL CERRAJERO.

Había una vez un cerrajero al que acusaron injustamente de unos delitos y lo condenaron a vivir en una prisión oscura y profunda. Cuando llevaba allí algún tiempo, su mujer, que lo quería muchísimo se presentó al rey y le suplicó que le permitiera por lo menos llevarle una alfombra su marido para que pudiera cumplir con sus postraciones cada día. El rey consideró justa esa petición y dio permiso a la mujer para llevarle una alfombra para la oración. El prisionero agradeció la alfombra a su mujer y cada día hacía fielmente sus postraciones sobre ella.

Pasado un tiempo el hombre escapó de la prisión y cuando le preguntaban cómo lo había conseguido, él explicaba que después de años de hacer sus postraciones y de orar para salir de la prisión, comenzó a ver lo que tenía justo bajo las narices. Un buen día vio que su mujer había tejido en la alfombra el dibujo de la cerradura que lo mantenía prisionero. Cuando se dio cuenta de esto y comprendió que ya tenía en su poder toda la información que necesitaba para escapar, comenzó a hacerse amigo de sus guardias. Y los convenció de que todos vivirían mucho mejor si lo ayudaban y escapaban juntos de la prisión. Ellos estuvieron de acuerdo, puesto que aunque eran guardias comprendían que también estaban prisioneros. También deseaban escapar pero no tenían los medios para hacerlo.

Así pues, el cerrajero y sus guardias decidieron el siguiente plan: ellos le llevarían piezas de metal y él haría cosas útiles con ellas para venderlas en el mercado. Juntos amasarían recursos para la huida y del trozo de metal más fuerte que pudieran adquirir el cerrajero haría una llave.

Una noche, cuando ya estaba todo preparado, el cerrajero y sus guardias abrieron la cerradura de la puerta de la prisión y salieron al frescor de la noche, donde estaba su amada esposa esperándolo. Dejó en la prisión la alfombra para orar, para que cualquier otro prisionero que fuera lo suficientemente listo para interpretar el dibujo de la alfombra también pudiera escapar. Así se reunió con su mujer, sus ex-guardias se hicieron sus amigos y todos vivieron en armonía. El amor y la pericia prevalecieron.

* Las personas son iguales, y reconocer esto te ayuda a ser uno mismo. Encarcelado y carcelero se sienten prisioneros mientras uno no vea en el otro la persona que hay en los dos. Ver al carcelero y o al encarcelado, es como ver el cristiano al judío, el capitalista al comunista, a de un país y el de su vecino... diferencias sutiles que nos separan, cuando realmente hay más cosas que nos unen.

EL SUFRIMIENTO.


Una pobre viuda, que vivía en los tiempos de un maestro de la Sabiduría, tenía un hijo al que adoraba.

Un día su hijo enfermó y murió y ella, loca de dolor, se negó a enterrarlo y lo llevaba consigo a todas partes, sin hacer caso a las palabras de consuelo y resignación que la gente le dirigía.

Alguien le dijo que el Maestro estaba en un bosquecillo cercano a la ciudad con sus discípulos.

La fama del Maestro se había extendido por todas partes, y era considerado un gran santo, capaz de hacer los mayores milagros. La pobre viuda llegó con el cadáver de su hijo ante el Maestro y echándose a sus pies le rogó, entre sollozos que le devolviera la vida. El Maestro le dijo:
Le devolveré la vida a tu hijo a condición de que me traigas un grano de arroz de una casa de la ciudad en donde no haya muerto nadie.

La viuda, llena de esperanzas partió para la ciudad y empezó su búsqueda.

En ninguna casa le fué negado el grano de arroz pero...

_Mi padre murió hace un mes....

_Mi suegra expiró la semana pasada....

_Ayer hizo un año que murió mi marido....

No encontró ni una sola casa en donde no lamentaran la muerte de alguien.

Cuando la última casa del pueblo se cerró a sus espaldas, no había podido conseguir aún el grano de arroz.

Al anochecer llegó el sabio. La mujer iba sola, llorando dulcemente. ¿Y tu hijo? ¿Dónde lo has dejado?, le preguntó el Maestro envolviéndole en una mirada compasiva.

Mi hijo ya no existe. Ha muerto y lo he enterrado junto a su padre. Ya he comprendido, Maestro.

El Maestro la acogió en el bosque, y desde entonces y hasta su muerte fue su discípula. Los textos cuentan que con el tiempo llegó a ser una arahant, una de las discípulas realizadas del Buda

* Este triste cuento nos pone de manifiesto un aspecto que va unido a la vida y que en occidente preferimos apartar, la muerte. La gente vive como si no fuera a morir nunca, acumulando bienes y acumulando experiencias malas, sin darse cuenta que así pueden dañar a las personas que les rodean. 

MADRE LOCA.



Hace mucho, mucho tiempo, vivían en una aldea dos mujeres jóvenes que no habían tenido la suerte de tener ni hijos, ni hijas. Había un dicho según el cual "una mujer sin hijos era una fuente de desgracias para la aldea".

Un día, una señora vieja golpeó a su puerta para pedir comida. Las mujeres jóvenes la recibieron con mucha amabilidad y le dieron de comer y ropa para vestirse. Después de comer y extrañada por el silencio y la ausencia de voces infantiles, la anciana les pregunto:

- ¿Dónde están vuestros hijos?

- Nosotras no tenemos hijos, ni hijas y por eso, para no causar desgracias a la aldea nos pasamos el día fuera del pueblo.

Entonces, les dice la señora:

- Yo tengo una medicina para tener hijos, pero después de haber dado a luz, la madre se vuelve loca.

Una de la mujeres le contestó que aunque enfermase ella sería feliz por haber dejado un niño o una niña en la tierra. En cambio, la segunda le dijo que no quería enloquecer por un hijo.

La señora vieja dio la medicina solo a la que se lo pidió.

Después, algunos años más tarde la señora vieja regresó al pueblo y se encontró a las dos mujeres jóvenes. La que no había tomado su medicina le dijo: "Tú nos dijiste que quien tomara la medicina se volvería loca, pero mi hermana la tomó, tuvo una hija y no enfermó"

Y la anciana le respondió: "Volverse loca no quiere decir que se convertiría en una persona que anduviera rasgándose las ropas o que pasara todo el día mirando a las nubes como si paseara por el aire ; lo que yo quise decir es que una mujer que da a luz un niño o una niña estará obligada a gritar todo el tiempo, para a continuación no parar de reír, llorará por la criatura, le pegará, le amará… Éso es él ser madre y volverse loca.

* Este cuento realza el papel de la madre, de los cambios que sufre y de las felicidades que recoje. Del valor que da a la comunidad con más hijos, ya que al fin y al cabo, todos somos hijos.

LAS DOS VASIJAS.



Un aguador de la India tenía sólo dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente. La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador:

-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo.
El aguador le contestó:
-Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio.

El aguador le dijo entonces:
-¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza. Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.

* Posiblemente este sea uno de los cuentos breves más bellos que jamás haya leído. No por la vasija y por las flores, sino por la metáfora que eso representa. Muchas veces, los más exigentes con nosotros somos nosotros mismos. Nos exigimos, nos culpamos, y no nos portamos lo bien que quisiéramos. En la cultura hindú, es bien sabido que uno quiere a las personas que se rodean dependiendo de lo que se quiera así mismo. Si estamos enfadados con nosotros, acabaremos enfadados con el mundo. Y al fin y al cabo, todo el mundo se equivoca, hasta los presidentes de nuestros gobiernos... al fin y al cabo, ninguno vive una vida de prueba para no equivocarse en la siguiente.

EL CANTERO.

Había una vez un cantero que estaba insatisfecho consigo mismo y con su posición en la vida. Un día pasó por la casa de un rico comerciante. A través de la entrada abierta, vio muchas finas posesiones e importantes visitantes. "¡Cuán poderoso debe ser el comerciante!", pensó el cortador de piedra. Se puso muy envidioso y deseó que pudiera ser como el comerciante. Para su gran sorpresa, se convirtió repentinamente en el comerciante, gozando de más lujos y poder de lo que siempre había imaginado, pero envidiado y detestado por aquellos menos ricos que él.

Pronto un alto funcionario pasó cerca, llevado en una silla de manos, acompañado por asistentes y escoltado por soldados batiendo gongos. Todos, sin importar cuan rico, tenían que hacer una reverencia ante la procesión. "¡Cuán poderoso es ese funcionario!", pensó. "¡Deseo que pudiera ser un alto funcionario!".

Entonces se convirtió en el alto funcionario, llevado por todas partes en su bordada silla de manos, temido y odiado por la gente de todo alrededor. Era un día caluroso de verano, por eso el funcionario se sentía muy incómodo en la pegajosa silla. Levantó la mirada al sol. Brillaba orgulloso en el cielo, no afectado por su presencia. "¡Cuán poderoso es el sol!" pensó. "¡Deseo que pudiera ser el sol!".

Entonces se convirtió en el sol, brillando ferozmente sobre todos, abrasando los campos, maldecido por los granjeros y los trabajadores. Pero una enorme nube negra se interpuso entre él y la tierra, de modo que su luz no pudo brillar más sobre todo allá abajo. "¡Cuán poderosa es esa nube de tormenta!", pensó. "¡Deseo que pudiera ser una nube!".

Entonces se convirtió en la nube, inundando los campos y las aldeas, increpado por todos. Pero pronto descubrió que estaba siendo empujado lejos por cierta gran fuerza, y se dio cuenta de que era el viento. "¡Cuán poderoso es!", pensó. "¡Deseo que pudiera ser el viento!".

Entonces se convirtió en el viento, llevándose tejas de los techos de las casas, arrancando árboles, temido y odiado por todos debajo de él. Pero después de un rato, se izó en contra de algo que no movería, no importa cuan fuertemente soplara en contra de ella, una enorme y altísima roca. "¡Cuán poderosa es esa roca!", pensó. "¡Deseo que pudiera ser una roca!".

Entonces se convirtió en la roca, más poderosa que nada más en la tierra. Pero mientras estaba parado allí, oyó el sonido de un martillo golpeando un cincel en la dura superficie, y sintió que estaba siendo cambiado. "¿Qué podría ser más poderoso que yo, la roca?", pensó. Bajó la mirada y vio lejos debajo de él, la figura de un cantero.

*Este es uno de mis cuentos preferidos. En este cuento, el autor nos ilustra en cómo nuestra mente empieza a divagar en futuro, en seré esto y seré aquello, en tendré esto y lo otro... y mientras sucede esto, lo que va pasando es lo más importante, el presente... la conclusión a la que llega el cantero después de haber deseado ser todo.... incluso el sol.

EL ÁRBOL QUE NO SERVÍA PARA NADA.


Alguien le dijo a Chuang Tzu:

“Cuando venía por el camino, he visto un árbol enorme, de los que llaman árboles inservibles. Su tronco está tan retorcido y tan lleno de nudos, que nadie podría sacar una tabla recta de su madera y sus ramas no se pueden cortar en forma alguna que sirvan para algo. Ni un solo carpintero se dignaría a mirarlo. ¿Te has fijado en él?”

Chuang Tzu respondió:

“Si, lo conozco y lo he visto, está a un lado del camino”

El interlocutor prosiguió:

“Pues tus enseñanzas son como este árbol, grandes e inútiles.”

A lo que Chuang Tzu respondió sin darse por aludido:

“¿Alguna vez has observado a un gato salvaje? Permanece agazapado, vigilando a su presa, salta en una u otra dirección, hacia arriba y abajo y finalmente obtiene su presa. ¿Y has observado a un yak? Es enorme como una nube de tormenta y permanece firme en su poderío. Desde luego que es grande, pero ¡no puede cazar ratones!
Pues lo mismo ocurre con ese árbol, permanece en solitario en tierras áridas y siempre que quieras puedes pasear apaciblemente por
debajo de él y tumbarte a descansar bajo su sombra, porque no peligra su vida, nadie lo cortará nunca, porque a ningún carpintero le sirve.¿Qué aún te parece un árbol inútil?, si es así tú deberías de preocuparte por tu vida”

* Como frecuentemente se observa en los cuentos taoístas, la naturaleza forma parte de la tradición. Animales y plantas, motañas, rios y nubes son los protagonistas de las historias contadas. En este caso, el cuento nos hace incapié en que no debemos dejarnos llevar por la aprobación de otros. Ser un árbol que no sirve para nada, le sirve a él para seguir viviendo. Cuando crecemos y nos hacemos mayores, debemos entender esto, debemos no dejarnos llevar por las opiniones de los demás, debemos ser nuestros propios consejeros. 

EL PROFETA ELIYAHU SE DEJA VENDER COMO ESCLAVO.

Había una vez un hombre piadoso muy pobre. Su mujer y sus cinco hijos pasaban hambre, él no tenía qué ponerse. Estaba sentado en su casa, todo el día estudiando, pues tenía vergüenza de ir a la casa de estudio, ya que no tenía nada apropiado para vestir. Entonces, su mujer pidió prestada alguna ropa para él a fin de que pudiese ir al mercado a buscar algún trabajo y así ganar algo de dinero.
En la casa quedaron los cinco hijos y rezaron a Dios, que El guiara el camino de su padre y no regresara sin encontrar algún trabajo.

Entonces, se encontró con el Profeta Eliyahu. quien le dijo: - "Hoy vas a conseguir una fortuna."
El Profeta insistió a que lo vendiese como esclavo. Primero, el hombre piadoso titubeó pero, después de muchas dudas, aceptó la propuesta. Eliyahu se estrechó contra él como si no quisiera abandonar a su amo, mientras tanto se les acercó un comerciante y sintió envidia por esta fidelidad y cariño sumiso del esclavo. Entretanto, el judío estaba elogiando y alabando a su esclavo en voz alta como especialista en todo trabajo posible. El comerciante, deseoso de tener al esclavo en su casa, enseguida le ofreció al pobre piadoso una gran cantidad de oro y le compró al esclavo.

El comerciante prometió al esclavo que después de que éste le hubiese construido un palacio, lo dejaría en liberta.
Eliyahu empezó el trabajo durante el día con sus obreros. Pero cuando sus ayudantes se fueron, hacia la medianoche el Profeta dirigió su oración a Dios. "Escúchame mi Dios, El que hace milagros. Por mi propia iniciativa he sido vendido como esclavo para Tú honra y no para la mía. Tú que eres el Creador del Mundo, termina la construcción, ten piedad de mí cuando yo me dirijo a Ti con mi oración. Mi intención era buena."
Entonces bajó un gran grupo de ángeles bondadosos del cielo y empezaron a construir, y la obra quedó terminada en esa misma noche.

Al día siguiente, cuando el comerciante vio el precioso palacio con sus lindas torres, construido tan artísticamente, se puso muy contento.
Eliyahu se acercó a él y le dijo: - "Acuérdate que ayer prometiste devolverme la libertad apenas se haya terminado la obra".

El comerciante cumplió su palabra, le devolvió la libertad y le dio una gran recompensa. Mientras tanto, el hombre piadoso disfrutaba del dinero recibido por la venta del "esclavo".
Según la tradición popular, el Profeta Eliyahu socorre a quienes confían en la ayuda de Dios, y baila con aquellos quienes se despiden del Shabat con sana alegría.

*Los cuentos judíos son en general ejemplos de fe y de confianza en Dios. Nos marcan un  camino a seguir cuando las dudas empañan nuestro juicio con el fin de crear un mundo más justo. Así esta tradición contada es una forma de marcar mediante las vivencias de los profetas el poder de Dios, acogerse a sus leyes y evitar las conductas egoístas y egocéntricas del mundo.

VACÍA Y RUIDOSA.

Alejandra caminaba con su padre cuando éste, de repente, se detuvo en una curva del camino. Después de un breve silencio le preguntó:

-Además del cantar de los pájaros, ¿qué oyes Alejandra?

La niña paró atención aguzando sus oídos. Después de unos segundos respondió:

-Papá estoy oyendo el ruido de una carreta que se acerca.

-Muy bien – respondió su padre-. Tienes razón, se está acercando una carreta vacía.

Alejandra asombrada preguntó a su padre:

-¿Cómo sabes que es una carreta vacía si aún no la has visto?

Entonces el padre respondió:

-Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido que hace. Cuanto más vacía está la carreta, mayor ruido hace.

Alejandra se convirtió en adulta y siempre que veía a una persona interrumpiendo una conversación y hablando demasiado de sí misma de forma inoportuna o violenta o presumiendo de lo que poseía, tenía la impresión de oír la voz de su padre diciendo:

-Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace.

*Este cuento sufí habla por sí solo. ¿Cuanta gente conocemos que no paran de hablar y hablar y sus palabras no dicen nada, cuando sus hechos no corresponden con sus palabras y le dan a estas más importancia que a la realidad?. 

LA MUJER PERFECTA.

Sariputta era uno de los más grandes discípulos del Buda y llegó a ser un iluminado de excepcional sabiduría y sagaz visión.

Viajaba propagando la enseñanza, y cierto día, al pasar por una aldea de la India, vió que una mujer sostenía en una mano un bebé y con la otra estaba dando una sardina a un perro.

Con su visión clarividente e intemporal pudo ver quíenes fueron todos ellos en una pasada existencia.

Se trataba de una mujer casada con un cruel marido que la golpeaba a menudo. Se enamoró de otro hombre, pero entre su padre y su marido, poniéndose de acuerdo para ello, le dieron muerte.

Ahora la mujer mantenía a un bebé en sus brazos, su antiguo amante, que fuera asesinado. La sardina era su despiadado marido, y el perro, su padre.

Todos habían vuelto a reunirse en la presente vida, pero en condiciones muy distintas.

Nadie puede escapar a sus acciones, tal es el designio del karma.

* Los cuentos budista hacen referencia a la tradición y cultura budista, narraciones que tratan de inculcar el pensamiento budista y transmitirlo a las siguientes generaciones. La rueda de la vida, el renacer millones de veces y el Karma son los protagonistas necesarios para explicar la sabiduría interpretada de Buda.

Buda rompe con la rueda de las reencarnaciones para llegar al nirvana. Muchos expertos consideran el renacer como una interpretación del Ego. El egoísmo como una parte que daña a la persona y a los que le rodean, y que si nos dejamos llevar por los impulsos egoístas podemos tener consecuencias en otras vidas.

EL HUEVO DEL AVESTRUZ.

Imagen extraída de http://huevosdeavestruz.blogspot.com.es/
Apenas le llegaba a la rodilla, constituyendo esta prenda su único vestido. Seetelané Cierto día que salió a cazar ratones silvestres como de costumbre, tropezó de pronto con un huevo de avestruz. Lo llevó rápidamente a su hogar y reanudó seguidamente la caza. Cuando regresó, fatigado por la dura jornada y hambriento, ya que sólo había conseguido cazar dos miserables ratones, se encontró la mesa puesta y sobre ella un apetitoso voala de harina de mijo y carne de cordero lechal. Asombrado, exclamó: - ¿Me habré casado, sin saberlo?... Esta comida es obra de una mujer, sin duda alguna... ¿Eh, dónde está la mujer que ha hecho esto? En aquel momento se abrió el huevo de avestruz que recogiera y salió de él una doncella hermosísima.

Me llamo Seetetelané - dijo con dulce voz -. Permaneceré a tu lado hasta que, en un momento Seetelané de embriaguez, me llames hija de huevo de avestruz. Si lo hicieras, desapareceré y no volverás jamás a verme. El cazador de ratones salvajes prometió solemnemente no embriagarse en su vida y durante varios días gozó de una existencia paradisíaca en compañía de su bella esposa, que le narraba cuentos maravillosos y le confeccionaba platos exquisitos. Un día, viendo que se aburría, le dijo: - ¿Te gustaría convertirte en jefe de tribu y tener esclavos, animales y servidores? - ¿Serías tú capaz de proporcionármelos? - preguntó él incrédulo. Seetetelané sonrió.


Acto seguido dio una patada en el suelo y la tierra se abrió, surgiendo de ella una caravana de esclavos con camellos, caballos, mulos, bueyes, carneros y cabras, así como gran número de hombres y mujeres que inmediatamente empezaron a aclamar al cazador de ratones, gritando con todas sus fuerzas: ¡Viva nuestro jefe! ¡Viva nuestro jefe! El hombre se pellizcaba las mejillas para convencerse de que no soñaba. Seetetelané, sonriendo, le hizo mirarse en las aguas de un riachuelo y se dio cuenta de que estaba joven y apuesto, y que su tseha de pieles, de ratones se había transformado en riquísimos vestidos de pieles de chacal, de pelo largo y de mucho abrigo.

 Cuando volvieron a la choza, ésta se había convertido en una casa de piedra y madera con cuatro recintos y su habitación estaba llena de pieles de pantera, cebra, chacal y león. Estuvo a punto de desmayarse al ver tanta riqueza. Durante dos semanas se condujo como un verdadero jefe, haciendo equitativa justicia entre los suyos y dando ejemplo de sabiduría, enseñándoles a trabajar la tierra y a cazar o a erigir cabañas de troncos y hojas. Pero una noche celebraron una fiesta para conmemorar el nacimiento de un niño, y el antiguo cazador de ratones no supo resistir a la tentación - ¡Viva nuestro jefe! ¡Viva nuestro jefe! El hombre se pellizcaba las mejillas para convencerse de que no soñaba.

Pero una noche celebraron una fiesta para conmemorar el nacimiento de un niño, y el antiguo cazador de ratones no supo resistir a la tentación de beber. Cuando hubo trasegado a su vientre cuatro vasos de maíz fermentado se le enturbiaron los ojos, se le soltó la lengua y empezó a insultar a los padres de familia que asistían a la reunión. Seetetelané, disgustada, quiso hacerle entrar en razón, pero él, furioso por la intervención de su esposa, le dio un empujón terrible y exclamó con voz pastosa de borracho: - ¡Quítate de mi presencia, miserable hija de un huevo de avestruz!


Seetetelané lo miró dolorosamente y no dijo nada. Aquella noche, el borracho sintió frío. Levantóse para buscar una piel de chacal y no encontró ninguna. Salió a la puerta para llamar a un esclavo y se dio cuenta de que se hallaba en su antigua cabaña y de que estaba completamente solo, vestido con su tseha de pieles de ratones salvajes. El bienestar que había gozado durante aquellas semanas lo había vuelto más sensible a los rigores de la temperatura, haciéndole infinitamente perezoso. El resultado fue que a los pocos días murió de hambre y de frío, más solo que un leproso, reprochándose hasta su último momento su falta de voluntad para resistir a la tentación de la embriaguez que había causado su desgracia.

*Este cuento africano nos señala las cosas importantes de la vida, que son la salud y ponerse en el papel de las personas que nos rodean. Cuando alguien, bebe se perjudica a sí mismo, cuando alguien hiere a una persona se hiere a sí mismo.


Autor: Bruce Devoer, Ed. Molino

EL VIAJERO SEDIENTO.

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.

Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:

  --¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

  Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:

  --¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

* Este cuento hindú hace referencia a la auténtica naturaleza de nuestra mente. El corazón bombea, el pulmón respira, el cerebro soluciona problemas y, acostumbrados a pensar y a pensar y a utilizar el cerebro para solucionar problemas, muchas veces nos creamos los problemas aunque no existan. Aveces pues es recomendable no pensar tanto y hacer alguna actividad que nos distraiga, alguna actividad vital: reír, cantar, hacer ejercicio, bromear con los amigos, y observar la belleza de la naturaleza.

EL RITUAL DEL GATO

Cuando el profesor espiritual y sus discípulos comenzaron su meditación de la tarde, el gato que vivía en el monasterio hizo tal ruido que los distrajo.

Así que el profesor ordenó que el gato estuviera amarrado durante la práctica de la tarde.

Años más tarde, cuando el profesor murió, el gato continuó siendo atado durante la sesión de meditación. Y cuando, a la larga, el gato murió, otro gato fue traído al monasterio y amarrado.

Siglos más tarde, eruditos descendientes del profesor espiritual escribieron doctos tratados sobre la significación religiosa de atar un gato para la práctica de la meditación.

* En este cuento se muestra hasta que punto llega la estupidez humana. Siempre debéis pensar por vosotros mismos, nunca os deis por vencidos y deis como acertadas las opiniones de otros aunque sea el más sabio de todos los hombres o las respalden las tradiciones más antiguas del mundo.

LA CORRIENTE DE LA NATURALEZA.


Cuenta una historia  que un anciano taoísta cayó accidentalmente en los rápidos del río llevándolo a una alta y peligrosa cascada. Los espectadores temieron por su vida. Milagrosamente, salió vivo e ileso, río abajo al final de la cascada.

La gente le preguntó cómo logró sobrevivir. “Yo me adapté al agua, no el agua a mí. Sin pensar, me dejé moldear por el agua. Hundiéndome en la corriente, salí con la corriente. Así es cómo sobreviví”.

*Los Taoístas tienen una antigua tradición relacionada con la naturaleza. La sabia fuerza de la naturaleza es la que nos creó, resistirnos a ella, muchas veces trae sufrimiento. El Taoísmo nos anima a ser uno con la naturaleza, a dejarnos adaptar por ella para disfrutar de una vida sin sufrimiento.

Un apunte personal. Recuerdo una vez que me lancé por una cascada y cuando me sumergió, intenté salir. A medida que más fuerza hacía para intentar salir, más agua de la cascada me caía encima. Todos lo que avanzaba con mi fuerza, luego lo retrocedía. Hasta que me dejé llevar por el remolino y aparecí a 5 metros más lejos.

LA DEUDA CON EL VECINO.



Había una vez dos amigos que al mismo tiempo eran vecinos. Un día uno le pidió al otro cinco mil ducados prestados, prometiendo devolvérselo el jueves de la otra semana.

Llegó la noche del miércoles. y quien había pedido prestado, no podía dormir. Estaba intranquilo, muy nervioso. Su mujer, al ver esto, le preguntó:

"¿Qué te pasa. Moshe?"

El marido le contestó: - "Pasa, que le he pedido prestados cinco mil ducados a Jacobo y le prometí pagárselos mañana. Lamentable­mente, no pude reunir la plata y esto me molesta tanto, que ni siquiera me deja dormir".

"Espera." - le dijo la mujer.  Se acercó a la ventana y llamó a su vecino Jacobo. Este se levantó y le preguntó medio dormido:

"¿Qué pasa, Rivka?"

"Sabes." - contestó ella. - "que mi marido debiera pagarte mañana los cinco mil ducados que tú le prestaste. Bueno, pues tengo que avisarte que no podrá pagarlos por el momento." - Cerró la ventana con mucho apuro. Y. volviéndose hacia su marido, le dijo:

"Ahora, será él quien no podrá dormir."

*En este cuento, podemos sacar una lección clara. Muchas veces, los que más nos exigimos somos nosotros mismos. Cuando intentamos hacer alguna cosa, y no lo conseguimos aun haciéndolo con todas nuestras fuerzas. Solemos sentirnos defraudados con nosotros mismos. Pero debemos entender que no siempre se puede hacer lo que queremos y, preocuparse en exceso no soluciona nada cuando no hay solución.

LA SOPA DE PATO.


Cierto día, un campesino fue a visitar a Nasrudin, atraído por la gran fama de éste y deseoso de ver de cerca al hombre mas ilustre del país. Le llevó como regalo un magnífico pato. El Mula, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato.

A la mañana siguiente, el campesino regresó a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante. Algunos días más tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudin. - Somos los hijos del hombre que le regaló un pato - se presentaron. Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato.

Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mula. - ¿Quiénes son ustedes? - Somos los vecinos del hombre que le regaló un pato. El Mula empezó a lamentar haber aceptado aquel pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara e invitó a sus huéspedes a comer.

A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mula. - Y ustedes ¿quiénes son? - Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato. Entonces el Mula hizo como si se alegrara y los invito al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua caliente y llenó cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el líquido, uno de ellos exclamó: - Pero... ¿qué es esto, noble señor? ¡Por Alá que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida! Mula Nasrudin se limito a responder: - Esta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato.

* Esta historia del mítico personaje de Mulla Nasrudin, nos
enseña que hay veces que en la vida que debemos decir que no. Cuando somos pequeños nos educan para obedecer, pero a medida que crecemos tenemos que empezar a tomar nuestras propias decisiones, aunque nos equivoquemos y aunque no podamos contentar a todos.

Los 4 monjes


Cuatro monjes decidieron caminar juntos en silencio durante un mes. El primer día, todo fue estupendamente  pero, pasado el primer día, uno de los monjes dijo: «Estoy dudando si he cerrado la puerta de mi celda antes de salir del monasterio».
Y dijo otro de ellos: «¡Estúpido! ¡Habíamos decidido guardar silencio durante un mes, y vienes tú a romperlo con esa tontería!».
Entonces dijo el tercero: «¿Y tú, qué? ¡También tú acabas de romperlo! »
Y el cuarto monje dijo: «¡A Dios gracias, yo soy el único que aún no ha hablado!»

*Este cuento nos habla del autoengaño, el engaño más sutil y que más difícil es de desenmascarar. Los cuatro monjes habían prometido no hablar, mantener el voto de silencio para meditar y conseguir la paz interior. Pero de lo que no se daban cuenta era de que se intentaban engañar a sí mismos, y en el primer momento de despiste, la verdad salió a la luz. No podemos ir contra nuestra naturaleza, sino entenderla.

Listos y listillos.


Iba Landa, "El Listo", pensando en matar un leopardo, con cuya piel, después de prepararla bien, podría cambiarla por dos azadas: una para él y la otra para su mujer, pues estaba cercano en tiempo de cultivar los campos. Pero, como dos azadas equivalen a dos pieles de leopardo, que el no tiene, Landa, El Listo, pensó partir la piel en dos mitades iguales y una vez bien dobladas parecería que era dos pieles.

Por otra parte, Ngangela, "El Listillo", iba pensando en encontrar un cazador que le vendiera, o cambiara por el valor de dos azadas, dos pieles de leopardo, para vestirse él y su mujer..

Ambos, Landa, El Listo, y Ngangela, El Listillo, se encontraron y se intercambiaron sus productos, correctamente, sin nada anormal en apariencia.

Sin embargo, cuando llegaron a sus casas, comprobaron lo que cada uno había obtenido: Landa, El Listo, llevó para su casa una sola azada pero con dos mangos, en tanto que Ngangela, El Listillo, enseñaba a su mujer una única piel de leopardo partida en dos piezas exactamente iguales.

* Muchas veces la sociedad nos impulsa a pensar únicamente en nosotros mismos. Haciéndonos creer que seremos ingenuos si pensamos antes en los demás que en nosotros mismos. Pero en una sociedad tan compleja, el único camino para que funcione es que cada uno piense en los demás... aunque siempre habrá listos y listillos que pensarán en sí mismos... pero estos, no serán sabios.

La llave de la felicidad.


 El Divino se sentía solo y quería hallarse acompañado. Entonces decidió crear unos seres que pudieran hacerle compañía. Pero cierto día, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Divino y se reabsorbieron a Él.

Dios se quedó triste, nuevamente solo. Reflexionó. Pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad, encontrar el camino hacia Él y volver a quedarse solo. Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Pasó toda la noche en vela, preguntándose cual sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. Pensó que el hombre terminaría descendiendo a lo más abismal de los océanos y que allí la llave no estaría segura. Tampoco lo estaría en una gruta de los Himalayas, porque antes o después hallaría esas tierras. Ni siquiera estaría bien oculta en los vastos espacios siderales, porque un día el hombre exploraría todo el universo. “?Dónde ocultarla?”, continuaba preguntándose al amanecer. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Divino se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Creó al ser humano y en su interior colocó la llave de la felicidad.

*Ciertamente la felicidad duradera es aquella que no depende de nada ni de nadie más que de uno mismo. Nuestra felicidad no dependerá de si conseguimos esto o lo otro, y lo mejor para conseguir ese fin, es ser realista y ver la realidad objetivamente.

Es su problema


Sucedió que un Maestro Zen estaba pasando por una calle, cuando un hombre llegó corriendo y lo golpeó con fuerza.

El Maestro cayó. Luego se levantó y continuó caminando en la misma dirección en la que estaba yendo, sin siquiera mirar hacia atrás. Un discípulo iba con el Maestro; se quedó atónito y dijo: "¿Quién es ese hombre? ¿Qué es esto? Si uno vive en esta forma, entonces cualquiera puede venir y matarte. Y ni siquiera has mirado a la persona y no sabes quién es, ni por qué lo hizo".

El Maestro dijo: "Es su problema, no el mío".

* Este clásico cuento de la tradición Zen, nos puede servir de ejemplo para aquellos momentos de la vida en que nos sentimos ofendidos frente a algún comentario. Nosotros podemos elegir enfadarnos o no. Si nos enfadamos hacemos nuestro el problema, pero sino, simplemente lo mantiene el que nos trata de ofender y.... como dice el maestro zen... el problema es suyo, no mio.

¿Podemos competir con la Naturaleza?


Había un hombre que pasó tres años esculpiendo un trozo de jade para darle forma de hoja. Presentó su obra maestra al príncipe, que quedó muy impresionado y lo contrató.

La hoja parecía tan real que si se la ponía entre hojas de verdad no se la podía distinguir. Todo el mundo señalaba que era una obra de arte muy hermosa.

Sin embargo, cuando Lie Tze tuvo noticia de ello, dijo humorísticamente: "Si la Naturaleza necesitara tres años para hacer una hoja, tendríamos problemas."

Así pues, el sabio sabe que por mucho que imitemos a la naturaleza, esta continúa haciéndolo mejor.

Como el ratón de cola larga.


Un buen día, David estaba jugando y vio un ratón. Corrió a la casa de Jacobo y le dijo: "¡Vi un ratón muy grande que tenía una cola que medía diez centímetros"

Jacobo fue enseguida a contárselo a Marco, diciéndole: "¿Sabes que David vio a un ratón con una cola de treinta centímetros?"

Al escuchar eso, Marco se apresuró a ir donde Moshe y le dijo: "¡Moshe¡ ¡Jacobo me contó que David vio un ratón con una cola de medio metro!"

Entonces Moshe corrió donde Alberto y le dijo: "¿Ya escuchaste lo que contó Jacobo a Marco? ¡Que David vio un ratón con una cola de un metro!"

Y así, de uno a otro, ¡la cola del ratón se alargó hasta tres metros!

Por esto, si nos parece que una persona está exagerando al contar alguna cosa, y no queremos decírselo abiertamente, le hacemos el comentario: "¡Cómo la colita del ratón!"

* Hablar es mostrar un sentimiento, un deseo propio. Es conveniente que siempre que escuchemos, veamos los motivos que impulsan al mismo cuento. Aunque el único motivo sea el de que escuchen al interlocutor.

La razón de la inactividad.



De entre todos los pueblos que el Mullah Nasrudín visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

"¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?", preguntó el Mullah al granjero de la casa en la que se alojaba.

"¡Por supuesto que sería mucho mejor!", dijo el granjero. "El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media".

"Veo que lo tienes todo bien calculado", dijo Nasrudín admirado. "¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?"

"¡Eso no es bien simple!", dijo el granjero. "En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua."

"Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo."

"Claro que sí", dijo el granjero. "Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año".

"Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?"

"Pues... - prendiendo otro cigarro - ... Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar".

"Vale", dijo el Hodja, "pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!"

"Hay otro problema", dijo el granjero. "Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente."

"Lo entiendo", dijo Nasrudín. "Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal."

"Pues no", dijo el granjero. "Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno".

"Tengo que admitir que tienes razón", dijo Nasrudín.

"Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico...

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará..."

"Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes", dijo Nasrudín que se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: "Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años."

"Efectivamente", dijo el granjero, "pero a ellos no se les dan bien los números... "

* Este cuento nos habla de la vida, de que hay que vivirla y no pensarla. Muchas veces, pensamos tanto las cosas que no hacemos nada. En estos momentos, lo mejor dar un paso hacia adelante y hacer lo que debemos. En las decisiones importantes de la vida, se toman con el corazón.