LA HISTORIA DEL CERRAJERO.

Había una vez un cerrajero al que acusaron injustamente de unos delitos y lo condenaron a vivir en una prisión oscura y profunda. Cuando llevaba allí algún tiempo, su mujer, que lo quería muchísimo se presentó al rey y le suplicó que le permitiera por lo menos llevarle una alfombra su marido para que pudiera cumplir con sus postraciones cada día. El rey consideró justa esa petición y dio permiso a la mujer para llevarle una alfombra para la oración. El prisionero agradeció la alfombra a su mujer y cada día hacía fielmente sus postraciones sobre ella.

Pasado un tiempo el hombre escapó de la prisión y cuando le preguntaban cómo lo había conseguido, él explicaba que después de años de hacer sus postraciones y de orar para salir de la prisión, comenzó a ver lo que tenía justo bajo las narices. Un buen día vio que su mujer había tejido en la alfombra el dibujo de la cerradura que lo mantenía prisionero. Cuando se dio cuenta de esto y comprendió que ya tenía en su poder toda la información que necesitaba para escapar, comenzó a hacerse amigo de sus guardias. Y los convenció de que todos vivirían mucho mejor si lo ayudaban y escapaban juntos de la prisión. Ellos estuvieron de acuerdo, puesto que aunque eran guardias comprendían que también estaban prisioneros. También deseaban escapar pero no tenían los medios para hacerlo.

Así pues, el cerrajero y sus guardias decidieron el siguiente plan: ellos le llevarían piezas de metal y él haría cosas útiles con ellas para venderlas en el mercado. Juntos amasarían recursos para la huida y del trozo de metal más fuerte que pudieran adquirir el cerrajero haría una llave.

Una noche, cuando ya estaba todo preparado, el cerrajero y sus guardias abrieron la cerradura de la puerta de la prisión y salieron al frescor de la noche, donde estaba su amada esposa esperándolo. Dejó en la prisión la alfombra para orar, para que cualquier otro prisionero que fuera lo suficientemente listo para interpretar el dibujo de la alfombra también pudiera escapar. Así se reunió con su mujer, sus ex-guardias se hicieron sus amigos y todos vivieron en armonía. El amor y la pericia prevalecieron.

* Las personas son iguales, y reconocer esto te ayuda a ser uno mismo. Encarcelado y carcelero se sienten prisioneros mientras uno no vea en el otro la persona que hay en los dos. Ver al carcelero y o al encarcelado, es como ver el cristiano al judío, el capitalista al comunista, a de un país y el de su vecino... diferencias sutiles que nos separan, cuando realmente hay más cosas que nos unen.

EL SUFRIMIENTO.


Una pobre viuda, que vivía en los tiempos de un maestro de la Sabiduría, tenía un hijo al que adoraba.

Un día su hijo enfermó y murió y ella, loca de dolor, se negó a enterrarlo y lo llevaba consigo a todas partes, sin hacer caso a las palabras de consuelo y resignación que la gente le dirigía.

Alguien le dijo que el Maestro estaba en un bosquecillo cercano a la ciudad con sus discípulos.

La fama del Maestro se había extendido por todas partes, y era considerado un gran santo, capaz de hacer los mayores milagros. La pobre viuda llegó con el cadáver de su hijo ante el Maestro y echándose a sus pies le rogó, entre sollozos que le devolviera la vida. El Maestro le dijo:
Le devolveré la vida a tu hijo a condición de que me traigas un grano de arroz de una casa de la ciudad en donde no haya muerto nadie.

La viuda, llena de esperanzas partió para la ciudad y empezó su búsqueda.

En ninguna casa le fué negado el grano de arroz pero...

_Mi padre murió hace un mes....

_Mi suegra expiró la semana pasada....

_Ayer hizo un año que murió mi marido....

No encontró ni una sola casa en donde no lamentaran la muerte de alguien.

Cuando la última casa del pueblo se cerró a sus espaldas, no había podido conseguir aún el grano de arroz.

Al anochecer llegó el sabio. La mujer iba sola, llorando dulcemente. ¿Y tu hijo? ¿Dónde lo has dejado?, le preguntó el Maestro envolviéndole en una mirada compasiva.

Mi hijo ya no existe. Ha muerto y lo he enterrado junto a su padre. Ya he comprendido, Maestro.

El Maestro la acogió en el bosque, y desde entonces y hasta su muerte fue su discípula. Los textos cuentan que con el tiempo llegó a ser una arahant, una de las discípulas realizadas del Buda

* Este triste cuento nos pone de manifiesto un aspecto que va unido a la vida y que en occidente preferimos apartar, la muerte. La gente vive como si no fuera a morir nunca, acumulando bienes y acumulando experiencias malas, sin darse cuenta que así pueden dañar a las personas que les rodean.