VIVIR EL PRESENTE.


Un hombre se le acercó a un sabio anciano y le dijo: -Me han dicho que tú eres sabio…. Por favor, dime qué cosas puede hacer un sabio que no está al alcance de las demás de las personas. El anciano le contestó: cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo. Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio, le contestó el hombre, sorprendido. Yo no lo creo así, le replicó el anciano. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

* Qué más podemos decir de este sencillo cuento que ya nos explica la lección que quiere darnos. Vive el presente, si estás ansioso vives en el futuro y si te encuentras deprimido, vives en el pasado. No es tan fácil pues vivir el presente, porque pensar en aquello que nos va a pasar, nos hace sentir seguros... y salir de nuestra zona de confort... como que no suele apetecernos.

QUE LLUEVA QUE LLUEVA.



En un lugar de la Tierra llamado África, vivía un niño llamado Jambó. Desde muy pequeño Jambo había aprendido los cantos mágicos de su abuelo y maestro, Abú.

Contaba la leyenda, que cuando el maestro Abú subía a la montaña y cantaba a los dioses la canción “Que llueva que llueva“, conseguía que durante unas horas estuviera lloviendo en todo el continente africano.

A Jambó le habían explicado desde muy pequeño que en el lugar en que vivía él y toda su familia, era un lugar muy seco ya que llovía muy poco, y por eso había sequía, y muy poca agua. Así que desde muy pequeño Jambó supo lo importante que era cuidar el agua y no derrocharla.

Un día, Jambó iba paseando por medio del desierto y se encontró con una lagartija de color amarillo, ya que estaba camuflada, pues apenas se distinguía del suelo. Esto lo hacían para protegerse de otros animales.

– ¿Qué te pasa lagartija? no tienes buena cara…, le preguntó Jambó con preocupación.

– No puedo moverme de aquí porque no tengo fuerzas, llevo días sin beber ni una gota de agua, este verano está siendo muy duro para mí jovencito.., le respondió la lagartija.

– Yo te llevaré conmigo, intentaremos conseguir algo de agua.

Jambó llevó a la lagartija amarilla a un pequeño charco de agua para que pudiera beber, y después la dejó bajo unos pequeños matorrales donde daba la sombra.

Rápidamente Jambó fue a ver a su abuelo Abú, para decirle que debían de ir a cantar a los dioses a la montaña para que volviera a llover, pues los animales estaban en peligro, ya no quedaba casi agua.

Así que juntos subieron a la montaña y comenzaron a cantar la canción “Que llueva que llueva…”.

Los dioses escucharon cantar a Abú y Jambó, y a los pocos minutos comenzó a llover en África.

Así, gracias a la canción de la lluvia, en África había agua para que todos los seres vivos que allí vivían pudieran sobrevivir.

* Se nota que este cuento africano está hecho para niños. Nos enseña que debemos ser sensibles a nuestro alrededor, nos hace sentirnos responsables de los animales y las plantas de todo el mundo. Que la felicidad individual, no está separada de la felicidad que todos los seres vivos que nos rodean.

EL BRAHMÍN ASTUTO

Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas limosnas que recibían de los fieles. El asceta dijo:

  -Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al Divino.

  Entonces intervino el peregrino para explicar:

  -Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del mismo.

  Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:

  -También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.

*En este cuento de la India, hace referencia a un peligro que se daba hace miles de años pero que actualmente también se da ahora. Se trata de aquellas personas que buscan su interés y van con aire de santos, de que lo saben todo. Aquellas personas que de verdad son sabias, se dan cuenta que el interés de la humanidad es el mismo suyo, que el interés del planeta es el suyo mismo. Astucia y sabio son dos palabras diferenciadas, no pueden ir juntas.

LAS LLAVES DE LA FELICIDAD.



En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una gran broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra.
Para llevar a cabo la gran broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.

-Las esconderemos en las profundidades de los océanos -decía uno de ellos-.
-Ni hablar -advirtió otro-. El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.
-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes -dijo otro de los presentes-.
-No -replicó otro-. Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.
-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? -dijo otro-.
-De ninguna manera -replicó un compañero-. No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.
-¡Ya lo tengo! -dijo uno que hasta entonces no había dicho nada-. Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.
-Tonterías -replicó otro de los presentes-. Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:
-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar en que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo de suponer o imaginar...
-¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde? -preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios-.
-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y en consecuencia tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón.

Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

* Sinceramente, dudo que este cuento esté dentro de la tradición Zen, pero había que clasificarlo de alguna manera.
Muchos hombres han buscado la felicidad de muchas manera, sin darse cuenta que la búsqueda misma nos aleja de la felicidad. Tampoco hay que confundir felicidad con placer, porque la búsqueda del placer es una huida de nosotros mismos. La felicidad es más bien ser realista y estar satisfecho con uno mismo.

CABALGAR EL VIENTO.



De su propio maestro Lao-sciang-scie, y de su propio amigo Pai-cao-zé, Lie-tzu aprendió el arte de cabalgar el viento (estados interiores de concentración). Yinn-scieng se enteró y yéndose a vivir con él, con la intención de aprender este arte, asistía a sus reuniones de concentración, las que lo privaban de los sentidos por un tiempo considerable. Muchas veces le pidió la técnica, pero siempre se encontró con su negativa. Disgustado, pidió permiso para partir. Lieh-tzu no respondió. Yinn-scieng se fue. Pero, consumido siempre por el mismo deseo, en el espacio de unos meses retornó a Lieh-tzu. Este le preguntó: ¿Por qué te has ido? ¿Y por qué has regresado?

Yinn-scieng respondió:

—Has respondido negativamente a todos mis pedidos; llegué a sentir rencor hacia ti y me fui; ahora que mi resentimiento ha desaparecido, he retornado.

Lieh-tzu contestó:

—Te creía de ánimo más equilibrado, ¿es posible que tu naturaleza sea tan baja? Te contaré como he sido formado por mi maestro. He llegado a él por un amigo. Pasé tres años enteros en su casa, empeñado en domar mi corazón y mi lengua, sin que él me concediese una sola mirada. Como progresaba, luego de cinco años me sonrió por primera vez. Como seguía progresando, después de siete años me hizo sentar en su estera ritual. Transcurridos nueve años de esfuerzos finalmente perdí toda noción de sí o de no, de ganancia o pérdida, de la superioridad de mi maestro y de la amistad con mi condiscípulo. En este punto el uso específico de mis diferentes sentidos fue reemplazado por un sentido general; mi espíritu se condensó, mientras el cuerpo perdía densidad; los huesos y la carne se licuaron (se sutilizaron); perdí la sensación de peso al sentarme, de sostenerme sobre mis pies (levitación); y finalmente partí, dejándome llevar libremente por el viento, hacia el Este, hacia el Oeste, en todas las direcciones, como una hoja seca llevada [por el viento] sin poder darme cuenta si era el viento el que me llevaba o si era yo quien cabalgaba el viento. He aquí el largo ejercicio de despojo, de retorno a la naturaleza, a través del cual he debido pasar para alcanzar la concentración. Pero tú, que recién has tenido la oportunidad de llegar a un maestro, que todavía eres tan imperfecto como para impacientarte y ofenderte; tú, que eres rechazado por el aire y a quien la tierra todavía debe soportar el cuerpo grosero y pesado, ¿pretendes elevarte sobre el viento en el espacio?

Yinn-scieng se retiró confundido, no atreviéndose a responder nada.

*Como siempre, en la filosofía taoísta, se busca el acercamiento a la naturaleza. La naturaleza que forma parte de nosotros la apartamos por algo que creemos mejor, nuestro EGO. El que forma nuestras ansiedades, nuestras ambiciones, deseos y sufrimientos. Cuando el taoísta entiende esto  y lo experimenta se acerca a esa naturaleza perdida.

LA SABIDURÍA DE MAIMÓNIDES.

El famoso filósofo Maimónides era también el médico de cabecera del Rey egipcio. Los otros médicos estaban muy celosos, porque el Rey le tenía mucho respeto y una confianza sin límites. Por esta razón decidieron preparar su caída. 
Una vez los médicos discutieron con Maimónides en presencia del Rey, con la intención de demostrar que éste no tenía idea alguna de la ciencia médica. Ellos afirmaron que la ciencia médica puede incluso devolver la vista a aquellos que han nacido ciegos. Pero Maimónides afirmó que se puede curar a un hombre solamente en el caso de haber quedado ciego por accidente, o por alguna enfermedad. Sólo en este caso se puede prestar ayuda, pero no se puede ayudar a un ciego de nacimiento. 
¿Qué hicieron los médicos? Trajeron delante del Rey a un hombre ciego que atestiguó que él había nacido así. Le pusieron una pomada encima de sus ojos, y el hombre empezó a gritar ¡Ya puedo ver! 
El Rey ya estuvo por expresar su desconfianza a Maimónides, pero el médico sacó un paño rojo, lo puso delante de los ojos del ciego - que recuperó su vista - y le preguntó: "¿Qué tengo en mi mano?" 

"Un pañuelo rojo" - contestó el hombre. »

El Rey se dio cuenta en seguida que Maimónides tenía razón. Si el hombre era ciego de nacimiento, ¿cómo podía ser que conozca los colores? Inmediatamente expulsó a los médicos con humillación y vergüenza. 
Pero no sólo los no judíos querían poner a prueba la sabiduría médica de Maimónides, sino también sus hermanos de fe. 
Entre los muchos enfermos que vinieron a ver a Maimónides para pedir su ayuda, vino un buen día también el poeta Rabí Abraham Ibn Ezra, que era muy pobre. El no estaba enfermo, pero se disfrazó de tal manera que no se lo podía reconocer. Se puso en la fila de los pacientes y esperó a que Maimónides pasara delante de él, lo considere como enfermo y le prescribiera un medicamento. Quería poner a prueba a Maimónides y saber, si éste podría reconocer si él estaba, o no estaba enfermo. 
Maimónides pasó delante de la fila de los enfermos y le dio a cada uno un papelito en el cual había anotado el medicamento para su enfermedad. También Rabí Abraham Ibn Ezra recibió un papelito. Lo abrió con una sonrisa y allí estaba anotada una sola palabra: "kesef" - dinero. 
Reconoció Rabi Abraham que no se podía engañar a un hombre como Maimónides. 

* Estos cuentos me gustan porque aunque no están basados en hechos reales, sí que cuentan con personajes reales. Sabios, de todas las ciencias que marcaron las directrices del pensamiento actual. Humanistas que deseaban la verdad y la sabiduría. 

EL CUENTO DE LAS ARENAS.


 Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a  éstas.
    Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:

"el Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"

    El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto. "Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"

-¿Pero cómo esto podrá suceder?

     "Consintiendo en ser absorbido por el viento". Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?" "El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"

-"¿Cómo puedo saber que esto es  verdad?"

   "Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un  pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."

-"¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?"

    "Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial." Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó:"Sí, ahora conozco mi verdadera identidad" El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron:"Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña" Y es por eso que se dice que el  camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

* Bonita alegoría de este cuento que quizá no sea para público infantil. De donde venimos y a donde vamos. El miedo a perder nuestra individualidad y a la muerte. No entendemos la muerte y no sabemos si nuestra individualidad, si nuestro Pepito, Jaimito, Marta, Laura, Maria, etc... volverá de nuevo. No obstante, olvidamos que nuestro origen y nuestro destino es el mismo y que algo bueno hay (Dios, naturaleza, o como queramos llamarlos) que nos creó y que volveremos a visitar.

EL BOTE.



Un hombre estaba remando en su bote corriente arriba durante una mañana muy brumosa.

De repente vio que otro bote venía corriente abajo, sin intentar evitarle. Avanzaba directamente hacia él, que gritaba:

- Cuidado! Cuidado!

Pero el bote le dio de pleno y casi le hizo naufragar.

El hombre estaba muy enfadado y empezó a gritar a la otra persona para que se enterara de lo que pensaba de ella. Pero cuando observó el bote más de cerca, se dio cuenta que estaba vacío.

* A veces los cuentos más cortos son los que más nos enseñan, y este, con unas pocas frases, nos muestra una de las enseñanzas más valiosas de la vida. El río representa la vida, que tiene su curso, el barco que baja con la corriente, son los acontecimientos de la vida que vienen hacia nosotros, que nos empeñamos en ir contracorriente. Cuando en la vida nos suceden cosas inesperadas es fácil que pensemos que tenemos mala suerte, que el destino nos ha jugado una mala pasada, y nos empeñamos en ver los acontecimientos según nos beneficien o no. Pero el universo tiene sus leyes, sus normas, y pensar que lo hace por nosotros es un verdadero error que nos puede sentir desgraciados.

EL HOMBRE LLAMADO NAMARASOTHA.



Había un hombre que se llamaba Namarasotha.  Era pobre y andaba siempre vestido de harapos.  Un día fue a cazar.  Al llegar al bosque, encontró un impala muerto.  Cuando se preparaba para asar la carne del animal, apareció un pajarito que le dijo:

          –  Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Continúa un poco más que lo que es bueno, estará allá.

El hombre dejó la carne y continuó caminando.  Un poco más adelante, encontró una gacela muerta.  Intentaba, nuevamente, asar la carne cuando apareció otro pajarito que le dijo:

Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Siempre avanza, que encontrarás cosas mejores que eso.

El obedeció y continuó caminando hasta que vió una casa junto al camino.  Paró y una mujer que estaba al lado de la casa, lo llamó, pero el tuvo miedo de acercarse puesto que estaba muy harapiento.

            – ¡Ven aquí! – insistió la mujer.

Entonces Namarasotha se aproximó.

           – Entra, le dijo.

El no quería entrar porque era pobre.  Pero la mujer insistió y Namarasotha finalmente entró.

Ve a lavarte y ponte estas ropas, le dijo la mujer.  Y el se lavó y vistió pantalones nuevos.  Luego la mujer declaró.

           –  A partir de este momento, esta es tu casa.  Tu eres mi marido y de ahora en adelante, eres tu quien manda.

Y Namarasotha se quedo, dejando así de ser pobre.

Un cierto día había una fiesta a la que debían asistir.  Antes de partir a la fiesta, la mujer le dijo a Namarasotha:

            –  ­En la fiesta a la que vamos, cuando bailes, no debes mirar hacia atrás.

Namarasotha estuvo de acuerdo y partieron juntos. En la fiesta, bebió mucha cerveza de harina de mandioca y se embriagó.  Comenzó a danzar al ritmo de la batucada.  A cierta hora, la música estaba tan animada, que miró hacia atrás.  Y en ese propicio momento, volvió a estar como estaba antes de llegar a la casa de la mujer: pobre y haraposo.

* La interpretación de este cuento es bien explicada por Misosoafrica en su blog. En resumidas cuentas, el cuento es una historia que reafirma el valor de la experiencia, de la sabiduría de los ancianos y de la cultura popular.
Un hombre pobre en áfrica es un hombre sin mujer, sin tierra y sin hijos. El impala y la gacela representan a mujeres casadas que Namarasotha debe respetar y no "comer", y los pájaros son los sabios del poblado que le animan a encontrar una mujer sin ataduras.
El problema surge cuando Namarasotha no sigue los consejos de la mujer, la tradición de su poblado y se gira cuando baila, es entonces cuando vuelve a ser pobre. 

EL ELEFANTE Y LOS SEIS CIEGOS.



En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema. 
El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

*El origen de este cuento es incierto, ya que algunos lo consideran extraído del hinduísmo, otros lo encasillan dentro de la tradición budista.
El cuento es un claro ejemplo de que vemos nuestro mundo a través de nuestros filtros.... como se dice normalmente: depende del cristal con que se mire. Cada uno saca conclusiones según sus experiencias, y esas conclusiones modificarán el mundo. Lo ideal es pues ver el mundo quitándonos todos los filtros, para ver la realidad tal y como es.

EL ARQUERO Y EL MONJE ZEN.

Después de ganar varias competencias de tiro al blanco, el joven y presumido campeón, desafió a un maestro del Zen famoso por su habilidad como arquero. El joven demostró una habilidad técnica muy buena cuando impactó el centro del blanco en su primer intento. Su segundo tiro era igual de perfecto y dijo al anciano:

- ¡Allí lo tiene! ¿Vea si puede igualar eso?

Imperturbado, el maestro no sacó su arco. Le hizo un gesto para que lo acompañara a la montaña.

Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió, hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un débil e inestable tronco.

El viejo maestro caminó tranquilamente hasta el centro del frágil y peligroso puente, escogió un lejano árbol como blanco, sacó su arco, y disparó un tiro limpio y directo.

- Ahora es su turno, – le dijo mientras regresaba distinguidamente hasta suelo seguro.

El joven miró con terror el abismo sin fondo y no pudo forzarse a caminar sobre el tronco, ni menos disparar al blanco.

- Usted tiene mucha habilidad con su arco, – dijo el maestro, notando el aprieto de su desafiante – pero tiene poca habilidad con la mente, que le deja aflojar el tiro.

* Que fácil es hacer el bien cuando nos encontramos bien. Nos es fácil ser amables, nos es fácil ser honestos, cariñosos, agradables, .... de hecho, todo eso nos sale de manera natural cuando nos encontramos bien. Pero cuando tenemos un problema, cuando sufrimos por él, nos retraemos, el Ego nos dice que nos protejamos, que nos aislemos en nosotros mismos: que no te molesten, no le des limosna que tu estás mal, no te fies de esa persona que te hará daño, ataca tu primero para evitar ser atacad... vamos, todo ese tipo de comportamientos que todos sabemos que hacemos de vez en cuando. Pues es ahí, en los puntos difíciles de nuestra vida donde debemos ser valientes, dejar el dolor apartado para no dañar al compañero ni a nosotros mismos y comportarnos como hermanos con todas las personas, todos los animales y todas las plantas.

EL TRIÁNGULO Y EL ÁNGULO RECTO.


Una tarde, al salir de la escuela, se encontraron en una sesión de yoga un triángulo y un ángulo recto. Con ropa más cómoda y uno delante del otro, empezaron a estirar para ir relajando sus cuerpos, moviendo sus lados rectos, vértices y ángulos; adoptando nuevas formas para ir volviendo a la propia al final de la sesión.

Hubo algo que llamó la atención al ángulo recto, ya que su vecino, el triángulo, no se esforzaba tanto como él, quien se exigía más y más para que su forma llegara a ser perfecta.

Su compañero jugaba con el cuerpo, parecía tan fácil, como un bailarín que a veces veía en la tele, había sencillez y concentración en su movimiento, de modo que no se daba cuenta de ser observado. Para colmo de su asombro surgió un momento mágico, el mundo se paró por unos instantes, observando el triángulo final, era como si flotara en el aire, una verdadera obra de arte.

Y así fueron pasando los días, hasta que por fin se decidió a hablar con él. De camino a 
casa siempre cogían el mismo tren. Se acercó a él y le dijo:

- Hola ¿Me conoces?
- Sí, te veo en las sesiones.
- Tengo curiosidad por preguntarte ¿cómo lo haces? Me refiero a que yo me esfuerzo mucho más que tú y no tengo tu resultado. No veo tensión en lo que haces.
- Pues no lo sé, pero creo entender a lo que te refieres: todo mi mundo está en ese momento, ya que lo vivo, me dejo llevar, lo disfruto. Sí es cierto que mis líneas son rectas, pero por dentro hay suavidad, sin tensión y lo mejor de todo es que me siento libre, como cuando soplas un diente de león y vuela por el aire.
- Pero oye, dime tú ahora, si el tren nos está llevando ¿por qué continuas cargado con tus 
mochilas?
Quedó pasmado: -pues tienes razón, no me había dado cuenta. Al dejarlas en el suelo sintió esa ligereza, esa libertad, con un ejercicio tan simple, dejar las bolsas en el suelo y fue entonces que se preguntó a sí mismo ¿Será esta sensación la que él vive? ¿Será esto lo que tengo que aprender?

No lo entendía muy bien aún, pero algo dentro de él le hizo llevarlo a la práctica, con menos rigidez y más espontaneidad. Y así fue el comienzo de una buena amistad.

*Este cuento Taoísta de Eva Juárez Ollé, nos enseña que de vez en cuando conviene quitarse de encima el peso de las obligaciones, de nuestras constumbres y nuestras opiniones. No hace falta ser Juanito o Felipa todo el rato, también podemos descansar y maravillarnos con la naturaleza que nos rodea... y si dejamos de ser Juanito o Felipa, podemos ser lo que nos rodea.  

REY POR UN AÑO.

Una vez sufrió un judío un naufragio. Todos sus bienes se hundieron en el mar. Hasta él mismo hubiese muerto ahogado, si no se hubiera mantenido firmemente sujeto a una tabla de madera, que se separó del barco. Con la ayuda de esta tabla, llegó a pisar tierra en una isla. Apenas hubo llegado a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca de este lugar había una torre en cuya cumbre habían muchos centinelas, los que apenas se dieron cuenta de la llegada de una persona, tocaron su heraldo y avisaron en voz alta: - "¡Fíjense, aquí llega el Rey!"
Corrieron a su encuentro y gritaron: -"¡Aquí está nuestro Rey!"-Lo recibieron con mucho cariño, le pusieron un manto purpúreo y lo llevaron en sus hombros a la ciudad. En la plaza principal había una tribuna de madera, donde lo dejaron subir, lo coronaron con flores y el pueblo exclamó: - "¡Que viva el Rey! ¡Que viva el Rey!" - Lo llevaron por las calles de la ciudad en una procesión solemne. Mientras erigían el estandarte, las campanas de las torres empeza­ron a sonar, y toda la isla estaba estremecida por los gritos: ¡Que viva nuestro Rey!

Se pararon delante de un palacio maravilloso de puro mármol. Allí llevaron al extranjero y lo hicieron sentar encima del trono real tallado de marfil. Le colocaron la corona real incrustada con piedras preciosas y le pusieron un cetro dorado en su mano. Vino el sacerdote con su atuendo oficial, lo ungió y lo bendijo. Aparecieron los nobles del pueblo, se inclinaron delante de él y le pronunciaron su juramento de fidelidad.
La ciudad estaba llena de júbilo y todos felices en honor a su Rey.
El judío que sufrió el naufragio tan sólo pocos minutos antes, se sentía muy extrañado con toda esta escena y no podía compren­der nada, ni creer a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencido de que estaba profundamente dormido y todo lo que experimentaba, era tan sólo un sueño. Pero, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real, vino un sirviente que lo lavó y lo untó con los aceites más finos y lo friccionó con los mejores perfumes, y entonces empezó a pensar en su nueva posición. Le vistieron con trajes preciosos y lo acompañaron a una sala muy linda, en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas. Sirvientes estaban parados alrededor de él y esperaban su seña para cumplir con todos sus deseos. Ahora sí que empezó a creer en un milagro.
Entraron ministros para deliberar con él sobre asuntos del Estado. Altos oficiales del ejército le entregaron sus informes. Llegaron jueces y le pidieron que confirmara sus proyectos de leyes. El jefe de la guardia de la cámara del tesoro le entregó las llaves. Estaba muy extrañado por esta enorme honra que le prestaron, pero no podía entender el enigma. No podía entender, por qué habían elegido los habitantes de un país a un hombre para su Rey, si no lo conocían. Tampoco sabía por qué le asignaron, justo a él. esta dignidad enorme, y por qué lo encontraron, justamente a él, digno de todo eso. Nunca habría podido imaginarse llegar a un rango tan alto, con toda la pompa de los palacios, con todos los caballos y las carrozas. No encontró tranquilidad en su corazón. Todos estos acontecimientos misteriosos e incomprensibles no dejaron tranquila su alma, ni su conciencia. Quería encontrar la solución del enigma.
Llamó a uno de sus fieles servidores, en quien tenía confianza, y le habló así: - "Explícame, amigo mío, qué es lo que pasa acá, pues esto nunca había pasado antes. Que un hombre llega de la nada al pedestal más alto, que hombres de un país grande unten a un extranjero como Rey, le confíen su vida y su fortuna y pongan delante de sus pies todos los bienes de su vida."
Le contestó el sirviente: - "Rey mío, sé muy bien que no puedo ocultar la verdad. Pero se nos prohibió muy estrictamente revelar el secreto, y si yo lo hiciera, todo el pueblo consideraría que he cometido un pecado enorme contra todos."
Pero unos días más tarde, el Rey insistió mucho, diciéndole: - "Yo te juro que si tú no me desvelas la verdad, no voy a comer ni tomar nada y moriré delante de tus ojos". - Le parecía al sirviente que ya no podía esconder la verdad delante de su amo y le dijo: -"¡Escúchame, mi Rey! Hace mucho tiempo rige en este país la costumbre de no elegir como Rey a una persona que haya nacido aquí, sino sólo a un extranjero. En un día definido del año, esperamos delante del portón de la ciudad. Y el hombre que llega primero, lo elegimos nuestro Rey por doce meses, y cuando llega el último día del último mes, le sacamos los atuendos reales y le ponemos los vestidos que tenían puestos al llegar y después, lo llevamos al camino por donde llegó. Lo llevamos a la costa del mar, lo ponemos en un barco y lo llevamos a una isla pequeña y muy árida. Allí lo dejamos totalmente sólo."

Al escuchar estas palabras, el Rey se asustó mucho y le preguntó a su sirviente: - "Y todos los Reyes que me antecedieron, ¿sabían lo que les esperaba en un cierto día?".
"No, mi Rey," - dijo el sirviente. - "Ellos pasaron sus días de reinado a lo loco y nunca pensaron en su fin."
El Rey le dijo entonces: - "Yo veo que tú eres inteligente y yo simpatizo contigo. Dame un consejo ¿Qué tengo que hacer para salvar mi alma y para que no me pase a mí la desgracia que les tocó a mis antecesores"?

El sirviente le dijo: - "¿Quién soy yo para poder dar consejos a mi Rey? Pero si tú quieres escuchar mi consejo, entonces manda a esta isla árida algunos esclavos, y les ordena trabajar la tierra. Que planten pasto, plantas y hortalizas, planten árboles de fruta. También manda llevar allí dos de cada tipo de animal doméstico; y a un muchacho joven y a una mujer joven, para que sean fértiles y se multipliquen. La tierra va a tener su fruto y los cereales se recolectarán. De esta manera, toda esta tierra en la cual te pongan en exilio, será tu propiedad y en el día que termine tu reinado, vas a tener delante tuyo una mesa puesta con todo".
Esta idea le gustó mucho al Rey y siguió el consejo. Eligió a los mejores esclavos, dignos de confianza, y los mandó en forma secreta a aquella isla. Allí realizaron su trabajo, según el deseo del Rey. Construyeron casas y caminos, plantaron viñedos y transformaron esta isla árida casi en un paraíso.

Apenas terminó el año del reinado, llegó el momento de la prueba que pasaron todos los Reyes que reinaron antes de él. Sus siervos se pusieron muy extraños con él. Llegaron donde él, le sacaron la vestimenta preciosa sin piedad, le sacaron las llaves que le habían sido entregadas lo pusieron sus vestidos viejos que habían sido guardados y le acompañaron por un sendero angosto, fuera de los portones de la ciudad. Allí lo condujeron por un camino hondo por el cual había llegado, y lo metieron en un pequeño barco de la marina. Este lo llevó hasta la isla abandonada.
Pero él no tenía ninguna desesperación en su corazón, sino mucha tranquilidad, pues allí encontró un lugar con comodidad y bienestar - un lugar que se había preparado cuando era todavía Rey. Allí podía descansar de todo su trabajo y sus tribulaciones.

*Realmente, la enseñanza de este cuento no difiere mucho del de la hormiga y la cigarra. La morajela es que hay que prever el mañana y no pensar solo en el presente. Disfrutar, relajarse y liberar tensiones está muy bien, pero nunca debemos dejarnos llevar por eso. E igual que hay una época para descansar, también hay una época para trabajar... y el futuro te lo agradecerá.

LA BANDEJA DE HOJALDRE.

Un sabio forastero llegó a Aksehir. Deseaba desafiar al hombre más docto de la ciudad y le presentaron a Nasrudin. El sabio trazó un círculo en el suelo con un palo. Nasrudín cogió el mismo palo y dividió el círculo en dos partes iguales. El sabio trazó otra línea vertical para dividirlo en cuatro partes iguales. Nasrudín hizo un gesto como si tomara las tres partes para sí y dejara la cuarta para el otro. El sabio sacudió la mano hacia el suelo. Nasrudín hizo lo contrario.

Se acabó la competencia y el sabio explicó:

- ¡Este señor es increíble!, le dije que el mundo es redondo, me contestó que pasa el ecuador terrestre por el medio. Lo dividí en cuatro partes, me dijo "las tres partes son de agua, la cuarta es de tierra". Le pregunté "¿por qué llueve?", me contestó "el agua se evapora, sube al cielo y se convierte en nubes".

Los ciudadanos deseaban conocer la versión de Nasrudín: - ¡Qué tipo más glotón!, me dijo: "si tuviéramos una bandeja de dulce de hojaldre", yo le dije "la mitad es para mí". Me preguntó "¿si lo dividiéramos en cuatro partes?", yo le contesté "me comeré las tres partes". Me propuso "¿si le echáramos pistachos molidos?", yo le dije "buena idea, pero se necesita un fuego alto. Quedó vencido y se fue...."

*Como siempre, los cuentos de Nasrudín siempre tienen un punto irónico y gracioso. En su punto irónico, suele dejar en evidencia la sobrevalorada sabiduría libresca. A veces, el más sabio es el que menos se deja llevar por esta. No pretendo decir que el saber es malo, pero tenemos que dejarlo en su lugar. Un árbol no sabe, un león o un águila no saben, pero no lo necesitan para vivir. Ya son felices por solamente vivir.

EL DESAFÍO.


Es imprescindible un poco de lucha. Las tormentas con sus truenos, relámpagos y tristezas, nos enriquecen tanto como la felicidad y la alegría.
Oí una parábola antigua. Y debe ser muy antigua porque en aquellos días Dios acostumbraba a vivir en la tierra.
Un día un viejo campesino fue a verle y le dijo: ―Mira, tú debes ser Dios y debes haber creado el mundo, pero hay una cosa que tengo que decirte: No eres un campesino, no conoces ni siquiera el ABC de la agricultura. Tienes algo que aprender.
Dios dijo: ―¿Cual es tu consejo?
El granjero dijo: Dame un año y déjame que las cosas se hagan como yo quiero y veamos que pasa. La pobreza no existirá más.
Dios aceptó y le concedió al campesino un año. Naturalmente pidió lo mejor y solo lo mejor: ni tormentas, ni ventarrones, ni peligros para el grano.
Todo confortable, cómodo y él era muy feliz. El trigo crecía altísimo. Cuando quería sol, había sol; cuando quería lluvia, había tanta lluvia como hiciera falta. Este año todo fue perfecto, matemáticamente perfecto.
El trigo crecía tan alto….que el granjero fue a ver a Dios y le dijo:¡Mira! esta vez tendremos tanto grano que si la gente no trabaja en diez años, aún así tendremos comida suficiente.Pero cuando se recogieron los granos estaban vacíos. El granjero se sorprendió. Le preguntó a Dios :¿Qué pasó, qué error hubo?.
Dios dijo: Como no hubo desafío, no hubo conflicto, ni fricción, como tu evitaste todo lo que era malo, el trigo se volvió impotente.
Un poco de lucha es imprescindible. Las tormentas, los truenos, los relámpagos, son necesarios, porque sacuden el alma dentro del trigo.La noche es tan necesaria como el día y los días de tristeza son tan esenciales como los días de felicidad. A esto se le llama entendimiento. Entendiendo este secreto descubrirás cuán grande es la belleza de la vida, cuanta riqueza llueve sobre tí en todo momento, dejando de sentirte miserable porque las cosas no van de acuerdo con tus deseos.

*  La sabiduría, no ser inteligente ni ser listo, sino sabio. Es justamento aquello que nos explica el cuento budista de "El desafío". Muchas veces nos creemos el centro del universo, y creemos que las cosas suceden por nosotros... entonces, si los acontecimientos son desfavorables, nos sentimos desgraciados y si pasa al contrario, afortunados. 

La naturaleza tiene su propia sabiduría, algunas cosas necesitan su tiempo, y a medida que entendemos esto, más sabios nos hacemos.

LA COMADREJA Y SU MARIDO.


La Comadreja dio a luz un hijo, y, llamando a su marido, le dijo:- Búscame unos pañales como a mí me gustan y tráemelos. El marido quería complacer a su mujer y le preguntó:- ¿Qué pañales son esos que a ti te gustan? Y respondió la Comadreja:- Quiero una piel de elefante.


El pobre marido quedóse perplejo ante tales pretensiones y no pudo abstenerse de preguntar a su media naranja si había perdido la cabeza. La Comadreja, enfadada y como contestación, le arrojó la criatura a los brazos y salió inmediatamente y a toda prisa. Buscó al Gusano, y, así que lo encontró, le dijo:- Compadre, mi tierra está llena de hierba; ayúdame a renovarla un poco. Y cuando vio al Gusano atareado, escarbando, la Comadreja llamó a la Gallina y le dijo:- Comadre, mi hierba está plagada de gusanos y necesito tu ayuda. La Gallina echó a correr, se comió al Gusano y se puso a rascar el suelo. Un poco más adelante, la Comadreja encontró al Gato y le dijo:- Compadre, andan gallinas en mi tierra; bien pudieras en mi ausencia dar una vuelta por mis posesiones.

Un instante después el Gato había devorado a la Gallina. Mientras el Gato comía a sus anchas, la Comadreja dijo al Perro:- Patrón, ¿vas a dejar al Gato en posesión de esa tierra? El Perro, furioso, corrió a matar al Gato, porque no quería que hubiese allí más amo que él. Pasó por aquellos lugares el León, y la Comadreja le saludó con respeto y le dijo:- Señor mío, no os acerquéis a ese campo, que pertenece al Perro. Al oír esto el León, poseído de envidia, se arrojó sobre el Perro y lo hizo mil pedazos. Por fin asomó el Elefante, y la Comadreja le pidió auxilio contra el León. Y el Elefante entró como protector en la tierra de la que le imploraba auxilio. Pero ignoraba la perfidia de la Comadreja, que había abierto un hoyo muy grande, disimulándolo con infinidad de ramas.

El Elefante, al caer en el lazo, se mató, pero antes había ahuyentado al León, que, temeroso, refugióse a toda prisa en la selva. La Comadreja arrancó la piel del Elefante y se la presentó a su marido diciéndole:- Te pedí una piel de elefante y me llamaste loca porque juzgaste mi deseo como el mayor desatino. Mediante Dios, la he obtenido y aquí la tienes. El marido de la Comadreja ignoraba que su compañera era el animal más astuto del mundo y ni remotamente soñaba que lo fuese más que él. Pero entonces lo comprendió. Tal fama consiguió la señora con su artimaña que, desde lo ocurrido, se dice: "¡Es más astuto que una Comadreja!.

* Estos cuentos nos explican las tradiciones y orígenes de culturas ancestrales donde los animales se humanizaban y se destacaban sus características que más llamaban la atención. Nos muestra la sabiduría que algunas culturas tienen sobre la naturaleza y sobre todo lo que la compone.... algo que en nuestra mundo occidental se pierde y que nos hace recordar que , de vez en cuando, hay que retornar al campo, a la montaña, escapar de la ciudad y volver a donde venimos.


EL PRÍNCIPE DE LA LUNA EN LA FRENTE Y LA ESTRELLA EN LA BARBILLA.

En una ciudad de la India, vivía un pobre matrimonio que tenía siete hijas. Como no podía pagarles ninguna distracción dejaba que cada tarde fuesen a jugar con la hija del jardinero de Palacio.
- Cuando yo me case -decía la joven- tendré un hijo que llevará una luna en la frente y una estrella en la barbilla.

Al oír esto, las siete hermanas se echaban siempre a reír. Sin embargo, un día el rey acertó a pasar cerca del grupo y prendado de la hermosura de la hija del jardinero, se detuvo a oír lo que hablaban, oyéndole decir que al casarse tendría un hijo hermosísimo.
Esto agradó aún más al rey, a quien sus demás esposas no habían dado hijos, y al día siguiente llamó al jardinero y le pidió la mano de su hija.
El hombre accedió entusiasmado a la petición del rey, y a los pocos días se celebraron las bodas.
Pasó un año, y la joven comunicó a su esposo que iba a nacer un niño. El rey la abrazó complacido y dio órdenes para que las demás esposas la cuidasen con todo amor.
Pero éstas eran unas envidiosas, y a los pocos días dijeron a la favorita:
- Nuestro señor el Rajá marcha cada día de caza. Sería conveniente que le pidieras que no se alejase tanto, pues podría nacer el niño, sin que él lo viese.
Aquella noche, la joven dijo a su esposo lo que le habían indicado las demás mujeres, y el Rajá contestó:
- La caza es el mayor de mis placeres. Como no puedo dejarla, te daré un tambor muy grande y si por casualidad te encuentras mal o me necesitas, no tienes más que hacerlo sonar. Yo lo oiré y esté donde esté acudiré enseguida.
Cuando las demás esposas vieron el tambor, preguntaron a la favorita para qué servía, y ésta se lo explicó:
- Hazlo andar para ver si es verdad que nuestro esposo lo oye -dijo una.
- No me atrevo; podría castigarme al ver que le he llamado sin necesidad.
Pero tanto insistieron las mujeres, que la joven golpeó el tambor.

Aún no había transcurrido media hora, cuando ya el rey estaba en la habitación de su esposa, preguntándole qué le ocurría.

- Nada; sólo quería verte.
El soberano besó a su mujer y le dijo que no volviera a tocar el tambor sin necesidad.
La joven prometió hacerlo así, mas al día siguiente, apenas había partido el rey, las demás esposas insistieron en que volviera a tocar el tambor.
- No quiero hacerlo porque mi esposo se disgustaría conmigo.
- Te quiere demasiado para disgustarse -dijo una de las mujeres.
- No quiero hacerlo.
- Anda hazlo, así veremos si es verdad que está dispuesto a sacrificarse por ti.
Y tanto insistieron, que al fin la joven golpeó el tambor, cuyo sonido llegó hasta el rey, haciéndole interrumpir la caza y volar hacia el palacio.
- ¿Qué ocurre? -preguntó al ver a su esposa.
- Nada, sólo quería ver si me sigues queriendo.
- ¿Sólo por eso me has hecho interrumpir la caza? En adelante, no vuelvas a hacerlo, pues me disgustaría mucho contigo.
Con los ojos bañados en lágrimas, la joven prometió no hacerlo más; pero al día siguiente se encontró muy mal y pidió a sus esclavas que hicieran sonar el tambor.
El rey lo oyó perfectamente, pero creyendo que se trataba de otro capricho de su mujer, siguió cazando.
Entretanto nació un niño hermosísimo, con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Las otras esposas del Rajá, llenos de envidia, cogieron al recién nacido y metiéndolo en una caja ordenaron a un esclavo que fuera a enterrarlo en el jardín. Para sustituir al niño, metieron en la cuna una piedra, y cuando llegó el Rajá le dijeron que aquello era el hijo que le había dado su esposa.
El monarca se enfureció grandemente y ordenó que la joven fuese ocupada en los más bajos menesteres.
El esclavo que debía enterrar al niño hizo lo que le habían ordenado, pero Chankar, el perro del Rajá, le vio y cuando se hubo retirado, desenterró al niño. Al verlo tan hermoso, decidió salvarle la vida, y como no tenía dónde ocultarlo, se lo tragó.
Al cabo de seis meses, el perro salió al campo y sacando al niño vio que seguía viviendo. Lo acarició muy contento y cuando se hubo cansado de jugar con él volvió a tragarlo.
Pasaron otros seis meses, y de nuevo Chankar fue al campo a ver al niño de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, que entonces contaba ya un año. Jugó con él y se lo tragó de nuevo. Por desgracia, el guardián de los perros le había seguido y le vio, yendo enseguida a comunicar la noticia a las esposas del Rajá, diciéndoles:
- Dentro del perro de Su Majestad, hay un niño con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Al oír esto, las mujeres creyeron morir de miedo, y enseguida desgarraron sus ropas y fueron a ver al Rajá, diciéndole:
- Vuestro perro Chankar nos ha mordido. Hacedle matar.
- Perfectamente -contestó el soberano.- Mañana por la mañana morirá.
El perro oyó por casualidad su sentencia de muerte, y temiendo por la vida del niño que llevaba en el estómago, decidió dejarlo al cuidado de alguien. Este alguien resultó ser la vaca Suri, que estaba en el establo del palacio.
- Óyeme, Suri -le dijo;- quisiera que me guardases algo, pues mañana el rey me hará matar.
- Enséñame eso que quieres que te guarde -replicó la vaca.
El perro mostró el principito a la vaca, la cual lanzó un mugido de asombro ante su belleza.
- Lo guardaré con muchísimo gusto -declaró. Y después de besar al niño se lo tragó.
Al día siguiente, Chankar fue muerto por el guardián, y las esposas del Rajá respiraron tranquilas.
Al cabo de un año, Suri, la vaca, quiso ver al principito, y quedó más prendada que nunca de su hermosura. Para librarlo de todo mal, volvió a tragárselo, y así lo guardó diez años.
Por desgracia, un día la vio el guardián del establo, quien enseguida corrió a decir a las reinas que la vaca tenía dentro un hermoso joven con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Las cuatro esposas del Rajá se estremecieron de miedo, y rasgándose sus vestiduras, fueron a ver a su esposo, diciéndole:
- Señor, vuestra vaca ha entrado en nuestras habitaciones y nos ha roto los vestidos. Ha sido un verdadero milagro que no nos haya matado. De ahora en adelante tendremos mucho miedo.
- No temáis -les tranquilizó el monarca.- Mañana mismo haré matar a la vaca.
Un pajarillo comunicó a Suri su sentencia de muerte, y la buena vaca sólo pensó en el principito que guardaba en su estómago. Royendo la cuerda que la ataba al pesebre, fue en busca de Katar, un caballo salvaje que se guardaba en las cuadras.
- Óyeme, Katar -le dijo.- Mañana moriré, y antes quisiera pedirte que me guardases una cosa.
- Enséñame la cosa que es, y entonces te diré si quiero guardarla -contestó el caballo.
Suri mostró a Katar el hermoso príncipe, y el caballo accedió enseguida a guardarlo.
Al día siguiente, la buena vaca fue sacrificada por el matarife de palacio.
Katar era un caballo al que nadie había podido montar jamás. Era tanta su fiereza, que tenía aterrorizados a todos los guardianes de las cuadras. Sin embargo, nadie sabía que era un caballo encantado.
Cinco años guardó Katar el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla. Cada seis meses lo sacaba de su estómago para recrearse con su vista, y en una de estas ocasiones, fue visto por el palafrenero mayor de palacio, quien, lleno de miedo, comunicó su descubrimiento a las cuatro reinas.
Estas creyeron morir del susto. El príncipe que ellas creían muerto volvía a resucitar; y como temían por sus cabezas, corrieron al Rajá, después de desgarrar sus vestiduras, y le dijeron:
- Vuestro caballo Katar ha irrumpido en nuestras habitaciones y nos ha destrozado las ropas. Desde hoy no podremos comer en paz. Siempre temeremos ser destrozadas por ese salvaje animal.
- No temáis -las tranquilizó el Rajá.- Mañana mismo haré matar a Katar.
Como el caballo era muy fiero, el rey no se atrevía a hacerlo matar por un hombre solo, y por ello mandó formar a todos sus soldados, ordenándoles que lanzaran sus flechas contra el caballo en cuanto éste saliera de la cuadra.
El mismo se armó de un arco, para tomar parte en la ejecución.
Pero Katar, como ya hemos dicho, era un caballo mágico, y cuando oyó llegar a los soldados comprendió a lo que iban. Sacando al príncipe, le dijo:
- Entra en ese cuarto de la derecha y en él encontrarás una silla de montar que me pondrás enseguida. También encontrarás un traje de príncipe y una armadura de oro. Son para ti.
El príncipe entró en la habitación indicada y ensilló el caballo, poniéndose él el traje y la armadura, que Katar le había regalado, creándolos gracias a su magia.
Fuera de las cuadras, el Rajá había ordenado formar a todo su ejército, pero antes de que los soldados pudieran poner las flechas en los arcos, se abrió la puerta del establo y Katar, montado por el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, se precipitó fuera a todo galope, perdiéndose en la lejanía antes de que los asombrados cipayos pudieran disparar sus flechas.
Como el mismo rey había sido burlado no les castigó, y para evitarse la vergüenza de la derrota, no dijo nada a sus mujeres, que respiraron tranquilas, creyendo muerto al príncipe.
Mas éste no estaba muerto, sino que cabalgaba sobre Katar, brillando al sol su armadura, y golpeándole las piernas la hermosa espada.
Días y días cabalgó sin descansar, hasta que al fin Katar se detuvo a las puertas de una rica ciudad, a la que afluían gran número de personas.
- ¿Qué ocurre? -preguntó el príncipe.
- Esta es la ciudad de Calcuta, la más hermosa de la India -contestó Katar.- Te he traído aquí para que tomes parte en el gran torneo que se celebrará. El ganador obtendrá la mano de la princesa Armina, la más bella entre las bellas.
- Pero yo no sé luchar -replicó el príncipe.
- No temas -le dijo el caballo.- La espada que llevas al cinto está encantada, y con ella ganarás a todos los enemigos que se pongan ante ti.
Al entrar en el palenque donde debía celebrarse la justa, el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, causó verdadera sensación, sobre todo en la princesa Armina, que enseguida quedó enamorada de él, y deseó con toda su alma que fuese el vencedor en la lucha.
Empezó ésta, entre trescientos príncipes de todas las regiones de la India, y hasta de Egipto y Arabia. La espada del joven hacía maravillas, y pronto tuvo derribados a más de treinta enemigos. Al fin sólo quedaron dos, un gigantesco árabe y el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla.
El árabe poseía un hacha mágica y como la espada del príncipe también lo era, la lucha estaba completamente igualada. Fue Katar quien lo solucionó, derribando al caballo del árabe de un fuerte mordisco.
El Rajá de Calcuta entregó su hija al vencedor, y al día siguiente se celebraron los esponsales, que fueron los más brillantes que se habían celebrado en la ciudad. Tres meses duraron las fiestas, y cuando hubieron terminado, el príncipe y su esposa fueron a visitar al padre del joven.
El Rajá, enterado de la visita del yerno del rey de Calcuta, preparó una fiesta muy grande, a la que fue invitado todo el mundo.
Cuando el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla fue recibido con toda pompa, y cuando él y su esposa entraron en la sala del festín, todos los cortesanos y el pueblo se levantaron en señal de admiración, ya que la belleza de ambos esposos era enorme.
- ¿Está todo el pueblo aquí? -preguntó el príncipe.
- Todo -contestó el Rajá.
- ¿No falta la hija de vuestro jardinero, que en un tiempo fue vuestra esposa? -siguió preguntando el joven, a quien Katar había enterado de su historia.
- En efecto, me olvidé de invitarla -dijo el rey, ordenando enseguida que fueran a buscarla en su mejor palanquín.
Los criados que partieron en busca de la antigua reina, la bañaron en agua perfumada, la peinaron con el mayor cuidado, la vistieron con trajes magníficos y al fin le acompañaron ante el príncipe, quien inclinándose ante ella la saludó con estas palabras:
- Que el Señor sea con vos, madre mía.
La antigua reina reconoció enseguida al hijo con quien tanto había soñado, y presa de gran emoción, cayó en sus brazos, llenos de lágrimas los ojos.
Cuando madre e hijo se separaron, éste desenvainó su espada, y de un solo tajo cercenó las cuatro cabezas de las mujeres del Rajá, que mudas de espanto asistían a la escena.
Después explicó a su padre la verdad de lo ocurrido, y el Rajá se prosternó ante su esposa, pidiéndole humildemente perdón por su injusto comportamiento.
La reina, que había adorado siempre a su esposo, le perdonó de buen grado, y las fiestas con que el monarca celebró el hallazgo de su hijo duraron un año entero.
Al terminarse, murió el Rajá de Calcuta, y este reino se unió con el del padre del príncipe, formando la mayor nación de la India.

* Realmente, este cuento no trata de explicar ninguna moraleja profunda, ninguna enseñanza. Es el cuento de antes de dormir que les gustará a los niños. El bueno, el rey, que vencerá a los malos y envidiosos. Realmente en la tradición India, podemos encontrar muchos cuentos que tienen que ver con la realeza o con los dioses... y esa es la manera de poder transmitir enseñanzas y ciertos valores.

3 HERMANOS.


Un viejo guerrero Samurai , que en su juventud logró sobrevivir a los embates de diversas guerras entre señoríos, presintió que sus días en este plano de vida se terminarían , y decidió dar lo poco que tenía a sus tres únicos hijos , los cuales también eran samurais , pero de un nivel de pelea muy básico.
Como él presentía que su destino con el TAN TIEN se acercaba decidió que no sería posible enseñar Kenjutsu por completo a sus tres hijos y esto lo puso muy triste pues sin duda después de su partida ellos serían presa fácil de otros guerreros de mayor nivel.

Mientras se preparaba espiritualmente en meditación para su partida , le llegó una visión y una forma de dar el último legado a sus jóvenes hijos.
Mientras hacia un recuento de las posesiones en armas que tenía y al observar las flechas que había forjado años antes como regalo para sus hijos, (las flechas tienen una simbología muy particular para los Japonese pues denotan el vehículo con que se trasladan los deseos y las metas, y su objetivo es no regresar del lugar donde salieron) así comparó los deseos que dejaría como último legado para sus tres hijos.
Días mas tarde convocó a los tres para dar sus bendiciones y para heredarles lo que les correspondiese a cada uno y durante ese momento dijo :
" Se que ustedes seguirán mis pasos como guerreros y se que aún son muy jóvenes e inmaduros en las artes del sable , no obstante que sus técnicas son complementarias y que solo les enseñe a atacar y no a defender, les tengo una herencia mas por darles .
Sepan que en estas flechas esta el secreto para que ustedes puedan ser invencibles a pesar de que solo saben técnicas de ataque."

Los tres muchachos se quedaron sorprendidos , se miraban entre si , pues no sabían como tres flechas habrían de hacerlos invencibles. El anciano se sonrió y les entregó una flecha a cada uno de ellos . los chicos las miraron y quedaron mas confusos pues las flechas no parecían tener alguna cualidad superior y uno de ellos dijo:
"Padre gracias por tu regalo y por entregarnos estas flechas , pero dime ¿Cómo es que esta simple flecha me va hacer invencible?
El anciano le dijo:
"Si decides romper esta flecha con tus propias manos seguramente lo lograras sin ningún tipo de problema pero si juntas las tres te será parcialmente imposible romperlas, juntalas de una sola ves e intenta romperlas tan solo con tus manos."
El chico comprobó que su padre tenía razón pues a pesar de que eran simples flechas , estaban hechas de maderas duras y al juntar las tres no se podían romper .
El anciano sonrío de nuevo al ver que ninguno de los tres pudo romper el grupo de flechas y continúo diciendoles :
"Así como el estilo de estas tres flechas es el de solamente atacar su objetivo , el de ustedes es igual, pero pongan atención pues esta es la herencia más importante que les dejaré. Las flechas son indestructibles si se juntan pero si se deja una sola cualquiera podrá romperla , estas flechas representan a sus cualidades y a sus personalidades de combate , de igual manera , para que ustedes sean invencibles , siempre deberán pelear juntos y atacando de una manera definitiva y sin titubear , pues el día que decidan pelear solos será el último: rota una de las flechas las otras son mas fáciles de romper. Esta es la manera de que los tres sean invencibles a pesar de que solo saben ataques y no defensas."
Desde entonces ninguno de los tres hermanos se atrevió a pelear solo y desde ese momento juntos fueron invencibles.

* Este cuento nos muestra un concepto nada filosófico ni celestial... es una idea clara: La unión hace la fuerza. En este mundo tan individualista, tan egoísta y en el cual parece que la gente solo piensa en sí mismo, hay que tener en cuenta que muchos estamos pasando por situaciones similares. Todos sufrimos, por el trabajo, por la salud, por la familia, etc...

EL ASPECTO DE LAS COSAS.



Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegante comitiva escoltada por tres guardias que acompañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?

-Sí, es él.

-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos recibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organizaba una gran recepción para celebrar el equinoccio e invitó al sabio. También estaban invitados el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le preguntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?

-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

* Este cuento me recuerda a un refrán español que dice así: Allá donde fueres, haz lo que vieres. No sé si realmente es así, pero el cuento no solo se queda en eso, es bastante más profundo.
El cuento nos habla de que nuestro prejuicios, nuestras ideas preconcebidas a veces nos dificulta el aprendizaje, el ver, y el empaparse del mundo.

LA BUENA LENGUA

Rabí Shemuel Hanaguid era un importante ministro en la corte de los Reyes de España. Una vez, uno de los ministros, el cual envidiaba la posición que tenía el ministro judío, decidió delatar a Rabí Shemuel Hanaguid ante el Rey de España, profiriendo toda clase de argumentos en su contra.

Al escuchar el Rey las acusaciones, no solo que hizo caso omiso a las palabras de aquel malvado ministro, sino que mando llamar a Rabí Shemuel Hanaguid ordenándole que le corte la lengua al ministro que tan malignamente había hablado de él. ¿Qué hizo Rabí Shemuel Hanaguid al escuchar la orden real? Invitó al ministro enemigo a su casa, lo recibió ofreciéndole deliciosos manjares y grandes honores, y le hablo hermosas palabras que lograron ablandar a su malvado corazón.

Posteriormente, con mucho tacto y delicadeza le explicó la importante función que cumple la “lengua“, la cual debe de ser utilizada únicamente para decir cosas buenas o de provecho, y no para hacer daño a través de ella, insinuándole acerca del error que había cometido al hablar mal acerca de su persona.
La manera como trato Rabí Shemuel Hanaguid a aquel hombre, causaron el efecto que Rabí Shmuel había esperado, provocando que el ministro se disculpase, comprometiéndole corregir su conducta para convertirse en una nueva persona.

Luego de un tiempo, cuando llegó a oídos del Rey que Rabí Shemuel Hanaguid no había cumplido con su orden de cortarle la lengua al ministro, tal como lo había ordenado, lo mando llamar para pedirle explicaciones por el incumplimiento de su orden real.

Rabí Shemuel Hanaguid se dirigió al Rey de España y le dijo: “Yo si he cumplido con la orden de Su Majestad, pues a través a través de mis cálidas y sinceras palabras, logré extirpar la “mala lengua” que tenía aquel hombre, logrando que se transforme en una lengua sana y buena …

*Este cuento, nos enseña dos lecciones a través del Rabí Shemuel Hanaguid. La primera es que con la violencia solo generas violencia. Yo me preparo para la paz... una frase que oímos de los mandatarios de la mayoría de los países.

Segunda que el Ego, la vanidad, la idea que tenemos de nosotros mismos hay que dejarla a un lado. El Rabí Shemuel Hanaguid, al ser un sabio, entendía claramente que si se hubiera sentido ofendido, hubiera atacado al calumniador, y por tanto hubiera visto justificado atacar, defenderse, aplicar la violencia, que en el caso del cuento era cortar le la lengua. 

Si hubiera hecho lo que el Rey le mandaba, probablemente se hubiera creado un enemigo peor.

LA RECOMPENSA DEL DESIERTO


Hace mucho tiempo había un joven comerciante llamado Kirzai, cuyos negocios lo obligaron a viajar un día al pueblo de Tchigan, situado a doscientos kilómetros de distancia. Por lo común, el habría tomado la ruta que seguía el borde de las montañas, lo que le habría permitido hacer la mayor parte del viaje protegido del sol.

Pero en esta ocasión, Kirzai sufría la presión del tiempo. Era urgente que llegara a Tchigan lo mas pronto posible, de modo que decidió tomar el camino directo a través del desierto de Sry Darya. El desierto de Sry Darya es conocido por la intensidad de su sol y muy pocos se atreven a correr el riesgo de cruzarlo. No obstante, Kirzai dio de beber a su camello, lleno sus alforjas y emprendió el viaje.

Varias horas después de partir empezó a levantarse el viento del desierto. Kirzai refunfuño para sus adentros y apuro el paso del camello. De repente se detuvo, estupefacto. A unos cien metros delante de el se levanto un gigantesco remolino de viento. Kirzai nunca había visto nada semejante. El remolino arrojaba todo en derredor de una extraña luz purpúrea y hasta el color de la arena había cambiado. Kirzai titubeó. ¿Debía hacer un largo rodeo a fin de evitar esa extraña aparición o debía seguir siempre derecho? Kirzai tenia mucha prisa, sentía que no disponía de tiempo para tomar el camino más lento, de modo que agachó la cabeza, encorvó los hombros y avanzó.

Para su sorpresa, en el momento en que penetró en la tormenta todo se volvió mucho más calmo. El viento no azotaba ya con tanta fuerza contra su cara. Se sintió contento de haber tomado la decisión correcta. Pero de pronto se vio obligado a detenerse otra vez. Un poco más adelante, un hombre yacía estirado sobre el suelo junto a su camello acuclillado. Kirzai desmonto de inmediato para ver que pasaba. La cabeza del hombre estaba envuelta en una chalina, pero Kirzai vio que era viejo. El hombre abrió los ojos, miró con atención a Kirzai durante un instante y después habló con un susurro ronco.

-¿Eres .... tú? Kirzai rió y sacudió la cabeza. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tu anciano, ¿quién eres? El hombre no dijo nada. -De todos modos -continuó Kirzai- , Tú no estas bien. ¿Adonde vas? -A Givah -suspiró el viejo-, pero no tengo más agua.

Kirzai reflexionó. Sin duda podía compartir un poco de su agua con el anciano, pero si lo hacia se arriesgaba a quedarse sin agua él mismo. Sin embargo, no podía dejarlo así. No se puede dejar morir a un hombre sin echar una mirada atrás. "Al diablo con mis planes -pensó Kirzai- , sólo necesito encontrar mi camino hasta el sendero que corre a lo largo de las montañas, en caso de necesitar más agua. ¡Una vida humana vale mucho más que un compromiso de negocios!" Ayudó al viejo a tomar un poco de agua, llenó una de sus cantimploras y después lo ayudó a montar su camello.

-Sigue derecho por ese camino -le recomendó mientras apuntaba con el dedo- y en dos horas estarás en Givah. El anciano hizo una señal de agradecimiento con las manos y antes de irse miró un largo rato a Kirzai y pronunció estas extrañas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Entonces acicateo a su camello en la dirección que Kirzai le había indicado. Kirzai continuó su viaje. La oportunidad que lo esperaba en Tchigan sin duda estaba perdida, pero se sentía en paz consigo mismo.

Paso el tiempo. Treinta años después, los negocios llevan a viajar a Kirzai de continuo de una parte a otra entre Givah y Tchigan. No se había hecho rico, pero lo que ganaba era suficiente para proporcionar una buena vida a su familia. Kirzai no pedía mas que eso.

Un día, mientras vendía cueros en la plaza del mercado de Tchigan, se enteró de que su hijo estaba enfermo de gravedad. Era urgente que fuera a verlo de inmediato. Kirzai no vacilo. Recordó el atajo a través del desierto que había tomado treinta años atrás. Dio agua a su camello, llenó sus cantimploras y partió.

A lo largo del camino libró una batalla contra el tiempo, azuzando sin cesar a su camello. No se detuvo ni disminuyo la marcha mientras bebía agua, y por esas razón ocurrió el accidente. La cantimplora se le cayo de pronto de las manos y antes que pudiera bajarse para recuperarla, el agua desapareció en la arena. Kirzai profirió una maldición. Con una sola cantimplora llena era imposible cruzar el desierto. Pero al pensar en su hijo, el viejo se obligo a seguir adelante.

-¡Tengo que hacerlo! ¡Lo haré!

El sol del desierto de Sry Darya es despiadado. Le importa poco por qué o para qué fines un hombre trata de desafiar sus rayos, arde inexorablemente siempre con la misma fuerza e intensidad. Kirzai pronto comprendió que había cometido un gran error. Se le resecó la lengua y la piel le quemaba. La única cantimplora restante ya estaba vacía. Y ahora, para su desazón, vio que empezaba una tormenta de arena. Kirzai se envolvió la cabeza con su chalina, cerro los ojos y dejo que el camello lo llevara adelante a donde fuera. Ya no era conciente de nada. Un gigantesco remolino de viento se levantó frente a él. Despedía una suave luz purpúrea, pero Kirzai seguía inconsciente y no vio nada. Su camello entró en el remolino de viento, avanzó unos pocos pasos y entonces, en forma abrupta, se sentó. Kirzai cayo al suelo. "Estoy terminado -pensó- ¡Mi hijo nunca volverá a verme!"

De repente, sin embargo, dio un grito de alegría. Un hombre montado en un camello avanzaba hacia él. Pero cuanto más se acercaba el hombre, tanto más la alegría de Kirzai se convertía en estupefacción. Este hombre que ahora desmontaba de su camello .... ¡Kirzai lo conocía! Reconoció su propio rostro juvenil, sus ropas .... ¡y hasta el camello que montaba! Un camello que el mismo había comprado por dos valiosos jarrones muchos años antes.

Kirzai estaba seguro: ¡ el joven que venia a ayudarlo era él mismo ! ¡ Era el mismo Kirzai tal como era treinta años antes !

-¿Eres .... tú? -balbuceo Kirzai con un susurro ronco. El joven lo miro y rió. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tú, anciano, ¿quién eres? Kirzai no contestó. No sabia que hacer. ¿Debía decirle al joven quien era, o no decir nada? Mientras tanto el joven continuo: -De todos modos, tú no estas bien. ¿Adonde vas?

-A Givah -respondió Kirzai-. Pero no tengo mas agua.

Kirzai vio que el joven reflexionaba en silencio acerca de la situación y supo con exactitud lo que pasaba por su mente: ¿debía ayudar a Kirzai o continuar para atender sus propios asuntos? Pero Kirzai también supo cual seria la decisión y sonrió al observar que el joven le ofrecía un trago de agua. Después, el joven le lleno la cantimplora vacía, lo ayudo a montar su camello y apunto con un dedo.

-Sigue derecho por ese camino y en dos horas estarás en Givah.

El viejo Kirzai miro un largo rato al joven que alguna vez había sido él mismo y le hizo una señal de agradecimiento. Hubiera deseado hablar con él de muchas cosas, pero solo logro encontrar estas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Y entonces partió de prisa hacia Givah, donde lo esperaba su hijo. Kirzai llego a ser un hombre sabio, respetado por todos. Y cuando contaba este extraño cuento, todos los que lo escuchaban le creían. Desde aquellos tiempos, el desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir:


* Los cuentos del desierto siempre tienen algo de mágico. La inmensidad, la soledad y el silencio hace que el hombre se sienta maravillado y sensible a ciertas sutilezas. Este cuento nos habla de que cada uno es la humanidad... y al contrario de lo que nos quiere hacer creer la sociedad de consumo, de comprar más para ser mejor, para ser más feliz; es el trato con el vecino lo que nos hace feliz de forma permanente.

SIDDHARTA Y EL CISNE


Hace mucho tiempo, en India, vivían un rey y una reina.
Un día la reina tuvo un bebé. Lo llamaron Príncipe Siddhartha. El rey y la reina estaban muy felices.

Ellos invitaron a un sabio anciano para que fuera al reino a predecir la fortuna del niño.

“Por favor, dinos:” dijo la reina al sabio anciano.
“¿Qué llegará a ser nuestro hijo?”

“Vuestro hijo será un niño especial,” le dijo, ” Un día llegará a ser un gran rey.”

“¡Viva!” dijo el rey. “”Será un rey como yo.”

“Pero,” dijo el sabio, “cuando el niño crezca, podría abandonar el palacio porque querrá ayudar a la gente.”

“¡El no hará semejante cosa!” gritó el rey mientras le arrebataba al niño. “¡El será un gran rey!”


Todo el tiempo el rey lo observaba.

Se aseguró de que su hijo tuviera lo mejor de todo.

Quería que Siddhartha disfrutara la vida de un principe.

Quería que se conviertiera en rey
Cuando el Príncipe tuvo siete años su padre lo mandó a buscar.

“Siddhartha,” le dijo, “Un día serás rey, ya es tiempo de que comiences a prepararte. Hay muchas cosas que tienes que aprender. Aquí están los mejores profesores de la tierra. Ellos te enseñarán todo lo que necesitas saber.”

“Daré lo mejor de mí, padre,” contestó el príncipe


Cuando el Príncipe Siddhartha terminaba sus lecciones, le gustaba jugar en los jardines de palacio. Allí vivía toda suerte de animales: ardillas, conejos, pájaros y venados. A Siddhartha le gustaba obsevarlos.Podía sentarse a mirarlos tan quieto que a ellos no les daba miedo acercarse hasta él.
A Siddhartha le gustaba jugar cerca del lago. Cada año, una pareja de hermosísimos cisnes blancos venía a anidar allí. El los miraba detrás de los juncos. Quería saber cuántos huevos había en el nido. Le gustaba ver a los pichones aprender a nadar.
Una tarde Siddhartha estaba por el lago. Repentinamente escuchó un sonido sobre él. Miró hacia arriba. Tres hermosos cisnes volaban sobre su cabeza. “Más cisnes,” pensó Siddhartha, “espero que se posen en nuestro lago.” Pero justo en ese momento uno de los cisnes cayó del cielo.
“¡Oh, no!” gritó Siddhartha, mientras corría hacia donde cayó el cisne.


“¿Qué ocurrió? Hay una flecha en tu ala”, dijo. “Alguien te ha herido.” Siddhartha le hablaba muy suavemente, para que no sintiera miedo. Comenzó a acariciarlo con dulzura. Muy delicadamente le sacó la flecha. Se quitó la camisa y arropó cuidadosamente al cisne.“Estarás bien enseguida,” le dijo.
“Te veré luego.”
Justo, en ese momento, llegó corriendo su primo Devadatta. “Ese es mi cisne,” gritó.
“Yo le pegué, dámelo.”“No te pertenece,” dijo Siddhartha, “es un cisne silvestre”“Yo le fleché, así que es mío. Dámelo ya.”“No,” dijo Siddhartha.
“Está herida y hay que ayudarla.”
Los dos muchachos comenzaron a discutir. “Para,” dijo Siddhartha. “En nuestro reino, si la gente no puede llegar a un acuerdo, pide ayuda al rey. Vamos a buscarlo ahora.” Los dos niños salieron en busca del rey. Cuando llegaron todos estaban ocupados.“¿Qué hacen ustedes dos aquí?” preguntó uno de los ministros del rey. ¿No ven lo ocupados que estamos? Vayan a jugar a otro lugar.” “No hemos venido a jugar, hemos venido a pedirles ayuda.” Dijo Siddhartha.
“!Esperen!” llamó el rey al escuchar esto. “No los corran. Están en su derecho de consultarnos.” Se sentía complacido de que Siddhartha supiera cómo actuar. “Deja que los muchachos cuenten su historia,” dijo.
“Escucharemos y daremos nuestro juicio.”Primero Devadatta contó su versión.
“Yo herí al cisne, me pertenece.” Dijo.Los ministros asintieron con la cabeza. Esa era la ley del reino. Un animal o pájaro pertenecía a la persona que lo hería. Entonces Siddhartha contó su parte.
“El cisne no está muerto.” Argumentó. “Está herido pero todavía vive.”
Siddhartha cuidó del cisne hasta que estuvo bien otra vez. Un día, cuando su ala sanó, lo llevó al río.“Es hora de separarnos,” dijo Siddhartha. Siddhartha y Devadatta miraron como el cisne nadó hacia las aguas profundas. En ese momento escucharon un sonido de alas sobre ellos.“Mira,” dijo Devadatta, “los otros han regresado por ella.”
El cisne voló alto en el aire y se unió a sus amigos. Entonces todos volaron sobre el lago por una última vez.

“Están dando las gracias,” dijo Siddhartha, mientras los cisnes se perdían hacia las montañas del norte.

* Lo que nos trata de explicar este cuento es que la naturaleza tiene sus propias leyes. Que los hombres la señoreamos, nos colocamos por encima y dictamos las nuestras sin tenerlas en cuenta.

En la religión budista, los animales son reencarnaciones de antiguos familiares, de antiguas personas, y por eso tratan de no matarlos.

Por cierto, Siddhartha es un príncipe de una novela escrita por Hermann Hesse en 1922, y cuenta la historia de un príncipe hindú que lo deja todo por llegar a la iluminación.