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HISTORIA DEL CANTOR.

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Se cuenta que al comienzo Dios creó primero los animales, y después al hombre.

Una vez creado, el perro se dirigió a Dios y le preguntó:
- ¿Qué haré yo en la vida, buen Señor?
- Tendrás un amo que te golpeará si no le obedeces, roerás huesos y ladrarás a la Luna.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de perro durante setenta años? Con quince me sobra.
- De acuerdo –dijo el Señor.

Luego, Dios creó el caballo. Una vez creados, el caballo se dirigió a Dios y le preguntó:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, caballo, acarrearás pesadas cargas y, como recompensa, te darán latigazos.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de caballo durante setenta años? Con veinticinco me sobra.
- De acuerdo –dijo el señor.

Después, Dios creó un cantor de sinagoga. Una vez creado, el cantor se dirigió a él y dijo:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, cantor, cantarás en la sinagoga. Cantarás en todas las bodas, en los bar-mitzvab, en las circuncisiones, cantarás en todas nuestras festividades. Y cada vez que abras la boca, todo el mundo se extasiará ante ti. Tu vida será una larga sucesión de alegrías sin fin.
- ¿Y cuánto tiempo viviré, Señor?
- Setenta años.
- Setenta años… ¿solo? Buen Señor, concédeme vivir al menos ciento veinte años.
- De acuerdo – asintió el Señor.

Pero ¿ de dónde pensáis que tomó el Señor los años suplementarios que le pedía al cantor? Pues de los que inicialmente había señalado al perro y al caballo.
Entonces, si os sucede que tenéis que escuchar a un cantor de más de setenta años, no os extrañéis de que  aúlle como un perro. Y si le invitáis a comer, no os extrañéis de que engulla como un caballo.

* Curioso cuento que habla con cierto humor del origen del cantor de la sinagoga. Un hombre que canta, pero a veces, sobre todo de mayor, no lo hace del todo bien. Un cuento que narra sobre la tradición judía.

EL CHISMOSO ARREPENTIDO.

Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional. Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocía al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”.

El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa.

El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a dónde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible.

Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿cómo quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?

De todas maneras dijo el Rabino al ex chismoso: reza a Dios, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a Dios con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.


* El chismorreo es una de las cosas que cualquier religión condena y aconseja no preparar. Si bien es cierto que esto es solo un cuento y no presenta ningún análisis sobre este, es evidente que el chismorreo es una forma de hacer daño, bien al que los cuenta, al quien los escucha y al protagonista del chisme.

El cuento hace énfasis en esto, en que dado que el chismoso se arrepiente al ver el daño que ha hecho, intenta solucionarlo, pero el sabio le muestra que tan difícil es y como han repercutido sus actos. La solución del rabino es pues el arrepentimiento ante Dios.

LA SABIDURÍA DE MAIMÓNIDES.

El famoso filósofo Maimónides era también el médico de cabecera del Rey egipcio. Los otros médicos estaban muy celosos, porque el Rey le tenía mucho respeto y una confianza sin límites. Por esta razón decidieron preparar su caída. 
Una vez los médicos discutieron con Maimónides en presencia del Rey, con la intención de demostrar que éste no tenía idea alguna de la ciencia médica. Ellos afirmaron que la ciencia médica puede incluso devolver la vista a aquellos que han nacido ciegos. Pero Maimónides afirmó que se puede curar a un hombre solamente en el caso de haber quedado ciego por accidente, o por alguna enfermedad. Sólo en este caso se puede prestar ayuda, pero no se puede ayudar a un ciego de nacimiento. 
¿Qué hicieron los médicos? Trajeron delante del Rey a un hombre ciego que atestiguó que él había nacido así. Le pusieron una pomada encima de sus ojos, y el hombre empezó a gritar ¡Ya puedo ver! 
El Rey ya estuvo por expresar su desconfianza a Maimónides, pero el médico sacó un paño rojo, lo puso delante de los ojos del ciego - que recuperó su vista - y le preguntó: "¿Qué tengo en mi mano?" 

"Un pañuelo rojo" - contestó el hombre. »

El Rey se dio cuenta en seguida que Maimónides tenía razón. Si el hombre era ciego de nacimiento, ¿cómo podía ser que conozca los colores? Inmediatamente expulsó a los médicos con humillación y vergüenza. 
Pero no sólo los no judíos querían poner a prueba la sabiduría médica de Maimónides, sino también sus hermanos de fe. 
Entre los muchos enfermos que vinieron a ver a Maimónides para pedir su ayuda, vino un buen día también el poeta Rabí Abraham Ibn Ezra, que era muy pobre. El no estaba enfermo, pero se disfrazó de tal manera que no se lo podía reconocer. Se puso en la fila de los pacientes y esperó a que Maimónides pasara delante de él, lo considere como enfermo y le prescribiera un medicamento. Quería poner a prueba a Maimónides y saber, si éste podría reconocer si él estaba, o no estaba enfermo. 
Maimónides pasó delante de la fila de los enfermos y le dio a cada uno un papelito en el cual había anotado el medicamento para su enfermedad. También Rabí Abraham Ibn Ezra recibió un papelito. Lo abrió con una sonrisa y allí estaba anotada una sola palabra: "kesef" - dinero. 
Reconoció Rabi Abraham que no se podía engañar a un hombre como Maimónides. 

* Estos cuentos me gustan porque aunque no están basados en hechos reales, sí que cuentan con personajes reales. Sabios, de todas las ciencias que marcaron las directrices del pensamiento actual. Humanistas que deseaban la verdad y la sabiduría. 

REY POR UN AÑO.

Una vez sufrió un judío un naufragio. Todos sus bienes se hundieron en el mar. Hasta él mismo hubiese muerto ahogado, si no se hubiera mantenido firmemente sujeto a una tabla de madera, que se separó del barco. Con la ayuda de esta tabla, llegó a pisar tierra en una isla. Apenas hubo llegado a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca de este lugar había una torre en cuya cumbre habían muchos centinelas, los que apenas se dieron cuenta de la llegada de una persona, tocaron su heraldo y avisaron en voz alta: - "¡Fíjense, aquí llega el Rey!"
Corrieron a su encuentro y gritaron: -"¡Aquí está nuestro Rey!"-Lo recibieron con mucho cariño, le pusieron un manto purpúreo y lo llevaron en sus hombros a la ciudad. En la plaza principal había una tribuna de madera, donde lo dejaron subir, lo coronaron con flores y el pueblo exclamó: - "¡Que viva el Rey! ¡Que viva el Rey!" - Lo llevaron por las calles de la ciudad en una procesión solemne. Mientras erigían el estandarte, las campanas de las torres empeza­ron a sonar, y toda la isla estaba estremecida por los gritos: ¡Que viva nuestro Rey!

Se pararon delante de un palacio maravilloso de puro mármol. Allí llevaron al extranjero y lo hicieron sentar encima del trono real tallado de marfil. Le colocaron la corona real incrustada con piedras preciosas y le pusieron un cetro dorado en su mano. Vino el sacerdote con su atuendo oficial, lo ungió y lo bendijo. Aparecieron los nobles del pueblo, se inclinaron delante de él y le pronunciaron su juramento de fidelidad.
La ciudad estaba llena de júbilo y todos felices en honor a su Rey.
El judío que sufrió el naufragio tan sólo pocos minutos antes, se sentía muy extrañado con toda esta escena y no podía compren­der nada, ni creer a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencido de que estaba profundamente dormido y todo lo que experimentaba, era tan sólo un sueño. Pero, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real, vino un sirviente que lo lavó y lo untó con los aceites más finos y lo friccionó con los mejores perfumes, y entonces empezó a pensar en su nueva posición. Le vistieron con trajes preciosos y lo acompañaron a una sala muy linda, en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas. Sirvientes estaban parados alrededor de él y esperaban su seña para cumplir con todos sus deseos. Ahora sí que empezó a creer en un milagro.
Entraron ministros para deliberar con él sobre asuntos del Estado. Altos oficiales del ejército le entregaron sus informes. Llegaron jueces y le pidieron que confirmara sus proyectos de leyes. El jefe de la guardia de la cámara del tesoro le entregó las llaves. Estaba muy extrañado por esta enorme honra que le prestaron, pero no podía entender el enigma. No podía entender, por qué habían elegido los habitantes de un país a un hombre para su Rey, si no lo conocían. Tampoco sabía por qué le asignaron, justo a él. esta dignidad enorme, y por qué lo encontraron, justamente a él, digno de todo eso. Nunca habría podido imaginarse llegar a un rango tan alto, con toda la pompa de los palacios, con todos los caballos y las carrozas. No encontró tranquilidad en su corazón. Todos estos acontecimientos misteriosos e incomprensibles no dejaron tranquila su alma, ni su conciencia. Quería encontrar la solución del enigma.
Llamó a uno de sus fieles servidores, en quien tenía confianza, y le habló así: - "Explícame, amigo mío, qué es lo que pasa acá, pues esto nunca había pasado antes. Que un hombre llega de la nada al pedestal más alto, que hombres de un país grande unten a un extranjero como Rey, le confíen su vida y su fortuna y pongan delante de sus pies todos los bienes de su vida."
Le contestó el sirviente: - "Rey mío, sé muy bien que no puedo ocultar la verdad. Pero se nos prohibió muy estrictamente revelar el secreto, y si yo lo hiciera, todo el pueblo consideraría que he cometido un pecado enorme contra todos."
Pero unos días más tarde, el Rey insistió mucho, diciéndole: - "Yo te juro que si tú no me desvelas la verdad, no voy a comer ni tomar nada y moriré delante de tus ojos". - Le parecía al sirviente que ya no podía esconder la verdad delante de su amo y le dijo: -"¡Escúchame, mi Rey! Hace mucho tiempo rige en este país la costumbre de no elegir como Rey a una persona que haya nacido aquí, sino sólo a un extranjero. En un día definido del año, esperamos delante del portón de la ciudad. Y el hombre que llega primero, lo elegimos nuestro Rey por doce meses, y cuando llega el último día del último mes, le sacamos los atuendos reales y le ponemos los vestidos que tenían puestos al llegar y después, lo llevamos al camino por donde llegó. Lo llevamos a la costa del mar, lo ponemos en un barco y lo llevamos a una isla pequeña y muy árida. Allí lo dejamos totalmente sólo."

Al escuchar estas palabras, el Rey se asustó mucho y le preguntó a su sirviente: - "Y todos los Reyes que me antecedieron, ¿sabían lo que les esperaba en un cierto día?".
"No, mi Rey," - dijo el sirviente. - "Ellos pasaron sus días de reinado a lo loco y nunca pensaron en su fin."
El Rey le dijo entonces: - "Yo veo que tú eres inteligente y yo simpatizo contigo. Dame un consejo ¿Qué tengo que hacer para salvar mi alma y para que no me pase a mí la desgracia que les tocó a mis antecesores"?

El sirviente le dijo: - "¿Quién soy yo para poder dar consejos a mi Rey? Pero si tú quieres escuchar mi consejo, entonces manda a esta isla árida algunos esclavos, y les ordena trabajar la tierra. Que planten pasto, plantas y hortalizas, planten árboles de fruta. También manda llevar allí dos de cada tipo de animal doméstico; y a un muchacho joven y a una mujer joven, para que sean fértiles y se multipliquen. La tierra va a tener su fruto y los cereales se recolectarán. De esta manera, toda esta tierra en la cual te pongan en exilio, será tu propiedad y en el día que termine tu reinado, vas a tener delante tuyo una mesa puesta con todo".
Esta idea le gustó mucho al Rey y siguió el consejo. Eligió a los mejores esclavos, dignos de confianza, y los mandó en forma secreta a aquella isla. Allí realizaron su trabajo, según el deseo del Rey. Construyeron casas y caminos, plantaron viñedos y transformaron esta isla árida casi en un paraíso.

Apenas terminó el año del reinado, llegó el momento de la prueba que pasaron todos los Reyes que reinaron antes de él. Sus siervos se pusieron muy extraños con él. Llegaron donde él, le sacaron la vestimenta preciosa sin piedad, le sacaron las llaves que le habían sido entregadas lo pusieron sus vestidos viejos que habían sido guardados y le acompañaron por un sendero angosto, fuera de los portones de la ciudad. Allí lo condujeron por un camino hondo por el cual había llegado, y lo metieron en un pequeño barco de la marina. Este lo llevó hasta la isla abandonada.
Pero él no tenía ninguna desesperación en su corazón, sino mucha tranquilidad, pues allí encontró un lugar con comodidad y bienestar - un lugar que se había preparado cuando era todavía Rey. Allí podía descansar de todo su trabajo y sus tribulaciones.

*Realmente, la enseñanza de este cuento no difiere mucho del de la hormiga y la cigarra. La morajela es que hay que prever el mañana y no pensar solo en el presente. Disfrutar, relajarse y liberar tensiones está muy bien, pero nunca debemos dejarnos llevar por eso. E igual que hay una época para descansar, también hay una época para trabajar... y el futuro te lo agradecerá.

LA BUENA LENGUA

Rabí Shemuel Hanaguid era un importante ministro en la corte de los Reyes de España. Una vez, uno de los ministros, el cual envidiaba la posición que tenía el ministro judío, decidió delatar a Rabí Shemuel Hanaguid ante el Rey de España, profiriendo toda clase de argumentos en su contra.

Al escuchar el Rey las acusaciones, no solo que hizo caso omiso a las palabras de aquel malvado ministro, sino que mando llamar a Rabí Shemuel Hanaguid ordenándole que le corte la lengua al ministro que tan malignamente había hablado de él. ¿Qué hizo Rabí Shemuel Hanaguid al escuchar la orden real? Invitó al ministro enemigo a su casa, lo recibió ofreciéndole deliciosos manjares y grandes honores, y le hablo hermosas palabras que lograron ablandar a su malvado corazón.

Posteriormente, con mucho tacto y delicadeza le explicó la importante función que cumple la “lengua“, la cual debe de ser utilizada únicamente para decir cosas buenas o de provecho, y no para hacer daño a través de ella, insinuándole acerca del error que había cometido al hablar mal acerca de su persona.
La manera como trato Rabí Shemuel Hanaguid a aquel hombre, causaron el efecto que Rabí Shmuel había esperado, provocando que el ministro se disculpase, comprometiéndole corregir su conducta para convertirse en una nueva persona.

Luego de un tiempo, cuando llegó a oídos del Rey que Rabí Shemuel Hanaguid no había cumplido con su orden de cortarle la lengua al ministro, tal como lo había ordenado, lo mando llamar para pedirle explicaciones por el incumplimiento de su orden real.

Rabí Shemuel Hanaguid se dirigió al Rey de España y le dijo: “Yo si he cumplido con la orden de Su Majestad, pues a través a través de mis cálidas y sinceras palabras, logré extirpar la “mala lengua” que tenía aquel hombre, logrando que se transforme en una lengua sana y buena …

*Este cuento, nos enseña dos lecciones a través del Rabí Shemuel Hanaguid. La primera es que con la violencia solo generas violencia. Yo me preparo para la paz... una frase que oímos de los mandatarios de la mayoría de los países.

Segunda que el Ego, la vanidad, la idea que tenemos de nosotros mismos hay que dejarla a un lado. El Rabí Shemuel Hanaguid, al ser un sabio, entendía claramente que si se hubiera sentido ofendido, hubiera atacado al calumniador, y por tanto hubiera visto justificado atacar, defenderse, aplicar la violencia, que en el caso del cuento era cortar le la lengua. 

Si hubiera hecho lo que el Rey le mandaba, probablemente se hubiera creado un enemigo peor.

EL FESTEJO DE CASAMIENTO Y EL DIVORCIO

En la ciudad de Sidón. Había una mujer que estaba casada hace más de diez años y no tenía hijos. Fue a Rabi Simón ben Yojai, junto con su marido, para que éste les diera el divorcio. Entonces Rabi Simón les habló así: "Yo les afirmo bajo juramento, que como ustedes ofrecieron una gran fiesta cuando se casaron, deben organizar una gran comida al divorciarse".

Con esta decisión se fueron de la casa del Rabí y organizaron una gran comida. Durante la comida, la mujer le dio al hombre mucho vino para tomar, de manera tal que su corazón se puso muy alegre y contento, y le dijo a ella: "Hija mía, llévate contigo lo que te gusta más de nuestra casa, y llévatelo a la casa de tus padres".
¿Qué hizo ella? Cuando él estaba profundamente dormido, llamó a sus sirvientes y sirvientas y les dijo: "Lleven a mi marido junto con su cama a la casa de mis padres".

Es lo que hicieron ellos.
Hacia medianoche, despertó el hombre y como ya no estaba ebrio, le preguntó a su mujer: - "¿Hija mía. dónde estoy?"

"En la casa de mis padres" - le contestó ella. Y cuando le preguntó, cómo había llegado allí, ella le contestó: --"Tú me dijiste durante la comida de la noche que puedo llevarme a la casa de mis padres lo que más me guste. Para mí no hay nada mejor en el mundo que tú".

Cuando volvieron una vez más donde Rabí Simón y le contaron todo, éste rezó con ellos a Dios, y Dios escuchó su oración y les bendijo con muchos hijos.

* Los sabios saben que aquello que se pierde es lo que se valora y aquello que tenemos no lo valoramos. Lo mismo pues pasa con las relaciones. Un hombre o una mujer que ve que su pareja la tiene para siempre, suele no prestarle atención a sus necesidades, a sus sutiles (o no tan sutiles) reclamaciones. Y sobre esto, aunque en el tema de la salud, hay un dicho que dice: "La salud se cuida cuando se tiene". Aunque se tenga, de poco sirve cuidarla cuando ya se ha perdido.

NAPOLEÓN Y EL SASTRE.

Cuando, después de su derrota, Napoleón tuvo que huir de Rusia, casualmente pasó por una aldea donde había una comunidad judía importante. Los soldados del ejército enemigo lo persiguieron y, al ver que éstos ya estaban demasiado cerca de él, entró en una pequeña casa donde vivía un sastre judío. Dijo al sastre con voz temblorosa: "Escóndeme rápido, porque me persiguen".

El sastre no tenía la menor idea de quien era él, pero como alguien estaba pidiendo ayuda, lo único que pudo hacer fue, ayudarle.
Dijo a Napoleón: "Métete en la cama, ponte encima la colcha pesada, y no te muevas."
Napoleón se metió debajo de la colcha y el sastre lo cubrió con una pila enorme de ropas, trapos y colchas viejas.
Apenas unos minutos después, se abrió la puerta y dos soldados entraron, con sus bayonetas empuñadas.
-¿Vino alguien a tu casa para esconderse? - preguntaron.
-No - contestó el judío-. ¿A quién se le ocurriría, venir acá para esconderse?
Los soldados allanaron la casa, después echaron un vistazo en la enorme pila de trapos sobre la cama y varias veces la apuñalaron con sus bayonetas. No había nadie adentro. Así que se fueron.
Cuando Napoleón escuchó que la puerta se hubo cerrado tras ellos, salió de la cama desde debajo de la pila de acolchados, pálido como un fantasma. Dijo al Judío:
-Ahora puedo decirte que yo soy Napoleón. Y. como me has salvado de la muerte segura, puedes pedirme tres cosas, y te las concederé.
Por un momento, el pobre sastre rascó su cabeza para pensar. Después, al volverse hacia el emperador, dijo:
-Va hace dos años, el techo de mi casa está goteando. ¿Podrías mandar a alguien para que me lo arreglara?
Napoleón lo miró con sorpresa y le dijo:
-Pero tú eres torpe; por supuesto que voy a mandar a arreglarte el techo. Pero. ¿por qué me pides cosas tan triviales? ¿Por qué no me pides algo más importante? No te olvides que ya tienes tan sólo dos cosas que pedirme.
Al sastre se le dieron vuelta muchos pensamientos en la cabeza. ¿Qué cosas buenas podría todavía pedir al emperador? Después dijo:
-Aquí en la misma calle hay otra sastrería, es mi competencia y me quita todos mis clientes. ¿Podrías arreglar que él se mudase a otro lado?
-Eres tonto -le contestó Napoleón- Voy a hacer eso por ti. Pero no te olvides, que ya no tienes más que un solo deseo.
Al escuchar estas palabras, el judío empezó a pensar muy concentrada e intensamente. Después sonrió y le dijo:
 -Quisiera saber, ¿cómo te sentiste cuando, al estar acostado en mi cama, los soldados agujerearon la manta con sus bayonetas?
 Napoleón se puso rojo de rabia.
-¡Qué nervios de acero! ¿Cómo se te ocurre, hacer una pregunta así a Napoleón? Por esta desfachatez, te mando fusilar.
-Por supuesto, el pobre sastre lloró y gritó, y siguió temblando, llorando, y recitó las oraciones tradicionales de confesión de pecados, antes de morir.

Por la madrugada, lo sacaron de su celda, le vendaron los ojos, lo ataron a un árbol y tres soldados estaban en frente de él, apuntándolo con sus rifles. Un cuarto soldado estaba parado al lado suyo, con un reloj en su mano, esperando el momento Que llegara la orden de disparar. Después, levantó su mano y empezó a contar:
"Uno, Dos, Tr…”                                                  
No había terminado de decir "Tres", cuando un oficial vino al trote de su caballo, y gritó:
"¡Alto! ¡No tires!"
Cuando los soldados bajaron sus mosquetes, se acercó al judío y le dijo:
–El emperador te perdona, y te manda esta carta.
El judío tomó la carta en sus manos y, todavía temblando, la abrió. La carta decía así:
–He sentido exactamente lo mismo que ahora has sentido tú. Este es tu tercer deseo.
Desde ese día, el pequeño sastre considera como su tesoro la carta del emperador, y la muestra a todos con quienes se encuentra.

* Este cuento judío es una versión de los 3 deseos que concede el genio a Aladín. Podemos sacar en claro que este cuento nos explica que para entender bien a una persona hay ponerse en su lugar. Muchas veces podemos poner palabras e ideas pero hasta que no se pasa por la misma situación, no se llega a comprender a otra persona.

La otra cosa que podemos extraer es la enseñanza de que tenemos que tener cuidado con aquello que deseamos. Por que quizá, pensemos que la felicidad la podemos encontrar cuando tengamos nuestro objeto de deseo, y luego después de mucho esfuerzo y tesón, comprobar que no era necesario. Que uno es feliz como es.


EL PROFETA ELIYAHU SE DEJA VENDER COMO ESCLAVO.

Había una vez un hombre piadoso muy pobre. Su mujer y sus cinco hijos pasaban hambre, él no tenía qué ponerse. Estaba sentado en su casa, todo el día estudiando, pues tenía vergüenza de ir a la casa de estudio, ya que no tenía nada apropiado para vestir. Entonces, su mujer pidió prestada alguna ropa para él a fin de que pudiese ir al mercado a buscar algún trabajo y así ganar algo de dinero.
En la casa quedaron los cinco hijos y rezaron a Dios, que El guiara el camino de su padre y no regresara sin encontrar algún trabajo.

Entonces, se encontró con el Profeta Eliyahu. quien le dijo: - "Hoy vas a conseguir una fortuna."
El Profeta insistió a que lo vendiese como esclavo. Primero, el hombre piadoso titubeó pero, después de muchas dudas, aceptó la propuesta. Eliyahu se estrechó contra él como si no quisiera abandonar a su amo, mientras tanto se les acercó un comerciante y sintió envidia por esta fidelidad y cariño sumiso del esclavo. Entretanto, el judío estaba elogiando y alabando a su esclavo en voz alta como especialista en todo trabajo posible. El comerciante, deseoso de tener al esclavo en su casa, enseguida le ofreció al pobre piadoso una gran cantidad de oro y le compró al esclavo.

El comerciante prometió al esclavo que después de que éste le hubiese construido un palacio, lo dejaría en liberta.
Eliyahu empezó el trabajo durante el día con sus obreros. Pero cuando sus ayudantes se fueron, hacia la medianoche el Profeta dirigió su oración a Dios. "Escúchame mi Dios, El que hace milagros. Por mi propia iniciativa he sido vendido como esclavo para Tú honra y no para la mía. Tú que eres el Creador del Mundo, termina la construcción, ten piedad de mí cuando yo me dirijo a Ti con mi oración. Mi intención era buena."
Entonces bajó un gran grupo de ángeles bondadosos del cielo y empezaron a construir, y la obra quedó terminada en esa misma noche.

Al día siguiente, cuando el comerciante vio el precioso palacio con sus lindas torres, construido tan artísticamente, se puso muy contento.
Eliyahu se acercó a él y le dijo: - "Acuérdate que ayer prometiste devolverme la libertad apenas se haya terminado la obra".

El comerciante cumplió su palabra, le devolvió la libertad y le dio una gran recompensa. Mientras tanto, el hombre piadoso disfrutaba del dinero recibido por la venta del "esclavo".
Según la tradición popular, el Profeta Eliyahu socorre a quienes confían en la ayuda de Dios, y baila con aquellos quienes se despiden del Shabat con sana alegría.

*Los cuentos judíos son en general ejemplos de fe y de confianza en Dios. Nos marcan un  camino a seguir cuando las dudas empañan nuestro juicio con el fin de crear un mundo más justo. Así esta tradición contada es una forma de marcar mediante las vivencias de los profetas el poder de Dios, acogerse a sus leyes y evitar las conductas egoístas y egocéntricas del mundo.

LA DEUDA CON EL VECINO.



Había una vez dos amigos que al mismo tiempo eran vecinos. Un día uno le pidió al otro cinco mil ducados prestados, prometiendo devolvérselo el jueves de la otra semana.

Llegó la noche del miércoles. y quien había pedido prestado, no podía dormir. Estaba intranquilo, muy nervioso. Su mujer, al ver esto, le preguntó:

"¿Qué te pasa. Moshe?"

El marido le contestó: - "Pasa, que le he pedido prestados cinco mil ducados a Jacobo y le prometí pagárselos mañana. Lamentable­mente, no pude reunir la plata y esto me molesta tanto, que ni siquiera me deja dormir".

"Espera." - le dijo la mujer.  Se acercó a la ventana y llamó a su vecino Jacobo. Este se levantó y le preguntó medio dormido:

"¿Qué pasa, Rivka?"

"Sabes." - contestó ella. - "que mi marido debiera pagarte mañana los cinco mil ducados que tú le prestaste. Bueno, pues tengo que avisarte que no podrá pagarlos por el momento." - Cerró la ventana con mucho apuro. Y. volviéndose hacia su marido, le dijo:

"Ahora, será él quien no podrá dormir."

*En este cuento, podemos sacar una lección clara. Muchas veces, los que más nos exigimos somos nosotros mismos. Cuando intentamos hacer alguna cosa, y no lo conseguimos aun haciéndolo con todas nuestras fuerzas. Solemos sentirnos defraudados con nosotros mismos. Pero debemos entender que no siempre se puede hacer lo que queremos y, preocuparse en exceso no soluciona nada cuando no hay solución.

Como el ratón de cola larga.


Un buen día, David estaba jugando y vio un ratón. Corrió a la casa de Jacobo y le dijo: "¡Vi un ratón muy grande que tenía una cola que medía diez centímetros"

Jacobo fue enseguida a contárselo a Marco, diciéndole: "¿Sabes que David vio a un ratón con una cola de treinta centímetros?"

Al escuchar eso, Marco se apresuró a ir donde Moshe y le dijo: "¡Moshe¡ ¡Jacobo me contó que David vio un ratón con una cola de medio metro!"

Entonces Moshe corrió donde Alberto y le dijo: "¿Ya escuchaste lo que contó Jacobo a Marco? ¡Que David vio un ratón con una cola de un metro!"

Y así, de uno a otro, ¡la cola del ratón se alargó hasta tres metros!

Por esto, si nos parece que una persona está exagerando al contar alguna cosa, y no queremos decírselo abiertamente, le hacemos el comentario: "¡Cómo la colita del ratón!"

* Hablar es mostrar un sentimiento, un deseo propio. Es conveniente que siempre que escuchemos, veamos los motivos que impulsan al mismo cuento. Aunque el único motivo sea el de que escuchen al interlocutor.

La bolsa perdida


Se cuenta que en una gran ciudad de Europa, vivía un hombre muy avaro, el que un día al salir de su trabajo, perdió una bolsa con quinientos ducados. Tan afligido se sentía, que no demoró ni un segundo en ir y poner un aviso en la entrada de la sinagoga para ofrecer una generosa recompensa al que la hubiese encontrado.

Un hombre, tan pobre como honrado, encontró la bolsa y no dudó en llevársela al avaro. Al recuperar éste su bolsa, se arrepintió de la recompensa, diciéndole al pobre hombre:

"En la bolsa tenía mil ducados y aquí no hay más que quinien­tos. ¿Dónde está lo que falta?"

El pobre hombre, que entregó la bolsa sin sacar ni una sola moneda de ella, no pudo probar su inocencia y tuvo que regresar a su casa con las manos vacías. Al saberlo su esposa, le pidió que fuesen a ver al Rabí.

Dos eran las razones de la visita: la conducta del avaro, ya que no cumplió con la promesa de la recompensa, y peor todavía era, el haber calumniado al pobre hombre.

El Rabí, mientras se pasaba las manos por su larga barba blanca, reflexionaba. Por fin, citó al rico avaro.

"¿Que cantidad de dinero había en tu bolsa?" - le preguntó.

"Mil ducados."

"¿y cuánto había en la que te entregó este hombre?"

"Sólo había quinientos."

"Entonces, esta bolsa no es la que tú has perdido. Devuélvela a este hombre y espera a que te traigan la tuya."

Con estas palabras el Rabí despidió a los querellantes. Y el avaro, con dolor en su alma, tuvo que entregar la bolsa al pobre, pues no se debe ofrecer lo que no estamos dispuestos a cumplir.

*Este cuento nos muestra cómo la avaricia afecta a la gente que rodea al avaro  En un mundo donde los recursos son limitados, quien posee gran parte de ellos, directa o indirectamente se los está quitando a otros.  Es por eso que mientras hay países ricos, hay otros que sus habitantes pasan hambre. En estos casos, solamente actuar de forma sabia, como el Rabí, puede ser justo y repartir equitativamente.

No hay que presionar el momento.


Este suceso ocurrió entre dos hermanos quienes heredaron una cuantiosa riqueza de su padre, la cual se repartieron entre ambos.

Resultando que cada uno comercializaba por su cuenta con la parte que le tocó y tenían mucho éxito en sus empresas, y comían y bebían, cada uno en su casa como es la costumbre de los grandes potentados.

Sucedió que al cabo de algunos años, la suerte de ambos tornó un giro adverso, llegó una época en la que invertían y perdían capital, a pesar que cada uno operaba en un rubro diferente y por separado.

Y he aquí que uno de ellos cuando vio que ya perdió mucho dinero en la quinta y sexta inversión consecutiva que realizó, consideró la posibilidad de proseguir sus negocios solicitando algunos créditos.

Consiguió una suma considerable y realizó inversiones muy grandes, a tal punto que si su capital que le había quedado después de la mala racha era de diez mil monedas de oro, ahora su inversión fue de cincuenta mil monedas de oro, ya que tomaba mercadería a crédito y enviaba hacia uno y otro lugares, pues pensaba que si pierde en uno de los negocios, en el otro ganaría.

Solo que no le salió bien tampoco este intento y siquiera uno de todos los negocios le dio ganancias, por el contrario, las pérdidas fueron catastróficas, dejando un saldo completamente negativo, ya que perdió las diez mil monedas de oro que le habían quedado, y además su deuda actual se elevó a más de diez mil monedas de oro adicionales que tendría que pagar.

Sin embargo su hermano, cuando vio que la suerte no le sonreía, y perdió en la sexta y séptima operación realizada, se retiró del mercado, y la mercadería que le había quedado, la convirtió en dinero en efectivo, es decir, monedas de oro; además, vendió sus propiedades, utensilios, adornos y alhajas de su mujer. Y todo lo enterró bajo tierra, y se dirigió hacia lo de cierto comerciante, y se ofreció a trabajar como empleado suyo en su negocio, a cambio de paga suficiente para la alimentación de él y su familia en forma ajustada. Y desempeñó funciones en esta actividad cinco y también el sexto año.

Y he aquí, que cierto día en uno de sus jornadas de labor realizando un servicio para su patrón, llegó a su mano una muy importante ganancia para su empleador, y por esa causa, éste le otorgó en carácter de obsequio, la suma de cien monedas de oro. Al día siguiente, circulaba por las calles de la ciudad camino a la feria, y halló la suma de cincuenta monedas de oro.

La semana posterior, sucedió que adquirió una vieja y pesada prenda de vestir hecha con retazos anexados por valor de cincuenta centavos.

Llegó a su casa, descosió las partes, y halló adentro una bolsita llena de perlas que valían mil monedas de oro.

Por cuanto que le sucedieron estos acontecimientos afortunados por tres veces consecutivas, comprendió que su suerte dio un vuelco hacia el lado positivo, por lo que fue y desenterró el dinero que había ocultado en la tierra, e hizo con él inversiones en mercaderías varias.

Y todo lo que intentaba, le salía bien, obtenía buenas ganancias. Compró lujosos utensilios para su casa y valiosos adornos y joyas para su mujer y su casa y vivía como los grandes potentados.

Tenemos que su hermano, que presionó el momento solicitando créditos y realizando más actividades comerciales que antes, luego que vio el cambio de la suerte, el momento lo presionó a él, ya que no le quedó nada y se hizo poseedor de una enorme deuda, pero aquel que fue presionado por el momento y desistió de todo intento comercial y ocultó todo su dinero en la tierra y se buscó un trabajo de empleado, el momento lo favoreció, ya que retornó su buena suerte y se benefició.

Tenemos que todo el que presiona al momento, el momento lo presionará, y a la inversa, quién acepta la presión del momento sin oponerse, finalmente éste lo favorecerá.

LA FUERZA DE DJOHA


DJoha, ya de cierta edad, fue a un paseo con sus amigos. Caminando, empezaron a recordar de su juventud y la fuerza que tenía cada uno, cuando eran todavía muchachos.
Dijo uno: - "Cuando yo era un joven, era más fuerte que hoy y podía caminar hasta veinte kilómetros al día, sin parar".
Dijo el otro: - "Cuando yo era un muchacho, rompía un palo grueso con una sola mano".
Dijo el tercero: - "La fuerza de la juventud no es como la de la vejez!"
Dijo Djoha: - "¡No es verdad! Yo soy tan fuerte hoy, como cuando joven".
"¿Qué estas hablando?" - le preguntaron los amigos.
Dijo Djoha: - "Pues esa es la pura verdad. ¡Y puedo demos­trarlo!"
"Entonces, demuéstranos!" - le dijeron los compañeros.
Entretanto, llegaron a un campo. Djoha se acercó a una roca grande y pesada. Quiso levantarla pero, por supuesto, no resultó. Se volvió a sus amigos y les dijo: - "Vieron; ¡aquí está la demostra­ción!"
"¡Pero tú no la levantaste!" - le dijeron los amigos.
Y les contestó Djoha: - "¿Y creen Ustedes que cuando joven, lo hubiese podido hacer?"

* Solemos retener los recuerdos agradables y nos deshacemos de los desagradables. Y por esto añoramos otros tiempos que parecen mejores. lo que sucede si hacemos esto es que no vivimos el presente por recordar el pasado. Lo que sucede es que no vivimos plenamente.

Rey salomón y un padre.


El Rey Salomón solía vestirse como un hombre común, ir a pasear, mirar y escuchar a los hombres y conversar con ellos.
Una vez se acercó a una casa de donde salía música y canto. Quiso saber, qué estaba pasando. Entró, le ofrecieron vino y dulces, porque justamente se estaba celebrando la circunsicion del hijo del dueño de la casa.
Pasó el tiempo, unos 20 ó 25 años. El Rey salió a pasear y decidió entrar, una vez más, a la misma casa. Dijo que quería saber que pasó con el hijo nacido un poco antes de su visita anterior. El padre contó que el hijito ahora es un jovencito, bien crecido, que viste la camisa y zapatos de su papá y trabaja junto con los otros miembros de la familia.
Pasaron otros 20 ó 25 años. El Rey visitó la casa de nuevo y vio al padre del jovencito llorando.
"¿Qué pasó? ¿Por qué estás llorando? ¿Dónde está el joven?"
"Ay", - dijo el hombre, - "Primero, he tenido mucha alegría. Luego, nos hicimos amigos y socios en el trabajo. Ahora, se adueñó de mi casa y de mi tierra. Ya no me necesita, por lo menos así lo cree; me ha marginado de todo. No pide, ni acepta mi opinión o mis consejos. Eso me duele mucho."

Este cuento judío nos enseña ha que debemos empatizar, ha ponernos en el lugar de las personas mayores que en esta sociedad que parece que solo tiene valor lo nuevo y "lo último", en una sociedad que apartamos a las personas mayores como si fueran un estorbo. Seguramente, si escucháramos más la voz de la experiencia, estas sociedades serían más sabias.


La salsa de mamá.

Había una vez un muchacho, bien alto, muy buen mozo. Rico, muy exigente y mañoso con la comida. Su madre estaba desespera­da, pues le compraban y preparaban las comidas más exquisitas en la casa, pero no le gustaba nada.

Una noche fue a comer a un restaurante, quería saber si existía allí algo que le gustara. Se sentó, ordenó varios platos, los probó pero ninguno le agradó. Los puso a un lado y gritó:

"¡¿Aquí, acaso, no saben cocinar?!"

Entonces, se le acercó un camarero y le dijo:

"Si quieres comer bien, yo te ayudaré. Sólo espera que termine mi trabajo y me acompañarás. Mi madre cocina muy, muy bien. Te aseguro que nunca comerás con tanto agrado como en nuestra casa."

El muchacho que siempre estaba listo para probar nuevas comidas, aceptó la invitación con muchas ganas. Esperó al mozo hasta que éste terminara su trabajo. Una vez ya fuera, el muchacho le preguntó al mozo en dónde vivía y él le contestó que muy cerca del lugar donde estaban.

Empezaron a caminar, a caminar ya caminar, escalaron ce­rros, bajaron llanuras. Después de algún tiempo, el muchacho preguntó:

"¿Estamos muy lejos todavía?"
El mozo contestó que estaban por llegar.
Continuaron caminando y, luego de dos horas o más. llegaron a la casa de la mamá del mozo. Subieron cuatro pisos y. finalmente. el muchacho que estaba muy cansado, pudo sentarse al lado de la mesa.
El mozo llamó a su madre y le dijo: "Por favor trae un poco de la salsa que sólo tú puedes preparar."

"Con gusto, .. - dijo la mamá y se fue a la cocina y trajo una buena cantidad de salsa. El muchacho se acercó al plato y comió la salsa sin dejar ni una gota. Llamó a la mamá, agradeció la comida y le dijo:
"Señora, en toda mi vida, nunca, comí una salsa tan sabrosa como la suya. ¿Podría servirme un poco más?"

El mozo se echó a reír y le respondió al muchacho: - "La salsa es la misma que tú comiste en el restaurante, pero tú nunca te habías sentado a la mesa tan cansado y con tantas ganas de comer como ahora."

*A veces hay que pasar hambre para saborear la comida. Lo mismo sucede con la vida. Tenerlo todo no nos hace más feliz. Porque aun teniéndolo todo, siempre pensaremos que nos falta algo. Cuando pasa esto perdernos la perspectiva, olvidamos que las cosas verdaderamente importantes no están tan lejos: el cariño, el amor, la amistad, la naturaleza, etc.

Circulo del 99

Había una vez un judío cortesano. Vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, tenía un problema: no se sentía feliz.

A pesar de ser el cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que tenía.

En el castillo trabajaba un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.

Al encontrarse con él, el cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sienta feliz.

Un buen día, comentó el asunto con uno de sus consejeros: -"No entiendo cómo este obrero puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado, en su cara siempre hay dibujada una sonrisa."

"Lo que sucede, mi señor, es que este hombre no ha ingresado al "círculo del 99": es por esto que él es feliz", contestó el consejero.

- "¿Y qué es el "círculo del 99"? - preguntó el cortesano. muy extrañado.

- "Se lo voy a demostrar." - dijo el consejero con firmeza. - "Hoy a la noche, cuando el obrero llegue a su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo comprobará Usted por su cuenta."

Y así sucedió. Por la noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz., con su esposa y sus hijos, el cortesano y el consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que sucedía en la casa.

El hombre abrió la puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no vio a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y la llevó a su casa. Junto a su mujer y a sus hijos comenzó a abrirla, muy extra­ñado por lo que estaba sucediendo.

Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendrá más preocupaciones, sus hijos podrán vestir y comer como los ricos, y su mujer se comprará las mejores ropas. Irán de paseo todos los días, y serán aún más felices.

Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos noventa y ocho, noventa y nueve...

El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba pasando.

"¡Me robaron una moneda!", - comenzó a gritar. - "¡No hay justicia en este mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!"

Y fue en ese instante cuando el hombre entró en el "círculo del 99".

La expresión de su cara cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca de bronca y odio, y la sensación de felicidad desapareció para siempre.

En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el cortesano se mostraba hostil. E incluso trabajó más y más para intentar conseguir las 100 monedas que él creía que debía tener.

Un buen día, el cortesano le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa expresión tan triste en su cara?

"Y qué crees tú, ¿que debo andar siempre contento?" - dijo casi gruñendo. "Yo no soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, pero nadie puede obligarme a estar alegre."

Frente a esta contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo del 99".

* Esto en una alegoría que habla sobre la sensación de que nos falta algo. Nacemos completos y vivimos completos: las ambiciones, el querer ser, el querer llegar a algo, el querer tener nos produce la sensación de vacío, de que nos falta algo. Por eso hay que valorar las cosas en su justa medida. Si eres feliz, para que quieres las 99 monedas, ¿Para trabajar más y conseguir las 100?, ¿No debería para trabajar menos y ser más libre?

Las buenas intenciones.

Esto aconteció al hijo del rey, quién fue tomado cautivo, cayendo en manos de dos vándalos que pretendían matarlo, solo que no querían quitarle la vida de inmediato, por eso demoraron el desenlace final.

Aunque en esta postergación, no coincidían ambos malhechores en el motivo de la misma, ya que uno de ellos, aunque tenía su espada preparada en su mano y podía terminar con la vida del muchacho inmediatamente, de todos modos no deseaba hacerlo con la espada, pues decía, el hijo del rey, no es correcto que sea derramada su sangre como la de un toro, entonces tuvo la intención de traer un vaso de vino y colocarle en su interior veneno, y que lo beba y así sea su fin, con calma y no de una manera vil, pues esta es la manera de proceder con los grandes, y por eso demoró la ejecución de sus propósitos hasta que le traigan lo solicitado.

Pero el otro malviviente no eliminó de inmediato al muchacho porque deseaba provocarle antes terribles aflicciones y torturas más terribles que una ejecución con espada.

Pensó construir una gran hoguera con muchas maderas y arrojarlo al interior de la misma.

Y por cuanto que no fue golpeado enseguida con la espada, se produjo su salvación, ya que llegó su padre, el rey y lo rescató de manos de los maleantes, y los capturó el rey con vida.

Y a aquel que impidió la ejecución del joven por honor al rey, que no lo quería liquidar con espada, el rey lo liberó por completo del castigo, ya que gracias a haberse demorado en la ejecución se produjo la salvación de la vida de su hijo.

Pero a aquel que demoró la ejecución por causa que quería provocarle más aflicciones, le hizo como pensaba hacerle a su hijo, pero a él mismo, es decir, lo arrojó a la hoguera que había preparado para tal fin, terminando calcinado por el fuego.

* Algunas veces en nuestros actos podemos dañar a otras personas, aunque no sea un daño físico. Entender y comprender a la otra persona puede evitar que las perjudiquemos. No busques el beneficio propio, sino el ajeno.

La primera lágrima.

Tras ser expulsados Adán y Eva del Jardín del Edén, Dios vio su arrepentimiento. Y les dijo:
- ¡Pobres hijos míos! Os he castigado por vuestra falta y os he expulsado del Jardín del Edén, donde habríais vivido felices y sin preocupaciones. Ahora vais a conocer un mundo lleno de dolor y de dificultades. Sin embargo, quiero que sepáis que mi amor hacia vosotros jamás desaparecerá. Por eso he decidido regalaros esta perla inestimable de mi tesoro celestial. Mirad: es una lágrima. Cada vez que la aflicción os invada, cada vez que sintáis el corazón oprimido y el alma presa de la angustia, esa minúscula lágrima os subirá a los ojos, y vuestra pesada carga se verá así aligerada.
Tales palabras llenaron de tristeza a Adán y Eva. Entonces las lágrimas les subieron a los ojos, e inmediatamente resbalaron por sus mejillas y cayeron al suelo.
Fueron esas lágrimas las primeras que regaron la tierra. Adán y Eva las trasmitieron como preciada herencia a sus hijos.

*Muchas veces se nos tilda de débiles, demasiado sensibles u otras cosas cuando hemos llorado. Pero no hay que avergonzarse de llorar. Después de llorar uno se siente mejor, descarga la tensión y es capaz de ver sus problemas desde otro punto de vista. Si necesitas llorar, llora.

Extracto del libro "Cuentos del pueblo judío" ed. Sígueme.