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Como el ratón de cola larga.


Un buen día, David estaba jugando y vio un ratón. Corrió a la casa de Jacobo y le dijo: "¡Vi un ratón muy grande que tenía una cola que medía diez centímetros"

Jacobo fue enseguida a contárselo a Marco, diciéndole: "¿Sabes que David vio a un ratón con una cola de treinta centímetros?"

Al escuchar eso, Marco se apresuró a ir donde Moshe y le dijo: "¡Moshe¡ ¡Jacobo me contó que David vio un ratón con una cola de medio metro!"

Entonces Moshe corrió donde Alberto y le dijo: "¿Ya escuchaste lo que contó Jacobo a Marco? ¡Que David vio un ratón con una cola de un metro!"

Y así, de uno a otro, ¡la cola del ratón se alargó hasta tres metros!

Por esto, si nos parece que una persona está exagerando al contar alguna cosa, y no queremos decírselo abiertamente, le hacemos el comentario: "¡Cómo la colita del ratón!"

* Hablar es mostrar un sentimiento, un deseo propio. Es conveniente que siempre que escuchemos, veamos los motivos que impulsan al mismo cuento. Aunque el único motivo sea el de que escuchen al interlocutor.

La bolsa perdida


Se cuenta que en una gran ciudad de Europa, vivía un hombre muy avaro, el que un día al salir de su trabajo, perdió una bolsa con quinientos ducados. Tan afligido se sentía, que no demoró ni un segundo en ir y poner un aviso en la entrada de la sinagoga para ofrecer una generosa recompensa al que la hubiese encontrado.

Un hombre, tan pobre como honrado, encontró la bolsa y no dudó en llevársela al avaro. Al recuperar éste su bolsa, se arrepintió de la recompensa, diciéndole al pobre hombre:

"En la bolsa tenía mil ducados y aquí no hay más que quinien­tos. ¿Dónde está lo que falta?"

El pobre hombre, que entregó la bolsa sin sacar ni una sola moneda de ella, no pudo probar su inocencia y tuvo que regresar a su casa con las manos vacías. Al saberlo su esposa, le pidió que fuesen a ver al Rabí.

Dos eran las razones de la visita: la conducta del avaro, ya que no cumplió con la promesa de la recompensa, y peor todavía era, el haber calumniado al pobre hombre.

El Rabí, mientras se pasaba las manos por su larga barba blanca, reflexionaba. Por fin, citó al rico avaro.

"¿Que cantidad de dinero había en tu bolsa?" - le preguntó.

"Mil ducados."

"¿y cuánto había en la que te entregó este hombre?"

"Sólo había quinientos."

"Entonces, esta bolsa no es la que tú has perdido. Devuélvela a este hombre y espera a que te traigan la tuya."

Con estas palabras el Rabí despidió a los querellantes. Y el avaro, con dolor en su alma, tuvo que entregar la bolsa al pobre, pues no se debe ofrecer lo que no estamos dispuestos a cumplir.

*Este cuento nos muestra cómo la avaricia afecta a la gente que rodea al avaro  En un mundo donde los recursos son limitados, quien posee gran parte de ellos, directa o indirectamente se los está quitando a otros.  Es por eso que mientras hay países ricos, hay otros que sus habitantes pasan hambre. En estos casos, solamente actuar de forma sabia, como el Rabí, puede ser justo y repartir equitativamente.

No hay que presionar el momento.


Este suceso ocurrió entre dos hermanos quienes heredaron una cuantiosa riqueza de su padre, la cual se repartieron entre ambos.

Resultando que cada uno comercializaba por su cuenta con la parte que le tocó y tenían mucho éxito en sus empresas, y comían y bebían, cada uno en su casa como es la costumbre de los grandes potentados.

Sucedió que al cabo de algunos años, la suerte de ambos tornó un giro adverso, llegó una época en la que invertían y perdían capital, a pesar que cada uno operaba en un rubro diferente y por separado.

Y he aquí que uno de ellos cuando vio que ya perdió mucho dinero en la quinta y sexta inversión consecutiva que realizó, consideró la posibilidad de proseguir sus negocios solicitando algunos créditos.

Consiguió una suma considerable y realizó inversiones muy grandes, a tal punto que si su capital que le había quedado después de la mala racha era de diez mil monedas de oro, ahora su inversión fue de cincuenta mil monedas de oro, ya que tomaba mercadería a crédito y enviaba hacia uno y otro lugares, pues pensaba que si pierde en uno de los negocios, en el otro ganaría.

Solo que no le salió bien tampoco este intento y siquiera uno de todos los negocios le dio ganancias, por el contrario, las pérdidas fueron catastróficas, dejando un saldo completamente negativo, ya que perdió las diez mil monedas de oro que le habían quedado, y además su deuda actual se elevó a más de diez mil monedas de oro adicionales que tendría que pagar.

Sin embargo su hermano, cuando vio que la suerte no le sonreía, y perdió en la sexta y séptima operación realizada, se retiró del mercado, y la mercadería que le había quedado, la convirtió en dinero en efectivo, es decir, monedas de oro; además, vendió sus propiedades, utensilios, adornos y alhajas de su mujer. Y todo lo enterró bajo tierra, y se dirigió hacia lo de cierto comerciante, y se ofreció a trabajar como empleado suyo en su negocio, a cambio de paga suficiente para la alimentación de él y su familia en forma ajustada. Y desempeñó funciones en esta actividad cinco y también el sexto año.

Y he aquí, que cierto día en uno de sus jornadas de labor realizando un servicio para su patrón, llegó a su mano una muy importante ganancia para su empleador, y por esa causa, éste le otorgó en carácter de obsequio, la suma de cien monedas de oro. Al día siguiente, circulaba por las calles de la ciudad camino a la feria, y halló la suma de cincuenta monedas de oro.

La semana posterior, sucedió que adquirió una vieja y pesada prenda de vestir hecha con retazos anexados por valor de cincuenta centavos.

Llegó a su casa, descosió las partes, y halló adentro una bolsita llena de perlas que valían mil monedas de oro.

Por cuanto que le sucedieron estos acontecimientos afortunados por tres veces consecutivas, comprendió que su suerte dio un vuelco hacia el lado positivo, por lo que fue y desenterró el dinero que había ocultado en la tierra, e hizo con él inversiones en mercaderías varias.

Y todo lo que intentaba, le salía bien, obtenía buenas ganancias. Compró lujosos utensilios para su casa y valiosos adornos y joyas para su mujer y su casa y vivía como los grandes potentados.

Tenemos que su hermano, que presionó el momento solicitando créditos y realizando más actividades comerciales que antes, luego que vio el cambio de la suerte, el momento lo presionó a él, ya que no le quedó nada y se hizo poseedor de una enorme deuda, pero aquel que fue presionado por el momento y desistió de todo intento comercial y ocultó todo su dinero en la tierra y se buscó un trabajo de empleado, el momento lo favoreció, ya que retornó su buena suerte y se benefició.

Tenemos que todo el que presiona al momento, el momento lo presionará, y a la inversa, quién acepta la presión del momento sin oponerse, finalmente éste lo favorecerá.

LA FUERZA DE DJOHA


DJoha, ya de cierta edad, fue a un paseo con sus amigos. Caminando, empezaron a recordar de su juventud y la fuerza que tenía cada uno, cuando eran todavía muchachos.
Dijo uno: - "Cuando yo era un joven, era más fuerte que hoy y podía caminar hasta veinte kilómetros al día, sin parar".
Dijo el otro: - "Cuando yo era un muchacho, rompía un palo grueso con una sola mano".
Dijo el tercero: - "La fuerza de la juventud no es como la de la vejez!"
Dijo Djoha: - "¡No es verdad! Yo soy tan fuerte hoy, como cuando joven".
"¿Qué estas hablando?" - le preguntaron los amigos.
Dijo Djoha: - "Pues esa es la pura verdad. ¡Y puedo demos­trarlo!"
"Entonces, demuéstranos!" - le dijeron los compañeros.
Entretanto, llegaron a un campo. Djoha se acercó a una roca grande y pesada. Quiso levantarla pero, por supuesto, no resultó. Se volvió a sus amigos y les dijo: - "Vieron; ¡aquí está la demostra­ción!"
"¡Pero tú no la levantaste!" - le dijeron los amigos.
Y les contestó Djoha: - "¿Y creen Ustedes que cuando joven, lo hubiese podido hacer?"

* Solemos retener los recuerdos agradables y nos deshacemos de los desagradables. Y por esto añoramos otros tiempos que parecen mejores. lo que sucede si hacemos esto es que no vivimos el presente por recordar el pasado. Lo que sucede es que no vivimos plenamente.

Rey salomón y un padre.


El Rey Salomón solía vestirse como un hombre común, ir a pasear, mirar y escuchar a los hombres y conversar con ellos.
Una vez se acercó a una casa de donde salía música y canto. Quiso saber, qué estaba pasando. Entró, le ofrecieron vino y dulces, porque justamente se estaba celebrando la circunsicion del hijo del dueño de la casa.
Pasó el tiempo, unos 20 ó 25 años. El Rey salió a pasear y decidió entrar, una vez más, a la misma casa. Dijo que quería saber que pasó con el hijo nacido un poco antes de su visita anterior. El padre contó que el hijito ahora es un jovencito, bien crecido, que viste la camisa y zapatos de su papá y trabaja junto con los otros miembros de la familia.
Pasaron otros 20 ó 25 años. El Rey visitó la casa de nuevo y vio al padre del jovencito llorando.
"¿Qué pasó? ¿Por qué estás llorando? ¿Dónde está el joven?"
"Ay", - dijo el hombre, - "Primero, he tenido mucha alegría. Luego, nos hicimos amigos y socios en el trabajo. Ahora, se adueñó de mi casa y de mi tierra. Ya no me necesita, por lo menos así lo cree; me ha marginado de todo. No pide, ni acepta mi opinión o mis consejos. Eso me duele mucho."

Este cuento judío nos enseña ha que debemos empatizar, ha ponernos en el lugar de las personas mayores que en esta sociedad que parece que solo tiene valor lo nuevo y "lo último", en una sociedad que apartamos a las personas mayores como si fueran un estorbo. Seguramente, si escucháramos más la voz de la experiencia, estas sociedades serían más sabias.


La salsa de mamá.

Había una vez un muchacho, bien alto, muy buen mozo. Rico, muy exigente y mañoso con la comida. Su madre estaba desespera­da, pues le compraban y preparaban las comidas más exquisitas en la casa, pero no le gustaba nada.

Una noche fue a comer a un restaurante, quería saber si existía allí algo que le gustara. Se sentó, ordenó varios platos, los probó pero ninguno le agradó. Los puso a un lado y gritó:

"¡¿Aquí, acaso, no saben cocinar?!"

Entonces, se le acercó un camarero y le dijo:

"Si quieres comer bien, yo te ayudaré. Sólo espera que termine mi trabajo y me acompañarás. Mi madre cocina muy, muy bien. Te aseguro que nunca comerás con tanto agrado como en nuestra casa."

El muchacho que siempre estaba listo para probar nuevas comidas, aceptó la invitación con muchas ganas. Esperó al mozo hasta que éste terminara su trabajo. Una vez ya fuera, el muchacho le preguntó al mozo en dónde vivía y él le contestó que muy cerca del lugar donde estaban.

Empezaron a caminar, a caminar ya caminar, escalaron ce­rros, bajaron llanuras. Después de algún tiempo, el muchacho preguntó:

"¿Estamos muy lejos todavía?"
El mozo contestó que estaban por llegar.
Continuaron caminando y, luego de dos horas o más. llegaron a la casa de la mamá del mozo. Subieron cuatro pisos y. finalmente. el muchacho que estaba muy cansado, pudo sentarse al lado de la mesa.
El mozo llamó a su madre y le dijo: "Por favor trae un poco de la salsa que sólo tú puedes preparar."

"Con gusto, .. - dijo la mamá y se fue a la cocina y trajo una buena cantidad de salsa. El muchacho se acercó al plato y comió la salsa sin dejar ni una gota. Llamó a la mamá, agradeció la comida y le dijo:
"Señora, en toda mi vida, nunca, comí una salsa tan sabrosa como la suya. ¿Podría servirme un poco más?"

El mozo se echó a reír y le respondió al muchacho: - "La salsa es la misma que tú comiste en el restaurante, pero tú nunca te habías sentado a la mesa tan cansado y con tantas ganas de comer como ahora."

*A veces hay que pasar hambre para saborear la comida. Lo mismo sucede con la vida. Tenerlo todo no nos hace más feliz. Porque aun teniéndolo todo, siempre pensaremos que nos falta algo. Cuando pasa esto perdernos la perspectiva, olvidamos que las cosas verdaderamente importantes no están tan lejos: el cariño, el amor, la amistad, la naturaleza, etc.

Circulo del 99

Había una vez un judío cortesano. Vivía en un gran castillo, lleno de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros, tenía un problema: no se sentía feliz.

A pesar de ser el cortesano del rey y tener mucha fortuna y gran prestigio sentía que le faltaba algo. Nunca estaba contento con lo que tenía.

En el castillo trabajaba un hombre que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa.

Al encontrarse con él, el cortesano se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sienta feliz.

Un buen día, comentó el asunto con uno de sus consejeros: -"No entiendo cómo este obrero puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enojado, en su cara siempre hay dibujada una sonrisa."

"Lo que sucede, mi señor, es que este hombre no ha ingresado al "círculo del 99": es por esto que él es feliz", contestó el consejero.

- "¿Y qué es el "círculo del 99"? - preguntó el cortesano. muy extrañado.

- "Se lo voy a demostrar." - dijo el consejero con firmeza. - "Hoy a la noche, cuando el obrero llegue a su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto lo comprobará Usted por su cuenta."

Y así sucedió. Por la noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz., con su esposa y sus hijos, el cortesano y el consejero golpearon en la puerta del pobre hombre y dejaron en el suelo la bolsa con las 99 monedas. Rápidamente se escondieron detrás de un árbol y observaron todo lo que sucedía en la casa.

El hombre abrió la puerta, miró hacia un lado y hacia el otro, pero no vio a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo una bolsa que parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y la llevó a su casa. Junto a su mujer y a sus hijos comenzó a abrirla, muy extra­ñado por lo que estaba sucediendo.

Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendrá más preocupaciones, sus hijos podrán vestir y comer como los ricos, y su mujer se comprará las mejores ropas. Irán de paseo todos los días, y serán aún más felices.

Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber cuán grande era su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos noventa y ocho, noventa y nueve...

El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba pasando.

"¡Me robaron una moneda!", - comenzó a gritar. - "¡No hay justicia en este mundo! ¡Alguien se llevó mi moneda!"

Y fue en ese instante cuando el hombre entró en el "círculo del 99".

La expresión de su cara cambió, la eterna sonrisa se transformó en una mueca de bronca y odio, y la sensación de felicidad desapareció para siempre.

En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el cortesano se mostraba hostil. E incluso trabajó más y más para intentar conseguir las 100 monedas que él creía que debía tener.

Un buen día, el cortesano le preguntó qué le ocurría, ¿por qué andaba siempre con esa expresión tan triste en su cara?

"Y qué crees tú, ¿que debo andar siempre contento?" - dijo casi gruñendo. "Yo no soy tu bufón. Hago mi trabajo, y por eso me pagan, pero nadie puede obligarme a estar alegre."

Frente a esta contestación tan agresiva, el cortesano se ofendió mucho y pronto comprendió lo que significaba pertenecer al "círculo del 99".

* Esto en una alegoría que habla sobre la sensación de que nos falta algo. Nacemos completos y vivimos completos: las ambiciones, el querer ser, el querer llegar a algo, el querer tener nos produce la sensación de vacío, de que nos falta algo. Por eso hay que valorar las cosas en su justa medida. Si eres feliz, para que quieres las 99 monedas, ¿Para trabajar más y conseguir las 100?, ¿No debería para trabajar menos y ser más libre?

Las buenas intenciones.

Esto aconteció al hijo del rey, quién fue tomado cautivo, cayendo en manos de dos vándalos que pretendían matarlo, solo que no querían quitarle la vida de inmediato, por eso demoraron el desenlace final.

Aunque en esta postergación, no coincidían ambos malhechores en el motivo de la misma, ya que uno de ellos, aunque tenía su espada preparada en su mano y podía terminar con la vida del muchacho inmediatamente, de todos modos no deseaba hacerlo con la espada, pues decía, el hijo del rey, no es correcto que sea derramada su sangre como la de un toro, entonces tuvo la intención de traer un vaso de vino y colocarle en su interior veneno, y que lo beba y así sea su fin, con calma y no de una manera vil, pues esta es la manera de proceder con los grandes, y por eso demoró la ejecución de sus propósitos hasta que le traigan lo solicitado.

Pero el otro malviviente no eliminó de inmediato al muchacho porque deseaba provocarle antes terribles aflicciones y torturas más terribles que una ejecución con espada.

Pensó construir una gran hoguera con muchas maderas y arrojarlo al interior de la misma.

Y por cuanto que no fue golpeado enseguida con la espada, se produjo su salvación, ya que llegó su padre, el rey y lo rescató de manos de los maleantes, y los capturó el rey con vida.

Y a aquel que impidió la ejecución del joven por honor al rey, que no lo quería liquidar con espada, el rey lo liberó por completo del castigo, ya que gracias a haberse demorado en la ejecución se produjo la salvación de la vida de su hijo.

Pero a aquel que demoró la ejecución por causa que quería provocarle más aflicciones, le hizo como pensaba hacerle a su hijo, pero a él mismo, es decir, lo arrojó a la hoguera que había preparado para tal fin, terminando calcinado por el fuego.

* Algunas veces en nuestros actos podemos dañar a otras personas, aunque no sea un daño físico. Entender y comprender a la otra persona puede evitar que las perjudiquemos. No busques el beneficio propio, sino el ajeno.

La primera lágrima.

Tras ser expulsados Adán y Eva del Jardín del Edén, Dios vio su arrepentimiento. Y les dijo:
- ¡Pobres hijos míos! Os he castigado por vuestra falta y os he expulsado del Jardín del Edén, donde habríais vivido felices y sin preocupaciones. Ahora vais a conocer un mundo lleno de dolor y de dificultades. Sin embargo, quiero que sepáis que mi amor hacia vosotros jamás desaparecerá. Por eso he decidido regalaros esta perla inestimable de mi tesoro celestial. Mirad: es una lágrima. Cada vez que la aflicción os invada, cada vez que sintáis el corazón oprimido y el alma presa de la angustia, esa minúscula lágrima os subirá a los ojos, y vuestra pesada carga se verá así aligerada.
Tales palabras llenaron de tristeza a Adán y Eva. Entonces las lágrimas les subieron a los ojos, e inmediatamente resbalaron por sus mejillas y cayeron al suelo.
Fueron esas lágrimas las primeras que regaron la tierra. Adán y Eva las trasmitieron como preciada herencia a sus hijos.

*Muchas veces se nos tilda de débiles, demasiado sensibles u otras cosas cuando hemos llorado. Pero no hay que avergonzarse de llorar. Después de llorar uno se siente mejor, descarga la tensión y es capaz de ver sus problemas desde otro punto de vista. Si necesitas llorar, llora.

Extracto del libro "Cuentos del pueblo judío" ed. Sígueme.

El gran sueño.

Un hombre fue a ver, un día, a un rabino y le expuso su problema:
- Rabí, tengo miedo a morir.
- !Abandónate, cada noche, al sueño como su fueras a morir!- le aconsejó el rabino.
Pasado un tiempo, el hombre regresó a ver al sabio, que le preguntó si había seguido sus indicaciones . El hombre asintió.
- ¿Y qué has sentido? ¿Cuantas horas has dormido?
- No lo sé. Para mí fue como un minuto. Me dormí sin darme cuenta y, al despertar, me parecía que acababa de despertarme.
- Exactamente- repuso el rabino satisfecho- , pues, has podido ver, cuando se está dormido, no se siente consciencia del tiempo que pasa.

* Cuando renazcas, renaceras al instante, cuando vayas al cielo, irás al instante. No serás consciente del tiempo que pases. Puede pasar un año o un millón de años. Pero para tí, cuando mueras, renacerás al instante. Igual que cuando duermes, te despiertas al instante.