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LA PACIENCIA.

Un joven acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. antes de tomar posesión de su primer destino oficial organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el acontecimiento. Durante la velada, uno de sus amigos que ocupaba un cargo desde hacía algún tiempo, le dio un consejo:

-Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.

El funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomendación.

Un mes más tarde, durante un banquete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa divertida.

Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un ministerio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiqueta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:

-¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!

Mientras un cortejo de dignatarios indignados se volvía, el mentor declaró:

_ ¿Ves?, hago bien en repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en práctica!

* Quizá es un cuento sencillo, pero dentro encontramos algo muy valioso. La paciencia es una virtud, y esta debe desarrollarse y entenderse. Es fácil ser paciente cuando sabemos que algo terminará, pero la paciencia que se debe tener cuando algo no es seguro, cuando no sabemos como acabará o porque no es de nuestro agrado, eso es la paciencia que realmente nos inquieta. Probablemente, el funcionario novato, no hubiera reaccionado de la misma manera si hubiera sabido que la tercera vez que le aconsejaba el veterano iba a ser la última. Pero ante la perspectiva de que se vuelva a repetir hasta no saber cuando, es lo que realmente le enfureció.

LADRÓN DE HACHAS.

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer! El hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros, había desaparecido… ¡sin duda robada!

La cólera –esa breve locura–, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón… ¡que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su tranquera a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador que tenía la osadía de venir a burlarse de él. Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, ¡que debía de haberse caído hacía poco de su carreta…!

* Magnífico cuento clásico taoísta que nos cuenta y nos habla de cómo proyectamos nuestras ideas, nuestros prejuicios, nuestras ideas preconcebidas hacia la realidad que vemos, modificando esta hacia aquello imaginado.

Es esencial ver nuestros prejuicios y ser consciente de ellos para que no nos influyan en nuestro aprender diario. 

CABALGAR EL VIENTO.



De su propio maestro Lao-sciang-scie, y de su propio amigo Pai-cao-zé, Lie-tzu aprendió el arte de cabalgar el viento (estados interiores de concentración). Yinn-scieng se enteró y yéndose a vivir con él, con la intención de aprender este arte, asistía a sus reuniones de concentración, las que lo privaban de los sentidos por un tiempo considerable. Muchas veces le pidió la técnica, pero siempre se encontró con su negativa. Disgustado, pidió permiso para partir. Lieh-tzu no respondió. Yinn-scieng se fue. Pero, consumido siempre por el mismo deseo, en el espacio de unos meses retornó a Lieh-tzu. Este le preguntó: ¿Por qué te has ido? ¿Y por qué has regresado?

Yinn-scieng respondió:

—Has respondido negativamente a todos mis pedidos; llegué a sentir rencor hacia ti y me fui; ahora que mi resentimiento ha desaparecido, he retornado.

Lieh-tzu contestó:

—Te creía de ánimo más equilibrado, ¿es posible que tu naturaleza sea tan baja? Te contaré como he sido formado por mi maestro. He llegado a él por un amigo. Pasé tres años enteros en su casa, empeñado en domar mi corazón y mi lengua, sin que él me concediese una sola mirada. Como progresaba, luego de cinco años me sonrió por primera vez. Como seguía progresando, después de siete años me hizo sentar en su estera ritual. Transcurridos nueve años de esfuerzos finalmente perdí toda noción de sí o de no, de ganancia o pérdida, de la superioridad de mi maestro y de la amistad con mi condiscípulo. En este punto el uso específico de mis diferentes sentidos fue reemplazado por un sentido general; mi espíritu se condensó, mientras el cuerpo perdía densidad; los huesos y la carne se licuaron (se sutilizaron); perdí la sensación de peso al sentarme, de sostenerme sobre mis pies (levitación); y finalmente partí, dejándome llevar libremente por el viento, hacia el Este, hacia el Oeste, en todas las direcciones, como una hoja seca llevada [por el viento] sin poder darme cuenta si era el viento el que me llevaba o si era yo quien cabalgaba el viento. He aquí el largo ejercicio de despojo, de retorno a la naturaleza, a través del cual he debido pasar para alcanzar la concentración. Pero tú, que recién has tenido la oportunidad de llegar a un maestro, que todavía eres tan imperfecto como para impacientarte y ofenderte; tú, que eres rechazado por el aire y a quien la tierra todavía debe soportar el cuerpo grosero y pesado, ¿pretendes elevarte sobre el viento en el espacio?

Yinn-scieng se retiró confundido, no atreviéndose a responder nada.

*Como siempre, en la filosofía taoísta, se busca el acercamiento a la naturaleza. La naturaleza que forma parte de nosotros la apartamos por algo que creemos mejor, nuestro EGO. El que forma nuestras ansiedades, nuestras ambiciones, deseos y sufrimientos. Cuando el taoísta entiende esto  y lo experimenta se acerca a esa naturaleza perdida.

EL TRIÁNGULO Y EL ÁNGULO RECTO.


Una tarde, al salir de la escuela, se encontraron en una sesión de yoga un triángulo y un ángulo recto. Con ropa más cómoda y uno delante del otro, empezaron a estirar para ir relajando sus cuerpos, moviendo sus lados rectos, vértices y ángulos; adoptando nuevas formas para ir volviendo a la propia al final de la sesión.

Hubo algo que llamó la atención al ángulo recto, ya que su vecino, el triángulo, no se esforzaba tanto como él, quien se exigía más y más para que su forma llegara a ser perfecta.

Su compañero jugaba con el cuerpo, parecía tan fácil, como un bailarín que a veces veía en la tele, había sencillez y concentración en su movimiento, de modo que no se daba cuenta de ser observado. Para colmo de su asombro surgió un momento mágico, el mundo se paró por unos instantes, observando el triángulo final, era como si flotara en el aire, una verdadera obra de arte.

Y así fueron pasando los días, hasta que por fin se decidió a hablar con él. De camino a 
casa siempre cogían el mismo tren. Se acercó a él y le dijo:

- Hola ¿Me conoces?
- Sí, te veo en las sesiones.
- Tengo curiosidad por preguntarte ¿cómo lo haces? Me refiero a que yo me esfuerzo mucho más que tú y no tengo tu resultado. No veo tensión en lo que haces.
- Pues no lo sé, pero creo entender a lo que te refieres: todo mi mundo está en ese momento, ya que lo vivo, me dejo llevar, lo disfruto. Sí es cierto que mis líneas son rectas, pero por dentro hay suavidad, sin tensión y lo mejor de todo es que me siento libre, como cuando soplas un diente de león y vuela por el aire.
- Pero oye, dime tú ahora, si el tren nos está llevando ¿por qué continuas cargado con tus 
mochilas?
Quedó pasmado: -pues tienes razón, no me había dado cuenta. Al dejarlas en el suelo sintió esa ligereza, esa libertad, con un ejercicio tan simple, dejar las bolsas en el suelo y fue entonces que se preguntó a sí mismo ¿Será esta sensación la que él vive? ¿Será esto lo que tengo que aprender?

No lo entendía muy bien aún, pero algo dentro de él le hizo llevarlo a la práctica, con menos rigidez y más espontaneidad. Y así fue el comienzo de una buena amistad.

*Este cuento Taoísta de Eva Juárez Ollé, nos enseña que de vez en cuando conviene quitarse de encima el peso de las obligaciones, de nuestras constumbres y nuestras opiniones. No hace falta ser Juanito o Felipa todo el rato, también podemos descansar y maravillarnos con la naturaleza que nos rodea... y si dejamos de ser Juanito o Felipa, podemos ser lo que nos rodea.  

EL ASPECTO DE LAS COSAS.



Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegante comitiva escoltada por tres guardias que acompañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?

-Sí, es él.

-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos recibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organizaba una gran recepción para celebrar el equinoccio e invitó al sabio. También estaban invitados el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le preguntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?

-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

* Este cuento me recuerda a un refrán español que dice así: Allá donde fueres, haz lo que vieres. No sé si realmente es así, pero el cuento no solo se queda en eso, es bastante más profundo.
El cuento nos habla de que nuestro prejuicios, nuestras ideas preconcebidas a veces nos dificulta el aprendizaje, el ver, y el empaparse del mundo.

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE.



Al saber de la muerte de la esposa de Chuang Tse, su buen amigo Hui Tse acudió a consolarlo y halló al sabio sentado en el suelo, golpeando un recipiente colocado boca abajo y cantando a todo pulmón.
Horrorizado ante aquel comportamiento, Hui Tse se lo reprochó:
-Esa mujer ha vivido contigo, ha criado ha tus hijos,
ha envejecido contigo y ahora está muerta. ¡No me parece bien que no estés llorando,
y encima te dedicas a golpear un recipiente y a cantar de ese modo!
Y Chuang Tse respondió:
-Te estás equivocando, amigo mío. Al principio no pude evitar sentirme triste y deprimido por la muerte de mi amada esposa. Pero después empecé a reflexionar. Al principio ella no tenía vida, y sin vida no tenía espíritu, y sin espíritu no tenía cuerpo. Pero después se le dio la vida, un espíritu y un cuerpo. Ahora las cosas han vuelto a cambiar y está muerta. Se ha unido al gran ciclo de las estaciones. Ahora se halla suspendida entre el cielo y la tierra. ¿Por qué debería lamentarlo? Sería como sí yo no entendiese el proceso de la vida. Por tanto, he decidido dejar de lamentarme y celebrarlo.(Chuang Tse).

*Quizá este cuento nos choque, nos moleste incluso por la tradición religiosa, o simplemente por la tradición social que tenemos. Pero es un cuento mítico en la cultura Taoísta, de hecho se le atribuye a Chuang Tse, considerado el autor taoísta que más ha aportado.
Como siempre decimos, el Tao está unido a la naturaleza, formamos parte de ella y en su esplendor somos felices.... para los taoístas, volver a ella es formar parte de la madre que nos hizo. Y es por eso que no hay motivo de tristeza.

.EL SECRETO DEL MONJE.


Los sacerdotes taoístas cultivan desde tiempos inmemoriales artes mágicas que escapan a la racionalidad de los demás hombres, por muy leídos y cultos que éstos sean. Estas artes se basan en unos conocimientos secretos que los monjes se encargan de guardar celosamente, puesto que si cayeran en manos de hombres poco dados a la prudencia, podrían ser utilizados con fines maléficos. Uno de estos monjes, llamado Sui, dominaba un arte extremadamente complejo y peligroso: era capaz de hacerse invisible a los ojos de otros hombres. Vivía en Hio K´sang, una ciudad del sur. Allí entablo amistad con un rico y poderoso terrateniente, Jio Ka, de buena familia y probada honestidad, pero que en determinadas circunstancias, sobre todo en lo que se refería a las artes ocultas, cedía a una ambición desmesurada que nacía de su interior. Jio Ka deseaba aprender el arte de la invisibilidad a toda costa, por lo que, al negarse el monje Sui a revelarle el secreto, tramó un plan para que, si no podía arrebatárselo, al menos pudiera forzarle a que se lo contara. He aquí lo que sucedió.
Cierta noche, Jio Ka le pidió de nuevo que le revelara su secreto. El sacerdote se negaba una y otra vez a acceder a sus peticiones:
- Eso es imposible y tú lo sabes. Los secretos de las artes ocultas deben pertenecer sólo a los sacerdotes taoístas, y en especial a esté. Imagínate que llegara a oídos de una persona que no siguiera las directrices del bien; seguro que lo usaría para robar impunemente, y esto no puede cargarse sobre mis espaldas.
En vista de que no había manera de sonsacarle el secreto, salió del salón donde se hallaban y ordenó a sus sirvientes que, cuando oyera que los llamaba, golpearan al sacerdote con todas sus fuerzas. Para que no pudiera escapar, lleno todo el suelo de arena, de modo que, si se tornaba invisible, vieran sus huellas al caminar sobre ella.
Jio Ka se sentó de nuevo frente al sacerdote y le dijo:
- Como veo que es imposible que me digas tu secreto a las buenas, tendrás que contármelo a las malas. ¡Sirvientes!
Cuando Sui vio que entraban unos hombres con la intención de golpearlo, se tornó invisible al instante y se deslizó hacia la puerta de salida. Pero sus huellas lo delataron y no pudo zafarse de los garrotes que le caían como una losa sobre la espalda. Ya en el suelo, Sui gritó:
- De acuerdo, te contaré mi secreto, pero que tus hombres paren, por favor. Te contaré mi secreto, te lo contaré, te lo contaré…
Sui se volvió visible al instante. Yacía en el suelo repleto de moratones en el cuerpo y en el alma. Ante sí tenía a Jio Ka, al que le brillaban de un modo especial los ojos, como los de quien está a punto de vivir una experiencia única. El sacerdote se levantó lentamente y se dirigió a Jio Ka con estas palabras:
- Eres un hombre astuto, y en tus manos mi secreto puede convertirse en la mejor arma para tus ambiciones. No me alegro de tener que contarte esto, pero tus palos me han acorralado. Pero no te lo contaré hoy, puesto que estoy muy cansado. Permitidme que me vaya a dormir, mañana será otro día.
Jio Ka aceptó sin temor de que huyera, ya que puso a dos de sus mejores hombres a vigilar la puerta de los aposentos de Sui.
A la mañana siguiente, Jio Ka entró en la habitación del sacerdote con la intención de exigirle que le desvelara el secreto de su invisibilidad, pero Sui no estaba allí. Sorprendido, el hombre vio que en una de las paredes el monje había dibujado una ciudad muy hermosa, de altas murallas y férreas almenas. Jio Ka se acercó y se percató de que las puertas de la ciudad pintada estaban abiertas: el sacerdote había huido y no había rastro de él.
Se dice que lo vieron en una gran ciudad del norte divirtiéndose con unos niños. Se comenta también que les enseño nuevos juegos, todos relacionados con arte de esconderse de las miradas de los demás.

* Como dice en la entrada del cuento, el taoísmo tiene ciertas prácticas que traspasan las barreras de la razón. El taoísmo es libre e intuitivo, y así como el poderoso rico quería atrapar la sabiduría del Tao con planes retorcidos y egoístas y al final no pudo. Si queremos aprender taoísmo quizá debemos dejar a un lado el interés particular para poder ser más sensible a las enseñanzas del Tao.
Es un cuento que promueve la práctica taoísta, que se pueden resumir en la eliminación del Ego y en ser una con la Naturaleza.

EL ÁRBOL QUE NO SERVÍA PARA NADA.


Alguien le dijo a Chuang Tzu:

“Cuando venía por el camino, he visto un árbol enorme, de los que llaman árboles inservibles. Su tronco está tan retorcido y tan lleno de nudos, que nadie podría sacar una tabla recta de su madera y sus ramas no se pueden cortar en forma alguna que sirvan para algo. Ni un solo carpintero se dignaría a mirarlo. ¿Te has fijado en él?”

Chuang Tzu respondió:

“Si, lo conozco y lo he visto, está a un lado del camino”

El interlocutor prosiguió:

“Pues tus enseñanzas son como este árbol, grandes e inútiles.”

A lo que Chuang Tzu respondió sin darse por aludido:

“¿Alguna vez has observado a un gato salvaje? Permanece agazapado, vigilando a su presa, salta en una u otra dirección, hacia arriba y abajo y finalmente obtiene su presa. ¿Y has observado a un yak? Es enorme como una nube de tormenta y permanece firme en su poderío. Desde luego que es grande, pero ¡no puede cazar ratones!
Pues lo mismo ocurre con ese árbol, permanece en solitario en tierras áridas y siempre que quieras puedes pasear apaciblemente por
debajo de él y tumbarte a descansar bajo su sombra, porque no peligra su vida, nadie lo cortará nunca, porque a ningún carpintero le sirve.¿Qué aún te parece un árbol inútil?, si es así tú deberías de preocuparte por tu vida”

* Como frecuentemente se observa en los cuentos taoístas, la naturaleza forma parte de la tradición. Animales y plantas, motañas, rios y nubes son los protagonistas de las historias contadas. En este caso, el cuento nos hace incapié en que no debemos dejarnos llevar por la aprobación de otros. Ser un árbol que no sirve para nada, le sirve a él para seguir viviendo. Cuando crecemos y nos hacemos mayores, debemos entender esto, debemos no dejarnos llevar por las opiniones de los demás, debemos ser nuestros propios consejeros. 

LA CORRIENTE DE LA NATURALEZA.


Cuenta una historia  que un anciano taoísta cayó accidentalmente en los rápidos del río llevándolo a una alta y peligrosa cascada. Los espectadores temieron por su vida. Milagrosamente, salió vivo e ileso, río abajo al final de la cascada.

La gente le preguntó cómo logró sobrevivir. “Yo me adapté al agua, no el agua a mí. Sin pensar, me dejé moldear por el agua. Hundiéndome en la corriente, salí con la corriente. Así es cómo sobreviví”.

*Los Taoístas tienen una antigua tradición relacionada con la naturaleza. La sabia fuerza de la naturaleza es la que nos creó, resistirnos a ella, muchas veces trae sufrimiento. El Taoísmo nos anima a ser uno con la naturaleza, a dejarnos adaptar por ella para disfrutar de una vida sin sufrimiento.

Un apunte personal. Recuerdo una vez que me lancé por una cascada y cuando me sumergió, intenté salir. A medida que más fuerza hacía para intentar salir, más agua de la cascada me caía encima. Todos lo que avanzaba con mi fuerza, luego lo retrocedía. Hasta que me dejé llevar por el remolino y aparecí a 5 metros más lejos.

¿Podemos competir con la Naturaleza?


Había un hombre que pasó tres años esculpiendo un trozo de jade para darle forma de hoja. Presentó su obra maestra al príncipe, que quedó muy impresionado y lo contrató.

La hoja parecía tan real que si se la ponía entre hojas de verdad no se la podía distinguir. Todo el mundo señalaba que era una obra de arte muy hermosa.

Sin embargo, cuando Lie Tze tuvo noticia de ello, dijo humorísticamente: "Si la Naturaleza necesitara tres años para hacer una hoja, tendríamos problemas."

Así pues, el sabio sabe que por mucho que imitemos a la naturaleza, esta continúa haciéndolo mejor.

Las huellas del maestro.



Un renombrado erudito con fama de perspicaz paró al pie del camino en una posada. Al observar unas huellas en la nieve reflexionó así ante el posadero:

“He aquí las huellas de un hombre profundo y valeroso; están en medio del camino y avanzan con rectitud, la hondura de sus huellas denotan el peso de su ciencia y su dignidad. A su lado veo las huellas de los discípulos que le siguen; todos le rodean mientras anda y escuchan sus palabras, no hay tanta hondura en sus huellas pero si perseveran con este maestro alcanzarán el conocimiento. Allí, por último, y al borde del camino, apenas se distinguen las huellas erráticas de un niño, un sólo soplo de aire las ocultará.”

Al escuchar estas palabras el posadero riendo dijo: “Señor, a pesar de su error tras sus palabras se oculta una honda verdad. Las huellas más profundas son las de un reo condenado, el peso de sus grillos hacen profundas sus huellas y firmes sus pasos; las huellas que están a su alrededor son las de los guardianes que lo escoltaban hacia su prisión, guardianes y preso seguían, en verdad, un mismo camino. Las huellas más leves no son las de un niño sino las de un sabio que sin ningún peso erraba por este camino sonriendo y casi desnudo"

* Un ejemplo más de que vemos el mundo como queremos o como no queremos. Hay que darse cuenta de que el mundo es como es, y clasificarlo y medirlo es empequeñecerlo.
Por otra parte, nos muestra que el quien es verdaderamente sabio, deja el conocimiento libresco, el de las ideas a un lado para poder disfrutar más de la vida.


El fantasma.


Esta es la historia de un joven que no podía dormir casi nunca puesto que un fantasma espectral le aparecía en sueños y le angustiaba revelándole todos los secretos más íntimos que él albergaba, demostrándole así que lo sabía todo acerca de él.

El joven estaba desesperado, hasta el punto que llegó a detestar el momento de acostarse pese al cansancio acumulado. Había visitado doctores y psicólogos, había confesado su problema a amigos, lo había intentado todo, pero sin resultados: el espectro seguía presentándose cada noche y le recordaba todos los rincones más íntimos y dolorosos.

Ya al borde de un colapso nervioso, decidió pedir auxilio de un célebre maestro zen que practicaba en la misma provincia. Fue a ver al maestro que le recibió amistosamente. Tras haberle explicado el dilema, el joven añadió: " Ese fantasma lo sabe todo, absolutamente todo acerca de mí, ¡ incluso conoce mis pensamientos ! No puedo sustraerme a su dominio ". El maestro pensó que la solución no estaba fuera del alcance del chico y le sugirió que hiciera un trato con el fantasma. " Esta noche, antes de acostarte -le dijo- coge un puñado de lentejas al azar y no las sueltes. Luego acuéstate y espera. Cuando el espectro se presente proponle un trato. Dile que si adivina cuántas lentejas tienes en la mano será para siempre tu dueño y que si no lo adivina deberá desaparecer para siempre. Vamos a ver que pasa ".

El chico procedió del modo que le aconsejo el maestro. Poco después de acostarse el fantasma apareció y le dijo: " Sé que intentas librarte de mí. También sé que te has ido a ver aquel bobo del monje zen para que te ayude a echarme, pero tus esfuerzos no te servirán para nada "." Bueno -respondió el joven- ya sabía que me habrías descubierto, así como supongo que indudablemente sabrás cuantas lentejas tengo en el puño ". El fantasma desapareció para no volver nunca jamás. Lo que no sabía el chico no lo podía saber su fantasma.

*Hay que saber desprenderse de sentimientos y recuerdos que nos atormentan. En ocasiones los guardamos y sin saber como deshacernos de ellos, los retenemos y contra más luchamos contra ellos, más fuertes se hacen. El truco consiste en saber que en estos casos, más vale maña que fuerza. De nada sirve luchar contra nosotros mismos, porque mientras más luchamos, más fuerte nos hacemos. Así que en estos casos es dejar que aparezcan los pensamientos, familiarizarnos con los sentimientos que nos producen sin uir de estos... con el tiempo se diluirán.


Gallito de pelea.


En el libro de Chuang-Tzu se cuenta que Chi Hsing Tzu entrenaba un gallo de pelea para el rey Hsuan. Era un gallo fino.

A diez días de comenzado el entrenamiento, el rey le preguntó si el gallo estaba listo para combatir. «Aún no», respondió el entrenador. «Es fuerte y está lleno de fuego, dispuesto a pelear con cualquier otro gallo. Es vanidoso y confía demasiado en su coraje».

Diez días más tarde, contestó de nuevo: «Todavía no. Apenas escucha el canto de otro gallo le entra una rabieta y quiere pelear».

Otros diez días más: «Aún no. Todavía manifiesta cierta rabia en sus gestos e hincha el plumaje».

Y pasaron otros diez días: «Ya está casi listo. Aunque vea o escuche cantar a otros gallos, se mantiene tranquilo. Nada lo altera. Parece un gallo de madera. Su actitud es poderosa. Los demás gallos no se atreverán a aceptar su desafío».

Llego el día del torneo, a donde acudieron muchos gallos. Pero las demás aves no se atrevían a aproximarse al gallo del rey. Huían como gallos patarucos ante este formidable animal, que poseía una tremenda fuerza interna y la proyectaba a través de su serenidad.

*Este cuento nos habla de la fuerza interior. Quien se siente fuerte no tiene que demostrarlo. Quien se siente seguro, no lo grita a los cuatro vientos. Es el débil, el inseguro, el cobarde el que quiere demostrar a los demás que es fuerte, seguro y valiente.

Los dos monjes y la chica.


Dos monjes estaban peregrinando de un monasterio a otro y durante el camino debían atravesar una vasta región formada por colinas y bosques.

Un día, tras un fuerte aguacero, llegaron a un punto de su camino donde el sendero estaba cortado por un riachuelo convertido en un torrente a causa de la lluvia. Los dos monjes se estaban preparando para vadear, cuando se oyeron unos sollozos que procedían de detrás de un arbusto. Al indagar comprobaron que se trataba de una chica que lloraba desesperadamente. Uno de los monjes le preguntó cuál era el motivo de su dolor y ella respondió que, a causa de la riada, no podía vadear el torrente sin estropear su vestido de boda y al día siguiente tenía que estar en el pueblo para los preparativos. Si no llegaba a tiempo, las familias, incluso su prometido, se enfadarían mucho con ella.

El monje no titubeó en ofrecerle su ayuda y, bajo la mirada atónita del otro religioso, la cogió en brazos y la llevó al otro lado de la orilla. La dejó ahí, la saludó deseándole suerte y cada uno siguió su camino.

Al cabo de un rato el otro monje comenzó a criticar a su compañero por esa actitud, especialmente por el hecho de haber tocado a una mujer, infringiendo así uno de sus votos. Pese a que el monje acusado no se enredaba en discusiones y ni siquiera intentaba defenderse de las críticas, éstas prosiguieron hasta que los dos llegaron al monasterio. Nada más ser llevados ante el Abad, el segundo monje se apresuró a relatar al superior lo que había pasado en el río y así acusar vehementemente a su compañero de viaje.

Tras haber escuchado los hechos, el Abad sentenció: "Él ha dejado a la chica en la otra orilla, ¿tú, aún la llevas contigo?".

*Este tan conocido cuento nos muestra como alguna veces acarreamos con el pasado. Tenemos ideas, experiencias, nos hacemos ilusiones y acumulamos desdicha y resentimiento. Pero si realmente queremos, podemos deshacernos de todo este peso y vivir el presente de una forma más ligera y fresca.

El campesino chino y su hijo.

Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo.

Un día el hijo le dijo: -¡Padre, qué desgracia! Se nos ha ido el caballo.

-¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo...

A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo.

-¡Padre, qué suerte! - exclamó esta vez el muchacho - Nuestro caballo ha traído otro caballo.

-¿Por qué le llamas suerte? - repuso el padre - Veamos qué nos trae el tiempo.

En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo.

El muchacho se quebró una pierna.

-¡Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho -. ¡Me he quebrado la pierna!

Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:

-¿Por qué le llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama.

Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey buscando jóvenes para llevárselos a la guerra.

Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver que lo malo no era tan malo y que siempre hay algo bueno esperando.

* "Todo pasa, lo bueno y lo malo". Saber eso hace que uno se tome las cosas con más "perspectiva". Osea, no dejándose llevar por los acontecimientos y manteniendo un carácter más sereno y sosegado.

Extraído de http://www.samaelgnosis.net/

Puede ser.

Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus paisanos le consideraban afortunado porque tenia un caballo que utilizaba para labrar y transportar la cosecha. Pero un día el caballo se escapó. La noticia corrió pronto por el pueblo, de manera que al llegar la noche, los vecinos fueron a consolarlo por aquella grave pérdida: "¡Qué mala suerte has tenido!". La respuesta del granjero fue un sencillo "puede ser".

Pocos días después el caballo regresó trayendo consigo dos yeguas salvajes que había encontrado en las montañas.

Enterados los aldeanos acudieron de nuevo, esta vez a darle la enhorabuena y comentarle su buena suerte, a lo que él volvió a contestar: "puede ser".

Al día siguiente, el hijo del granjero trató de domar a una de las yeguas, pero está lo arrojó al suelo y el joven se rompió una pierna. Los vecinos visitaron al herido y lamentaron su mala suerte; pero el padre respondió otra vez: "puede ser".

Una semana más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejercito. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Al atardecer, los aldeanos que habían despedido a sus hijos se reunieron en la taberna y comentaron la buena estrella del granjero, más este, como podemos imaginar, contesto nuevamente: "puede ser".

*Este es un cuento taoísta muy conocido, y nos muestra una enseñanza valiosa para la vida: En la vida suceden cosas a pesar de nuestros deseos de que sucedan o no. A veces nos volvemos tristes cuando las cosas no salen como queremos, y viceversa. Nuestro estado de ánimo depende del exterior, en cambio, la felicidad se encuentra en el interior.

La mecha y el ladrón.

Un hombre oyó una noche que alguien andaba por su casa. Se levantó y, para tener luz, intentó sacar chispas del pedernal para encender su mechero. Pero el ladrón causante del ruido, vino a colocarse ante él y, cada vez que una chispa tocaba la mecha, la apagaba discretamente con el dedo. Y el hombre, creyendo que la mecha estaba mojada, desistió y no logró ver al ladrón.

*En este cuento, la casa representa a nosotros mismos y el ladrón una idea nueva que no tiene porqué ser mala. El ladrón puede llevarse cosas a las que estamos aferradas y que aunque no lo creamos, puede ser mejor que desaparezcan. Si crees que no necesitas aferrarte a algún tipo de comportamiento, idea, conclusión, etc. desprenderte y déjalo que desaparezca.

El músico Wen aprende a tocar el laúd.

Hace mucho tiempo había un músico que podía encantar a pájaros y peces haciéndolos bailar con su música. Un músico que tocaba el laúd llamado Wen, del reino de Cheng, oyó esta historia y quiso aprender esa habilidad. Así pues, abandonó a su familia y se fué a estudiar con el maestro músico Hsiang.

Durante mucho tiempo, Wen no pudo tocar nada. Sus dedos se agarrotaban y cada vez que tomaba el laúd no era capaz de tocar. Después de tres años no había aprendido nada. "Deberías volver a tu casa"- le dijo el maestro.

Wen puso su laúd en el suelo, asintió y dijo: "No es que no haya aprendido ninguna canción o que no pueda afinar mi instrumento adecuadamente. Lo que ocurre es que no puedo tocar desde mi corazón y por ello la música nunca se ha convertido en parte de mí. Esta es la razón por la que no me puedo animar a tocar. Déjame descansar un poco y veamos qué ocurre."

No mucho después, Wen volvió a su maestro.
-¿Cómo te va con tu música?- le preguntó el maestro.
- Creo que he dado un salto adelante. Déjame que te lo muestre.

Wen tomó el laúd y con suavidad acarició la cuerda llamada Otoño. Aunque era primavera soplaba un viento fresco, y las hojas crujían mecidas por la brisa de otoño, y el cielo estaba brillante y sin nubes. Después, en otoño, tocó la cuerda llamada Primavera y se produjo una suave brisa. Cayó una lluvia cálida y se abrieron las flores. En medio del verano, Wen tocó la cuerda llamada Invierno, y de repente cayó nieve y los ríos helaron. Cuando llegó el invierno, tocó la cuerda llamada Verano. Inmediatamente brilló el sol con fuerza, desapareció la nieve y se fundió el hielo de los ríos.
Finalmente, cuando tocó la última cuerda junto con todas las demás, sopló una brisa refescante, aparecieron flotando nubes celestes, cayó un dulce rocío en el suelo y brotaron manantiales fragantes.
El maestro músico Hiang se golpeó el pecho exclamando: - Tu música supera con mucho cualquier palabra que pueda describirla. Los mejores músicos tendrán que aprender de tí a partir de ahora.-

*Mucha gente busca la felicidad en cosas externas, en apariencias, en cosas materiales, en tener este coche, un piso más grande o ir a la última. Pero esto no va a aportar una felicidad duradera. La paz interior, nuestra esencia es parte de la claridad de la naturaleza y por tanto de la felicidad permanente.

El caracol y los monjes taoístas.


Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto uno de los dos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino. Su compañero estaba a punto de aplastarlo sin darse cuenta cuando le contuvo a tiempo. Agachándose, recogió al animal. "Mira, hemos estado a punto de matar este caracol, y este animal representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Este caracol debe sobrevivir y continuar sus ciclos de reencarnación." Y delicadamente volvió a dejar el caracol entre la hierba.

"¡Inconsciente!", exclamó furioso el otro monje. Salvando a este estúpido caracol pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto cuidado. Por salvar no sé qué vida destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos.

Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso: "Vamos a contarle este caso al gran sacerdote, él será lo bastante sabio para decidir quien de nosotros dos tiene la razón."

Se dirigieron entonces al gran sacerdote, seguidos siempre por el tercer monje, a quien había intrigado el caso. El primer monje contó que había salvado un caracol y por tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza, y luego dijo: "Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien". El segundo monje dio un brinco. "¿Cómo? ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno? Al contrario, había que aplastar al caracol y proteger así ese huerto gracias al cual tenemos todos los días buenas cosas para comer. El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo "Es verdad. Es lo que convendría haber hecho. Tienes razón."

El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó. "¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos?" El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y dijo: "Es verdad. También tú tienes razón."

* Siempre queremos respuestas, queremos decir esto es blanco o esto es negro. Pero en la realidad nada es blanco o negro. Una cosa no esta bien o esta mal. Queremos catalogar las cosas, definirlas y clasificarlas. Pero cuando las clasificamos, se nos escapan todos los matices grises que hay entre el blanco y el negro.


Este cuento esta extraído del libro "El día de las hormigas". Ed. Plaza & Janés. 1994

El picapedrero y el deseo.

Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza, aunque siempre anhelaba con deseo convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: se había convertido en un rico mercader.

Esto le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces pidió de nuevo ser así y su deseo le fue también concedido. Al poco tiempo se cercioró de que debido a su condición se había creado muchos enemigos y sintió miedo.

Cuando vio cómo un feroz samurai resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de un arte de combate le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Así que quiso convertirse en un respetado samurai y así fue.

Sin embargo, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Un día se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: "él si que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡ Quiero ser el sol !".

Cuando logró su propósito, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser.

Así, se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable. Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca ! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que era en un principio.