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¿Podemos competir con la Naturaleza?


Había un hombre que pasó tres años esculpiendo un trozo de jade para darle forma de hoja. Presentó su obra maestra al príncipe, que quedó muy impresionado y lo contrató.

La hoja parecía tan real que si se la ponía entre hojas de verdad no se la podía distinguir. Todo el mundo señalaba que era una obra de arte muy hermosa.

Sin embargo, cuando Lie Tze tuvo noticia de ello, dijo humorísticamente: "Si la Naturaleza necesitara tres años para hacer una hoja, tendríamos problemas."

Así pues, el sabio sabe que por mucho que imitemos a la naturaleza, esta continúa haciéndolo mejor.

Las huellas del maestro.



Un renombrado erudito con fama de perspicaz paró al pie del camino en una posada. Al observar unas huellas en la nieve reflexionó así ante el posadero:

“He aquí las huellas de un hombre profundo y valeroso; están en medio del camino y avanzan con rectitud, la hondura de sus huellas denotan el peso de su ciencia y su dignidad. A su lado veo las huellas de los discípulos que le siguen; todos le rodean mientras anda y escuchan sus palabras, no hay tanta hondura en sus huellas pero si perseveran con este maestro alcanzarán el conocimiento. Allí, por último, y al borde del camino, apenas se distinguen las huellas erráticas de un niño, un sólo soplo de aire las ocultará.”

Al escuchar estas palabras el posadero riendo dijo: “Señor, a pesar de su error tras sus palabras se oculta una honda verdad. Las huellas más profundas son las de un reo condenado, el peso de sus grillos hacen profundas sus huellas y firmes sus pasos; las huellas que están a su alrededor son las de los guardianes que lo escoltaban hacia su prisión, guardianes y preso seguían, en verdad, un mismo camino. Las huellas más leves no son las de un niño sino las de un sabio que sin ningún peso erraba por este camino sonriendo y casi desnudo"

* Un ejemplo más de que vemos el mundo como queremos o como no queremos. Hay que darse cuenta de que el mundo es como es, y clasificarlo y medirlo es empequeñecerlo.
Por otra parte, nos muestra que el quien es verdaderamente sabio, deja el conocimiento libresco, el de las ideas a un lado para poder disfrutar más de la vida.


El fantasma.


Esta es la historia de un joven que no podía dormir casi nunca puesto que un fantasma espectral le aparecía en sueños y le angustiaba revelándole todos los secretos más íntimos que él albergaba, demostrándole así que lo sabía todo acerca de él.

El joven estaba desesperado, hasta el punto que llegó a detestar el momento de acostarse pese al cansancio acumulado. Había visitado doctores y psicólogos, había confesado su problema a amigos, lo había intentado todo, pero sin resultados: el espectro seguía presentándose cada noche y le recordaba todos los rincones más íntimos y dolorosos.

Ya al borde de un colapso nervioso, decidió pedir auxilio de un célebre maestro zen que practicaba en la misma provincia. Fue a ver al maestro que le recibió amistosamente. Tras haberle explicado el dilema, el joven añadió: " Ese fantasma lo sabe todo, absolutamente todo acerca de mí, ¡ incluso conoce mis pensamientos ! No puedo sustraerme a su dominio ". El maestro pensó que la solución no estaba fuera del alcance del chico y le sugirió que hiciera un trato con el fantasma. " Esta noche, antes de acostarte -le dijo- coge un puñado de lentejas al azar y no las sueltes. Luego acuéstate y espera. Cuando el espectro se presente proponle un trato. Dile que si adivina cuántas lentejas tienes en la mano será para siempre tu dueño y que si no lo adivina deberá desaparecer para siempre. Vamos a ver que pasa ".

El chico procedió del modo que le aconsejo el maestro. Poco después de acostarse el fantasma apareció y le dijo: " Sé que intentas librarte de mí. También sé que te has ido a ver aquel bobo del monje zen para que te ayude a echarme, pero tus esfuerzos no te servirán para nada "." Bueno -respondió el joven- ya sabía que me habrías descubierto, así como supongo que indudablemente sabrás cuantas lentejas tengo en el puño ". El fantasma desapareció para no volver nunca jamás. Lo que no sabía el chico no lo podía saber su fantasma.

*Hay que saber desprenderse de sentimientos y recuerdos que nos atormentan. En ocasiones los guardamos y sin saber como deshacernos de ellos, los retenemos y contra más luchamos contra ellos, más fuertes se hacen. El truco consiste en saber que en estos casos, más vale maña que fuerza. De nada sirve luchar contra nosotros mismos, porque mientras más luchamos, más fuerte nos hacemos. Así que en estos casos es dejar que aparezcan los pensamientos, familiarizarnos con los sentimientos que nos producen sin uir de estos... con el tiempo se diluirán.


Gallito de pelea.


En el libro de Chuang-Tzu se cuenta que Chi Hsing Tzu entrenaba un gallo de pelea para el rey Hsuan. Era un gallo fino.

A diez días de comenzado el entrenamiento, el rey le preguntó si el gallo estaba listo para combatir. «Aún no», respondió el entrenador. «Es fuerte y está lleno de fuego, dispuesto a pelear con cualquier otro gallo. Es vanidoso y confía demasiado en su coraje».

Diez días más tarde, contestó de nuevo: «Todavía no. Apenas escucha el canto de otro gallo le entra una rabieta y quiere pelear».

Otros diez días más: «Aún no. Todavía manifiesta cierta rabia en sus gestos e hincha el plumaje».

Y pasaron otros diez días: «Ya está casi listo. Aunque vea o escuche cantar a otros gallos, se mantiene tranquilo. Nada lo altera. Parece un gallo de madera. Su actitud es poderosa. Los demás gallos no se atreverán a aceptar su desafío».

Llego el día del torneo, a donde acudieron muchos gallos. Pero las demás aves no se atrevían a aproximarse al gallo del rey. Huían como gallos patarucos ante este formidable animal, que poseía una tremenda fuerza interna y la proyectaba a través de su serenidad.

*Este cuento nos habla de la fuerza interior. Quien se siente fuerte no tiene que demostrarlo. Quien se siente seguro, no lo grita a los cuatro vientos. Es el débil, el inseguro, el cobarde el que quiere demostrar a los demás que es fuerte, seguro y valiente.

Los dos monjes y la chica.


Dos monjes estaban peregrinando de un monasterio a otro y durante el camino debían atravesar una vasta región formada por colinas y bosques.

Un día, tras un fuerte aguacero, llegaron a un punto de su camino donde el sendero estaba cortado por un riachuelo convertido en un torrente a causa de la lluvia. Los dos monjes se estaban preparando para vadear, cuando se oyeron unos sollozos que procedían de detrás de un arbusto. Al indagar comprobaron que se trataba de una chica que lloraba desesperadamente. Uno de los monjes le preguntó cuál era el motivo de su dolor y ella respondió que, a causa de la riada, no podía vadear el torrente sin estropear su vestido de boda y al día siguiente tenía que estar en el pueblo para los preparativos. Si no llegaba a tiempo, las familias, incluso su prometido, se enfadarían mucho con ella.

El monje no titubeó en ofrecerle su ayuda y, bajo la mirada atónita del otro religioso, la cogió en brazos y la llevó al otro lado de la orilla. La dejó ahí, la saludó deseándole suerte y cada uno siguió su camino.

Al cabo de un rato el otro monje comenzó a criticar a su compañero por esa actitud, especialmente por el hecho de haber tocado a una mujer, infringiendo así uno de sus votos. Pese a que el monje acusado no se enredaba en discusiones y ni siquiera intentaba defenderse de las críticas, éstas prosiguieron hasta que los dos llegaron al monasterio. Nada más ser llevados ante el Abad, el segundo monje se apresuró a relatar al superior lo que había pasado en el río y así acusar vehementemente a su compañero de viaje.

Tras haber escuchado los hechos, el Abad sentenció: "Él ha dejado a la chica en la otra orilla, ¿tú, aún la llevas contigo?".

*Este tan conocido cuento nos muestra como alguna veces acarreamos con el pasado. Tenemos ideas, experiencias, nos hacemos ilusiones y acumulamos desdicha y resentimiento. Pero si realmente queremos, podemos deshacernos de todo este peso y vivir el presente de una forma más ligera y fresca.

El campesino chino y su hijo.

Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo.

Un día el hijo le dijo: -¡Padre, qué desgracia! Se nos ha ido el caballo.

-¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre, veremos lo que trae el tiempo...

A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo.

-¡Padre, qué suerte! - exclamó esta vez el muchacho - Nuestro caballo ha traído otro caballo.

-¿Por qué le llamas suerte? - repuso el padre - Veamos qué nos trae el tiempo.

En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo.

El muchacho se quebró una pierna.

-¡Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho -. ¡Me he quebrado la pierna!

Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:

-¿Por qué le llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!

El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que gimoteaba en su cama.

Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey buscando jóvenes para llevárselos a la guerra.

Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.

El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver que lo malo no era tan malo y que siempre hay algo bueno esperando.

* "Todo pasa, lo bueno y lo malo". Saber eso hace que uno se tome las cosas con más "perspectiva". Osea, no dejándose llevar por los acontecimientos y manteniendo un carácter más sereno y sosegado.

Extraído de http://www.samaelgnosis.net/

Puede ser.

Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus paisanos le consideraban afortunado porque tenia un caballo que utilizaba para labrar y transportar la cosecha. Pero un día el caballo se escapó. La noticia corrió pronto por el pueblo, de manera que al llegar la noche, los vecinos fueron a consolarlo por aquella grave pérdida: "¡Qué mala suerte has tenido!". La respuesta del granjero fue un sencillo "puede ser".

Pocos días después el caballo regresó trayendo consigo dos yeguas salvajes que había encontrado en las montañas.

Enterados los aldeanos acudieron de nuevo, esta vez a darle la enhorabuena y comentarle su buena suerte, a lo que él volvió a contestar: "puede ser".

Al día siguiente, el hijo del granjero trató de domar a una de las yeguas, pero está lo arrojó al suelo y el joven se rompió una pierna. Los vecinos visitaron al herido y lamentaron su mala suerte; pero el padre respondió otra vez: "puede ser".

Una semana más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejercito. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Al atardecer, los aldeanos que habían despedido a sus hijos se reunieron en la taberna y comentaron la buena estrella del granjero, más este, como podemos imaginar, contesto nuevamente: "puede ser".

*Este es un cuento taoísta muy conocido, y nos muestra una enseñanza valiosa para la vida: En la vida suceden cosas a pesar de nuestros deseos de que sucedan o no. A veces nos volvemos tristes cuando las cosas no salen como queremos, y viceversa. Nuestro estado de ánimo depende del exterior, en cambio, la felicidad se encuentra en el interior.

La mecha y el ladrón.

Un hombre oyó una noche que alguien andaba por su casa. Se levantó y, para tener luz, intentó sacar chispas del pedernal para encender su mechero. Pero el ladrón causante del ruido, vino a colocarse ante él y, cada vez que una chispa tocaba la mecha, la apagaba discretamente con el dedo. Y el hombre, creyendo que la mecha estaba mojada, desistió y no logró ver al ladrón.

*En este cuento, la casa representa a nosotros mismos y el ladrón una idea nueva que no tiene porqué ser mala. El ladrón puede llevarse cosas a las que estamos aferradas y que aunque no lo creamos, puede ser mejor que desaparezcan. Si crees que no necesitas aferrarte a algún tipo de comportamiento, idea, conclusión, etc. desprenderte y déjalo que desaparezca.

El músico Wen aprende a tocar el laúd.

Hace mucho tiempo había un músico que podía encantar a pájaros y peces haciéndolos bailar con su música. Un músico que tocaba el laúd llamado Wen, del reino de Cheng, oyó esta historia y quiso aprender esa habilidad. Así pues, abandonó a su familia y se fué a estudiar con el maestro músico Hsiang.

Durante mucho tiempo, Wen no pudo tocar nada. Sus dedos se agarrotaban y cada vez que tomaba el laúd no era capaz de tocar. Después de tres años no había aprendido nada. "Deberías volver a tu casa"- le dijo el maestro.

Wen puso su laúd en el suelo, asintió y dijo: "No es que no haya aprendido ninguna canción o que no pueda afinar mi instrumento adecuadamente. Lo que ocurre es que no puedo tocar desde mi corazón y por ello la música nunca se ha convertido en parte de mí. Esta es la razón por la que no me puedo animar a tocar. Déjame descansar un poco y veamos qué ocurre."

No mucho después, Wen volvió a su maestro.
-¿Cómo te va con tu música?- le preguntó el maestro.
- Creo que he dado un salto adelante. Déjame que te lo muestre.

Wen tomó el laúd y con suavidad acarició la cuerda llamada Otoño. Aunque era primavera soplaba un viento fresco, y las hojas crujían mecidas por la brisa de otoño, y el cielo estaba brillante y sin nubes. Después, en otoño, tocó la cuerda llamada Primavera y se produjo una suave brisa. Cayó una lluvia cálida y se abrieron las flores. En medio del verano, Wen tocó la cuerda llamada Invierno, y de repente cayó nieve y los ríos helaron. Cuando llegó el invierno, tocó la cuerda llamada Verano. Inmediatamente brilló el sol con fuerza, desapareció la nieve y se fundió el hielo de los ríos.
Finalmente, cuando tocó la última cuerda junto con todas las demás, sopló una brisa refescante, aparecieron flotando nubes celestes, cayó un dulce rocío en el suelo y brotaron manantiales fragantes.
El maestro músico Hiang se golpeó el pecho exclamando: - Tu música supera con mucho cualquier palabra que pueda describirla. Los mejores músicos tendrán que aprender de tí a partir de ahora.-

*Mucha gente busca la felicidad en cosas externas, en apariencias, en cosas materiales, en tener este coche, un piso más grande o ir a la última. Pero esto no va a aportar una felicidad duradera. La paz interior, nuestra esencia es parte de la claridad de la naturaleza y por tanto de la felicidad permanente.

El caracol y los monjes taoístas.


Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto uno de los dos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino. Su compañero estaba a punto de aplastarlo sin darse cuenta cuando le contuvo a tiempo. Agachándose, recogió al animal. "Mira, hemos estado a punto de matar este caracol, y este animal representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Este caracol debe sobrevivir y continuar sus ciclos de reencarnación." Y delicadamente volvió a dejar el caracol entre la hierba.

"¡Inconsciente!", exclamó furioso el otro monje. Salvando a este estúpido caracol pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto cuidado. Por salvar no sé qué vida destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos.

Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso: "Vamos a contarle este caso al gran sacerdote, él será lo bastante sabio para decidir quien de nosotros dos tiene la razón."

Se dirigieron entonces al gran sacerdote, seguidos siempre por el tercer monje, a quien había intrigado el caso. El primer monje contó que había salvado un caracol y por tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza, y luego dijo: "Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien". El segundo monje dio un brinco. "¿Cómo? ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno? Al contrario, había que aplastar al caracol y proteger así ese huerto gracias al cual tenemos todos los días buenas cosas para comer. El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo "Es verdad. Es lo que convendría haber hecho. Tienes razón."

El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó. "¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿Cómo pueden tener razón los dos?" El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y dijo: "Es verdad. También tú tienes razón."

* Siempre queremos respuestas, queremos decir esto es blanco o esto es negro. Pero en la realidad nada es blanco o negro. Una cosa no esta bien o esta mal. Queremos catalogar las cosas, definirlas y clasificarlas. Pero cuando las clasificamos, se nos escapan todos los matices grises que hay entre el blanco y el negro.


Este cuento esta extraído del libro "El día de las hormigas". Ed. Plaza & Janés. 1994

El picapedrero y el deseo.

Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza, aunque siempre anhelaba con deseo convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: se había convertido en un rico mercader.

Esto le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces pidió de nuevo ser así y su deseo le fue también concedido. Al poco tiempo se cercioró de que debido a su condición se había creado muchos enemigos y sintió miedo.

Cuando vio cómo un feroz samurai resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de un arte de combate le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Así que quiso convertirse en un respetado samurai y así fue.

Sin embargo, aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Un día se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: "él si que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡ Quiero ser el sol !".

Cuando logró su propósito, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser.

Así, se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable. Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca ! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo.

Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picador de piedra que era en un principio.

Hoja de jade.

Había un hombre que pasó tres años esculpiendo un trozo de jade para darle forma de hoja. Presentó su obra maestra al príncipe, que quedó muy impresionado y lo contrató.

La hoja parecía tan real que si se la ponía entre hojas de verdad no se la podía distinguir. Todo el mundo señalaba que era una obra de arte muy hermosa.


Sin embargo, cuando Lie Tze tuvo noticia de ello, dijo humorísticamente: "Si la Naturaleza necesitara tres años para hacer una hoja, tendríamos problemas."
Así pues, el sabio sabe que por mucho que imitemos a la naturaleza, esta continúa haciéndolo mejor.

La tortuga sagrada.

Chuang-tse paseaba por las orillas del río Pu. El rey de Chou envió a dos altos funcionarios con la misión de proponerle el cargo de Primer Ministro. La caña entre las manos y los ojos fijos en el sedal, Chuang-tse respondió: «Me han dicho que en Chou veneran una tortuga sagrada, que murió hace tres mil años. Los reyes conservan sus restos en el altar familiar, en una caja cubierta con un paño. Si el día que pescaron a la tortuga le hubiesen dado la posibilidad de elegir entre morir y ver sus huesos adorados por siglos o seguir viviendo con la cola enterrada en el lodo, ¿qué habría escogido?». Los funcionarios repusieron: «Vivir con la cola en el lodo». «Pues ésa es mi respuesta: prefiero que me dejen aquí, con la cola en el lodo, pero vivo.»

Espejo mágico.

ESPEJO MÁGICO.
Iruku había querido mucho a su padre. Ahora, el anciano se había reunido con los antepasados. A menudo, cuando trenzaba una carta de bambú, Iruku pensaba: Si mi mujer no hubiese sentido anta aversión por mi honorable padre, el hubiera sido más feliz en vida. Yo no hubiera vacilado en mostrarle mi afecto, mi respeto filial. Habríamos tenido largas y dulces conversaciones. Me habría contado cosas de la gente y cosas del pasado... Y así lo embargaba la melancolía.
Un día de mercado, Iruku el cestero, terminó su reserva de cesta más rápido que de costumbre. Se paseaba desocupado entre los puestos cuando vió que había un comerciante chino que solía vender objetos extraños. "Acércate Iruku - dijo el comerciante - mira que cosa más extraordinaria tengo". Y con aire de misterio extrajoun objeto redondo y plano, cubiertos con un paño de seda. Lo puso entre las manos de Iruku y, con cuidado, quitó el paño. Iruku inclinó la cabeza sobre una superficie pulida y brillante. Reconoció en su interior la imagen de su padre, tal y como lo había visto en sus tiempos juveniles. Emocionado, exclamó: "!Este objeto es mágico!- Sí- dijo el comerciante - lo llaman espejo y es valiosísimo". Pero la fiebre poseía a Iruku : " ! Te ofrezco todo lo que tengo encima - dijo-. Quiero este espejo mágico y llevarme a casa la imagen de mi amado padre. Tras largas discusiones, Iruku, dejó en el puesto del comerciante todo lo que había ganado en toda la mañana.
En cuanto llegó a casa, Iruku se fué al granero y ocultó la imagen de su padre en un cofre. Durante los días siguientes desaparecía, subía al granero y sacaba del cofre el espejo mágico. Se quedaba largos momentos contemplando la imagen venerada y se sentía feliz. Su mujer no tardó en darse cuenta de su extraña conducta. Una tarde, cuando el dejó un cesto a medio hacer, ella lo siguió. Vio que subió al granero, buscaba el cofre, sacaba un objeto desconocido, y lo miraba largamente adoptando un aire de misterioso placer. Luego lo cubría con un paño y volvía a guardarlo con gestos amorosos. La mujer, intrigada, esperó a que se fue Iruku, abrió el cofre, encontró el objeto, apartó el paño de seda, miró y vió: " Una mujer". Furiosa, bajo e increpó a su marido,"! Así que me engañas lléndote al granero a contemplar a una mujer diez veces al día en el granero!"
-!Que no!- dijo Iruku,- no te quería hablar de eso porque tu no apreciabas mucho a mi padre, pero lo que voy a ver es su imagen, y eso apacigua mi corazón.
-!Miserable mentiroso!- vociferó la mujer-. !La he visto con mis ojos!!Lo que tienes escondido en el granero es una mujer!
-! Te aseguro que ... !
La discusión se fue envenenando y estaba haciéndose infernal, cuando llamó a la puerta una monja. La pareja le pidió que hiciese de arbitro. La monja subió al granero, volvió y dijo: - "!Es una monja!".