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NASRUDÍN VISITA LA INDIA



El célebre y contradictorio personaje sufí Mulla Nasrudín visitó la India. Llegó a Calcuta y comenzó a pasear por una de sus abigarradas calles. De repente vio a un hombre que estaba en cuclillas vendiendo lo que Nasrudín creyó que eran dulces, aunque en realidad se trataba de chiles picantes. Nasrudín era muy goloso y compró una gran cantidad de los supuestos dulces, dispuesto a darse un gran atracón. Estaba muy contento, se sentó en un parque y comenzó a comer chiles a dos carrillos. Nada más morder el primero de los chiles sintió fuego en el paladar. Eran tan picantes aquellos “dulces” que se le puso roja la punta de la nariz y comenzó a soltar lágrimas hasta los pies. No obstante, Nasrudín continuaba llevándose sin parar los chiles a la boca.

Estornudaba, lloraba, hacía muecas de malestar, pero seguía devorando los chiles. Asombrado, un paseante se aproximó a él y le dijo:

  --Amigo, ¿no sabe que los chiles sólo se comen en pequeñas cantidades?

  Casi sin poder hablar, Nasrudín comento:

  --Buen hombre, créeme, yo pensaba que estaba comprando dulces.

  Pero Nasrudín seguía comiendo chiles. El paseante dijo:

  --Bueno, está bien, pero ahora ya sabes que no son dulces. ¿Por qué sigues comiéndolos?

  Entre toses y sollozos, Nasrudín dijo:

  --Ya que he invertido en ellos mi dinero, no los voy a tirar.

* Realmente este no es un cuento de la tradición hindú, aunque hable de la India. Se trata más bien de un cuento de la filosofía Sufí. Nasrudín es protagonista de muchas de estas historias.

Pero bueno, el cuento nos da un ejemplo de lo que no debemos hacer. Si nos equivocamos, es mejor darse cuenta y arreglar el error, no sirve de nada seguir insistiendo y menos aun si nos es perjudicial. Tenemos el derecho a equivocarnos.

EL ÁRBOL QUE NO SABÍA QUIEN ERA.



Había una vez en un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales,... Todo era alegría en el jardín y todos estaban muy satisfechos y felices. Excepto un árbol que se sentía profundamente triste. Tenía un problema: no daba frutos.
-No sé quién soy... -se lamentaba-.
-Te falta concentración... -le decía el manzano- Si realmente lo intentas podrás dar unas manzanas buenísimas... ¿Ves qué fácil es? Mira mis ramas...
-No le escuches. -exigía el rosal- Es más fácil dar rosas. ¡¡Mira qué bonitas son!!
Desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero como no conseguía ser como los demás, cada vez se sentía más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:
-No te preocupes. Tu problema no es tan grave... Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior...
¿Mi voz interior?... ¿Ser yo mismo?... ¿Conocerme?... -se preguntaba el árbol angustiado y desesperado-. Después de un tiempo de desconcierto y confusión se puso a meditar sobre estos conceptos.


Cuentos orientales
Finalmente un día llego a comprender. Cerró los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior susurrándole:
"Tú nunca en la vida darás manzanas porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada
primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, dar nido a las aves, sombra a los viajeros, y belleza al paisaje. Esto es quien eres. ¡Sé quien eres!, ¡sé quien eres!..."

Poco a poco el árbol se fue sintiendo cada vez más fuerte y seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que en el fondo era. Pronto ocupó su espacio y fue admirado y respetado por todos.
Solo entonces el jardín fue completamente feliz. Cada cual celebrándose a sí mismo.

* Precioso cuento de corte zen y taoista pero que podría copiar cualquier libro de autoayuda. Por que la frase "sé tú mismo", es fácil de decir, pero difícil de llevar a cabo, requiere una mente sincera, valiente y afinada. Primero porque se ejerce presión desde fuera bien de forma sutil como de forma directa...  y como al roble se le decía en el cuento que tenia que dar manzanas o florecer, en la vida real se nos dice como tenemos que ser, a qué debemos llegar y como tenemos que comportarnos. Y segundo, porque quizá ya hemos interiorizado esas "reglas" y pensamos que son nuestras. Pero nosotros somos cambiantes, un día estamos alegre y otro triste, un día optimista y otro pesimista, un día lloras y otro ríes a carcajadas. Aceptate, tanto en lo bueno como en lo malo... y en lo malo, reside la dificultad.

LA PACIENCIA.

Un joven acababa de aprobar las oposiciones de mandarín. antes de tomar posesión de su primer destino oficial organizó una fiesta con sus condiscípulos para celebrar el acontecimiento. Durante la velada, uno de sus amigos que ocupaba un cargo desde hacía algún tiempo, le dio un consejo:

-Sobre todo, no olvides esto: la mayor virtud del mandarín es la paciencia.

El funcionario novato saludó respetuosamente al veterano y le agradeció cordialmente esta preciada recomendación.

Un mes más tarde, durante un banquete, el mismo amigo le recomendó una vez más que se esforzase mucho en la paciencia. Nuestro joven letrado le dio las gracias con una sonrisa divertida.

Al mes siguiente, se cruzaron en los pasillos cubiertos con fieltro de un ministerio. El veterano agarró por la manga al principiante, se lo acercó de un tirón y le sopló al oído su sempiterno consejo. Contraviniendo la acolchada etiqueta que era de rigor en los edificios oficiales, el otro retiró bruscamente su manga de seda y exclamó:

-¿Me tomas por un imbécil o qué? ¡Es la tercera vez que me repites lo mismo!

Mientras un cortejo de dignatarios indignados se volvía, el mentor declaró:

_ ¿Ves?, hago bien en repetirlo. ¡Mi consejo no es tan fácil de poner en práctica!

* Quizá es un cuento sencillo, pero dentro encontramos algo muy valioso. La paciencia es una virtud, y esta debe desarrollarse y entenderse. Es fácil ser paciente cuando sabemos que algo terminará, pero la paciencia que se debe tener cuando algo no es seguro, cuando no sabemos como acabará o porque no es de nuestro agrado, eso es la paciencia que realmente nos inquieta. Probablemente, el funcionario novato, no hubiera reaccionado de la misma manera si hubiera sabido que la tercera vez que le aconsejaba el veterano iba a ser la última. Pero ante la perspectiva de que se vuelva a repetir hasta no saber cuando, es lo que realmente le enfureció.

HISTORIA DEL CANTOR.

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Se cuenta que al comienzo Dios creó primero los animales, y después al hombre.

Una vez creado, el perro se dirigió a Dios y le preguntó:
- ¿Qué haré yo en la vida, buen Señor?
- Tendrás un amo que te golpeará si no le obedeces, roerás huesos y ladrarás a la Luna.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de perro durante setenta años? Con quince me sobra.
- De acuerdo –dijo el Señor.

Luego, Dios creó el caballo. Una vez creados, el caballo se dirigió a Dios y le preguntó:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, caballo, acarrearás pesadas cargas y, como recompensa, te darán latigazos.
- ¿Y cuánto tiempo viviré?
- Setenta años.
- ¡Setenta años! ¿Llevar una vida de caballo durante setenta años? Con veinticinco me sobra.
- De acuerdo –dijo el señor.

Después, Dios creó un cantor de sinagoga. Una vez creado, el cantor se dirigió a él y dijo:
- Y yo, buen Señor, ¿qué haré en la vida?
- Tú, cantor, cantarás en la sinagoga. Cantarás en todas las bodas, en los bar-mitzvab, en las circuncisiones, cantarás en todas nuestras festividades. Y cada vez que abras la boca, todo el mundo se extasiará ante ti. Tu vida será una larga sucesión de alegrías sin fin.
- ¿Y cuánto tiempo viviré, Señor?
- Setenta años.
- Setenta años… ¿solo? Buen Señor, concédeme vivir al menos ciento veinte años.
- De acuerdo – asintió el Señor.

Pero ¿ de dónde pensáis que tomó el Señor los años suplementarios que le pedía al cantor? Pues de los que inicialmente había señalado al perro y al caballo.
Entonces, si os sucede que tenéis que escuchar a un cantor de más de setenta años, no os extrañéis de que  aúlle como un perro. Y si le invitáis a comer, no os extrañéis de que engulla como un caballo.

* Curioso cuento que habla con cierto humor del origen del cantor de la sinagoga. Un hombre que canta, pero a veces, sobre todo de mayor, no lo hace del todo bien. Un cuento que narra sobre la tradición judía.

¿SABEN DE QUÉ LES VOY A HABLAR?

Esta historia comienza cuando Nasrudin llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudin, que en verdad no sabia que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo:

-No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!

Nasrudin contestó:

-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber que es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudin se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota uno repite: "¡si, claro, qué inteligente!". Y entonces, todos empezaron a repetir:

-Qué inteligente.
-Qué inteligente.

Hasta que uno añadió:

-Si, qué inteligente, pero... qué breve.

Y otro agrego:

-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudin. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudin dijo:

-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

-¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudin insistía en que no tenia nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudin accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudin se paró frente al público e insistió con su técnica:

-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

-Si, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudin bajó la cabeza y entonces añadió:

-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

-¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", el resto comenzó a decir:

-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

-Qué maravilloso
-Qué espectacular
-Qué sensacional, qué bárbaro

Hasta que alguien dijo:

-Si, pero... mucha brevedad.
-Es cierto- se quejó otro
-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudin para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudin dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenia que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudin aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:

-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

-Algunos si y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudin con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

-En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben.

Se levantó y se fue.


* Por esto me gustan los cuentos de Nasrudin, son simpáticos, graciosos, son simples, y en cada caso nos describe una situación cómica para mostrarnos una realidad. La estupidez de las masas es muy grande. Cuando se encuentra en grupo, empieza a seguir al grupo dejando al lado el pensamiento crítico. En ese seguir, se busca seguir a alguien, a una idea, a una religión... perdiendo así la capacidad de pensar, de entender, de sentir, etc...

BUSCANDO A BUDA.

Un monje partió a un largo peregrinaje para encontrar al Buda.

Dedicó muchos años a su búsqueda hasta que finalmente alcanzó la tierra donde se decía que el Buda vivía.

Mientras cruzaba el río a ese país el monje miraba alrededor, al tiempo que el barquero remaba.

Notó algo flotando hacia ellos.

A medida que se acercaba, se dio cuenta que era el cadáver de una persona.

Cuando estuvo tan cerca que podía casi tocarlo, reconoció repentinamente el cuerpo muerto, ¡era el suyo!.

Perdió el control y se lamentó al mirarse, inmóvil y sin vida, arrastrado a lo largo de la corriente del río.

Ese momento fue el principio de su liberación.

* ¿De qué hay que liberarse? ¿Quién nos pone las barreras, las obligaciones o nos encierra en una cárcel?

Nosotros mismos. La persona que más trabas va a poner a nuestra libertad va a ser unos mismo. Nosotros, mediante la culpa, mediante la "educación", mediante el debería que esconde el miedo, somos capaces de escondernos detrás de un gran muro que iremos cerrando poco a poco para que aquel muro que nos da seguridad, resulte ser una asfixiante cárcel. 
Decir que hay que ser valiente y romper con esa seguridad que nos aprisiona es fácil. Pero la realidad, es que es la única forma, es que si deseas vivir, únicamente existe el presente, y hay que desechar nuestro vagaje emocional.

LADRÓN DE HACHAS.

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer! El hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros, había desaparecido… ¡sin duda robada!

La cólera –esa breve locura–, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón… ¡que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su tranquera a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador que tenía la osadía de venir a burlarse de él. Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, ¡que debía de haberse caído hacía poco de su carreta…!

* Magnífico cuento clásico taoísta que nos cuenta y nos habla de cómo proyectamos nuestras ideas, nuestros prejuicios, nuestras ideas preconcebidas hacia la realidad que vemos, modificando esta hacia aquello imaginado.

Es esencial ver nuestros prejuicios y ser consciente de ellos para que no nos influyan en nuestro aprender diario. 

EL CHISMOSO ARREPENTIDO.

Relatan los sabios sobre un judío que era conocido en su comunidad como el chismoso comunitario; él acostumbraba a contar y chismear sobre cualquier tema, o cualquier persona, hasta que logró recibir el título negativo de chismoso profesional. Este chismoso era centro de información comunitaria; Después de años de hablar negativamente y de chismear, sin duda alguna complicó la vida de mucha gente, destruyó hogares. Decidió que había llegado la hora de hacer Teshuvá, de arrepentirse sobre todo lo que habló, actuó, chismeó y por lo tanto se dirigió al Rabino comunitario para que le ayudara en su proceso de arrepentimiento. El Rabino quién conocía al chismoso profesional, le preparó un plan de arrepentimiento, y como primera etapa de la Teshuvá le dijo “debes ir al lugar en el que degüellen pollos, Llenar dos sacos de plumas y regresar conmigo”.

El chismoso pensó que básicamente era fácil: sólo reunir y llenar dos sacos de plumas no era gran trabajo. Así que fue, lo hizo tal cual se lo habían mandado. Fue al matadero de pollos, lleno dos sacos de plumas y regresó muy contento donde el Rabino, pensando que ya había culminado su proceso de arrepentimiento; él no sabia que había una segunda etapa.

El rabino le dijo, que en la segunda etapa debería ir a tomar los dos sacos llenos de plumas, esparcirlas en las calles de la ciudad y después regresar. Sin otra opción, al chismoso le tocó cumplir lo que dijo el Rabino, pensando en la vergüenza y la humillación que tendría al tirar las plumas en las calles de la ciudad, como enmienda de los pecados graves por ser chismoso, hablar mal, y poner apodos, lo cual había hecho durante muchos años.El “chismoso” cumplió la orden del Rabino y al terminar, regresó contento pensando que su expiación de pecado y su proceso de arrepentimiento había terminado. El Rabino le sorprendido dándole una tercera orden como parte del proceso; tomar los dos sacos vacíos, e ir por toda la ciudad, de calle en calle, de casa en casa y de techo en techo recogiendo las plumas que había echado al aire. El chismoso perdió la paciencia y fue tan grande su coraje que explotó diciendo al Rabino que era imposible recoger todas las plumas; “unas puedo, pero todas imposible, muchas de ellas el viento las llevó a otras ciudades, otras se irán a los río, y los ríos las llevarán al mar y el mar, quien sabe a dónde las llevará”, no lo puedo hacer Rabino… es imposible.

Esto es lo que esperaba escuchar le dijo: sí, tienes razón, es imposible recoger todas las plumas, así mismo es imposible recoger todos los chismes, el mal nombre y la habladuría habla, que usted hizo durante años en la comunidad y en esta ciudad y en otras, los mensajes y las mentiras que usted dijo han llegado a cualquier lugar del mundo, ha destruido hogares, formado peleas y divorcios entre otros. Ahora ¿cómo quieres corregir y perfeccionar todo el daño que has hecho?

De todas maneras dijo el Rabino al ex chismoso: reza a Dios, arrepiéntete de corazón comienza el proceso, no importa que sea largo, no importa que largo sea, suplica a Dios con lágrimas, ya que ellas simbolizan el arrepentimiento y él, seguro que te va orientar el camino y la manera de perfeccionar tus acciones.


* El chismorreo es una de las cosas que cualquier religión condena y aconseja no preparar. Si bien es cierto que esto es solo un cuento y no presenta ningún análisis sobre este, es evidente que el chismorreo es una forma de hacer daño, bien al que los cuenta, al quien los escucha y al protagonista del chisme.

El cuento hace énfasis en esto, en que dado que el chismoso se arrepiente al ver el daño que ha hecho, intenta solucionarlo, pero el sabio le muestra que tan difícil es y como han repercutido sus actos. La solución del rabino es pues el arrepentimiento ante Dios.

LA FARMACIA.

Nasrudín estaba sin trabajo y preguntó a algunos amigos a qué profesión podía dedicarse. Ellos le dijeron:
-A ver Nasrudín... Tú eres un hombre muy capaz y sabes mucho sobre las propiedades medicinales de las hierbas. Podrías abrir una farmacia..
Nasrudín volvió a su casa, le estuvo dando vueltas a la cuestión durante unos días, y finalmente se dijo: "Sí, es una buena idea, creo que soy capaz de ser farmacéutico". Claro que Nasrudín estaba pasando por una época en la que deseaba ser muy prominente e importante. "No solo abriré una farmacia que se ocupe de
hierbas. Abriré un establecimiento enorme y produciré un gran impacto...".

Entonces compró un local, instaló los estantes y vitrinas, y cuando llegó el momento de pintar la fachada colocó un andamio, lo cubrió con sábanas, y se puso a trabajar sin que nadie pudiera ver nada. A nadie le dejó ver cómo estaba pintando la fachada y qué nombre pondría a la farmacia.
Después de unos días distribuyo panfletos que decían: "Mañana es el gran día. Inauguración: mañana a las 9".

Todas las personas del pueblo y de los pueblos de los alrededores vinieron y se concentraron expectantes frente a la farmacia.
A las 9 en punto salió Nasrudín y, con gesto teatral, sacó la sábana que cubría la fachada de la tienda. La gente que allí estaba vio un gran cartel que decía:

"FARMACIA CÓSMICA Y GALÁCTICA DE NASRUDÍN".
Debajo, con letras más pequeñas: "Armonizada con influencias planetarias".

La gran mayoría de personas que asistieron a la inauguración quedaron muy impresionadas. Aquel día hizo mucho negocio, la gente no dejaba de comprar. Por la tarde el maestro de la escuela del pueblo le visitó y le dijo:
-Francamente Nasrudín, estas afirmaciones que usted hace son un poco dudosas...
-¿Dudosas por qué? -respondió Nasrudín-.
-Eso de cósmica y galáctica, y armonizada con influencias planetarias, francamente...
-No, no, no, no... -dijo Nasrudín- Todas las afirmaciones que yo hago sobre las influencias planetarias son absolutamente ciertas. Cuando sale el sol, abro la farmacia. Cuando el sol se pone, la cierro.

*Los cuentos del Nasrudín, típicos de la tradición sufí, siempre tienen matices humorísticos. Nasrudín, un hombre inteligente y práctico que viendo las cosas tal y como son, no se deja llevar por cosas extrañas y heterogéneas. Vive el aquí y ahora, y quizá sea esa la enseñanza más importante que nos puede ofrecer.

VIVIR EL PRESENTE.


Un hombre se le acercó a un sabio anciano y le dijo: -Me han dicho que tú eres sabio…. Por favor, dime qué cosas puede hacer un sabio que no está al alcance de las demás de las personas. El anciano le contestó: cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo. Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio, le contestó el hombre, sorprendido. Yo no lo creo así, le replicó el anciano. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

* Qué más podemos decir de este sencillo cuento que ya nos explica la lección que quiere darnos. Vive el presente, si estás ansioso vives en el futuro y si te encuentras deprimido, vives en el pasado. No es tan fácil pues vivir el presente, porque pensar en aquello que nos va a pasar, nos hace sentir seguros... y salir de nuestra zona de confort... como que no suele apetecernos.

QUE LLUEVA QUE LLUEVA.



En un lugar de la Tierra llamado África, vivía un niño llamado Jambó. Desde muy pequeño Jambo había aprendido los cantos mágicos de su abuelo y maestro, Abú.

Contaba la leyenda, que cuando el maestro Abú subía a la montaña y cantaba a los dioses la canción “Que llueva que llueva“, conseguía que durante unas horas estuviera lloviendo en todo el continente africano.

A Jambó le habían explicado desde muy pequeño que en el lugar en que vivía él y toda su familia, era un lugar muy seco ya que llovía muy poco, y por eso había sequía, y muy poca agua. Así que desde muy pequeño Jambó supo lo importante que era cuidar el agua y no derrocharla.

Un día, Jambó iba paseando por medio del desierto y se encontró con una lagartija de color amarillo, ya que estaba camuflada, pues apenas se distinguía del suelo. Esto lo hacían para protegerse de otros animales.

– ¿Qué te pasa lagartija? no tienes buena cara…, le preguntó Jambó con preocupación.

– No puedo moverme de aquí porque no tengo fuerzas, llevo días sin beber ni una gota de agua, este verano está siendo muy duro para mí jovencito.., le respondió la lagartija.

– Yo te llevaré conmigo, intentaremos conseguir algo de agua.

Jambó llevó a la lagartija amarilla a un pequeño charco de agua para que pudiera beber, y después la dejó bajo unos pequeños matorrales donde daba la sombra.

Rápidamente Jambó fue a ver a su abuelo Abú, para decirle que debían de ir a cantar a los dioses a la montaña para que volviera a llover, pues los animales estaban en peligro, ya no quedaba casi agua.

Así que juntos subieron a la montaña y comenzaron a cantar la canción “Que llueva que llueva…”.

Los dioses escucharon cantar a Abú y Jambó, y a los pocos minutos comenzó a llover en África.

Así, gracias a la canción de la lluvia, en África había agua para que todos los seres vivos que allí vivían pudieran sobrevivir.

* Se nota que este cuento africano está hecho para niños. Nos enseña que debemos ser sensibles a nuestro alrededor, nos hace sentirnos responsables de los animales y las plantas de todo el mundo. Que la felicidad individual, no está separada de la felicidad que todos los seres vivos que nos rodean.

LAS LLAVES DE LA FELICIDAD.



En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una gran broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra.
Para llevar a cabo la gran broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.

-Las esconderemos en las profundidades de los océanos -decía uno de ellos-.
-Ni hablar -advirtió otro-. El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.
-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes -dijo otro de los presentes-.
-No -replicó otro-. Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.
-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? -dijo otro-.
-De ninguna manera -replicó un compañero-. No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.
-¡Ya lo tengo! -dijo uno que hasta entonces no había dicho nada-. Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.
-Tonterías -replicó otro de los presentes-. Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:
-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar en que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo de suponer o imaginar...
-¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde? -preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios-.
-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y en consecuencia tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón.

Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

* Sinceramente, dudo que este cuento esté dentro de la tradición Zen, pero había que clasificarlo de alguna manera.
Muchos hombres han buscado la felicidad de muchas manera, sin darse cuenta que la búsqueda misma nos aleja de la felicidad. Tampoco hay que confundir felicidad con placer, porque la búsqueda del placer es una huida de nosotros mismos. La felicidad es más bien ser realista y estar satisfecho con uno mismo.

CABALGAR EL VIENTO.



De su propio maestro Lao-sciang-scie, y de su propio amigo Pai-cao-zé, Lie-tzu aprendió el arte de cabalgar el viento (estados interiores de concentración). Yinn-scieng se enteró y yéndose a vivir con él, con la intención de aprender este arte, asistía a sus reuniones de concentración, las que lo privaban de los sentidos por un tiempo considerable. Muchas veces le pidió la técnica, pero siempre se encontró con su negativa. Disgustado, pidió permiso para partir. Lieh-tzu no respondió. Yinn-scieng se fue. Pero, consumido siempre por el mismo deseo, en el espacio de unos meses retornó a Lieh-tzu. Este le preguntó: ¿Por qué te has ido? ¿Y por qué has regresado?

Yinn-scieng respondió:

—Has respondido negativamente a todos mis pedidos; llegué a sentir rencor hacia ti y me fui; ahora que mi resentimiento ha desaparecido, he retornado.

Lieh-tzu contestó:

—Te creía de ánimo más equilibrado, ¿es posible que tu naturaleza sea tan baja? Te contaré como he sido formado por mi maestro. He llegado a él por un amigo. Pasé tres años enteros en su casa, empeñado en domar mi corazón y mi lengua, sin que él me concediese una sola mirada. Como progresaba, luego de cinco años me sonrió por primera vez. Como seguía progresando, después de siete años me hizo sentar en su estera ritual. Transcurridos nueve años de esfuerzos finalmente perdí toda noción de sí o de no, de ganancia o pérdida, de la superioridad de mi maestro y de la amistad con mi condiscípulo. En este punto el uso específico de mis diferentes sentidos fue reemplazado por un sentido general; mi espíritu se condensó, mientras el cuerpo perdía densidad; los huesos y la carne se licuaron (se sutilizaron); perdí la sensación de peso al sentarme, de sostenerme sobre mis pies (levitación); y finalmente partí, dejándome llevar libremente por el viento, hacia el Este, hacia el Oeste, en todas las direcciones, como una hoja seca llevada [por el viento] sin poder darme cuenta si era el viento el que me llevaba o si era yo quien cabalgaba el viento. He aquí el largo ejercicio de despojo, de retorno a la naturaleza, a través del cual he debido pasar para alcanzar la concentración. Pero tú, que recién has tenido la oportunidad de llegar a un maestro, que todavía eres tan imperfecto como para impacientarte y ofenderte; tú, que eres rechazado por el aire y a quien la tierra todavía debe soportar el cuerpo grosero y pesado, ¿pretendes elevarte sobre el viento en el espacio?

Yinn-scieng se retiró confundido, no atreviéndose a responder nada.

*Como siempre, en la filosofía taoísta, se busca el acercamiento a la naturaleza. La naturaleza que forma parte de nosotros la apartamos por algo que creemos mejor, nuestro EGO. El que forma nuestras ansiedades, nuestras ambiciones, deseos y sufrimientos. Cuando el taoísta entiende esto  y lo experimenta se acerca a esa naturaleza perdida.

LA SABIDURÍA DE MAIMÓNIDES.

El famoso filósofo Maimónides era también el médico de cabecera del Rey egipcio. Los otros médicos estaban muy celosos, porque el Rey le tenía mucho respeto y una confianza sin límites. Por esta razón decidieron preparar su caída. 
Una vez los médicos discutieron con Maimónides en presencia del Rey, con la intención de demostrar que éste no tenía idea alguna de la ciencia médica. Ellos afirmaron que la ciencia médica puede incluso devolver la vista a aquellos que han nacido ciegos. Pero Maimónides afirmó que se puede curar a un hombre solamente en el caso de haber quedado ciego por accidente, o por alguna enfermedad. Sólo en este caso se puede prestar ayuda, pero no se puede ayudar a un ciego de nacimiento. 
¿Qué hicieron los médicos? Trajeron delante del Rey a un hombre ciego que atestiguó que él había nacido así. Le pusieron una pomada encima de sus ojos, y el hombre empezó a gritar ¡Ya puedo ver! 
El Rey ya estuvo por expresar su desconfianza a Maimónides, pero el médico sacó un paño rojo, lo puso delante de los ojos del ciego - que recuperó su vista - y le preguntó: "¿Qué tengo en mi mano?" 

"Un pañuelo rojo" - contestó el hombre. »

El Rey se dio cuenta en seguida que Maimónides tenía razón. Si el hombre era ciego de nacimiento, ¿cómo podía ser que conozca los colores? Inmediatamente expulsó a los médicos con humillación y vergüenza. 
Pero no sólo los no judíos querían poner a prueba la sabiduría médica de Maimónides, sino también sus hermanos de fe. 
Entre los muchos enfermos que vinieron a ver a Maimónides para pedir su ayuda, vino un buen día también el poeta Rabí Abraham Ibn Ezra, que era muy pobre. El no estaba enfermo, pero se disfrazó de tal manera que no se lo podía reconocer. Se puso en la fila de los pacientes y esperó a que Maimónides pasara delante de él, lo considere como enfermo y le prescribiera un medicamento. Quería poner a prueba a Maimónides y saber, si éste podría reconocer si él estaba, o no estaba enfermo. 
Maimónides pasó delante de la fila de los enfermos y le dio a cada uno un papelito en el cual había anotado el medicamento para su enfermedad. También Rabí Abraham Ibn Ezra recibió un papelito. Lo abrió con una sonrisa y allí estaba anotada una sola palabra: "kesef" - dinero. 
Reconoció Rabi Abraham que no se podía engañar a un hombre como Maimónides. 

* Estos cuentos me gustan porque aunque no están basados en hechos reales, sí que cuentan con personajes reales. Sabios, de todas las ciencias que marcaron las directrices del pensamiento actual. Humanistas que deseaban la verdad y la sabiduría. 

EL CUENTO DE LAS ARENAS.


 Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a  éstas.
    Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:

"el Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río"

    El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto. "Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino"

-¿Pero cómo esto podrá suceder?

     "Consintiendo en ser absorbido por el viento". Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?" "El viento", dijeron las arenas, "cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río"

-"¿Cómo puedo saber que esto es  verdad?"

   "Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un  pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."

-"¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?"

    "Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial." Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó --¿o le pareció?-- que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó:"Sí, ahora conozco mi verdadera identidad" El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron:"Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña" Y es por eso que se dice que el  camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

* Bonita alegoría de este cuento que quizá no sea para público infantil. De donde venimos y a donde vamos. El miedo a perder nuestra individualidad y a la muerte. No entendemos la muerte y no sabemos si nuestra individualidad, si nuestro Pepito, Jaimito, Marta, Laura, Maria, etc... volverá de nuevo. No obstante, olvidamos que nuestro origen y nuestro destino es el mismo y que algo bueno hay (Dios, naturaleza, o como queramos llamarlos) que nos creó y que volveremos a visitar.

EL BOTE.



Un hombre estaba remando en su bote corriente arriba durante una mañana muy brumosa.

De repente vio que otro bote venía corriente abajo, sin intentar evitarle. Avanzaba directamente hacia él, que gritaba:

- Cuidado! Cuidado!

Pero el bote le dio de pleno y casi le hizo naufragar.

El hombre estaba muy enfadado y empezó a gritar a la otra persona para que se enterara de lo que pensaba de ella. Pero cuando observó el bote más de cerca, se dio cuenta que estaba vacío.

* A veces los cuentos más cortos son los que más nos enseñan, y este, con unas pocas frases, nos muestra una de las enseñanzas más valiosas de la vida. El río representa la vida, que tiene su curso, el barco que baja con la corriente, son los acontecimientos de la vida que vienen hacia nosotros, que nos empeñamos en ir contracorriente. Cuando en la vida nos suceden cosas inesperadas es fácil que pensemos que tenemos mala suerte, que el destino nos ha jugado una mala pasada, y nos empeñamos en ver los acontecimientos según nos beneficien o no. Pero el universo tiene sus leyes, sus normas, y pensar que lo hace por nosotros es un verdadero error que nos puede sentir desgraciados.

EL HOMBRE LLAMADO NAMARASOTHA.



Había un hombre que se llamaba Namarasotha.  Era pobre y andaba siempre vestido de harapos.  Un día fue a cazar.  Al llegar al bosque, encontró un impala muerto.  Cuando se preparaba para asar la carne del animal, apareció un pajarito que le dijo:

          –  Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Continúa un poco más que lo que es bueno, estará allá.

El hombre dejó la carne y continuó caminando.  Un poco más adelante, encontró una gacela muerta.  Intentaba, nuevamente, asar la carne cuando apareció otro pajarito que le dijo:

Namarasotha, no se debe comer esa carne.  Siempre avanza, que encontrarás cosas mejores que eso.

El obedeció y continuó caminando hasta que vió una casa junto al camino.  Paró y una mujer que estaba al lado de la casa, lo llamó, pero el tuvo miedo de acercarse puesto que estaba muy harapiento.

            – ¡Ven aquí! – insistió la mujer.

Entonces Namarasotha se aproximó.

           – Entra, le dijo.

El no quería entrar porque era pobre.  Pero la mujer insistió y Namarasotha finalmente entró.

Ve a lavarte y ponte estas ropas, le dijo la mujer.  Y el se lavó y vistió pantalones nuevos.  Luego la mujer declaró.

           –  A partir de este momento, esta es tu casa.  Tu eres mi marido y de ahora en adelante, eres tu quien manda.

Y Namarasotha se quedo, dejando así de ser pobre.

Un cierto día había una fiesta a la que debían asistir.  Antes de partir a la fiesta, la mujer le dijo a Namarasotha:

            –  ­En la fiesta a la que vamos, cuando bailes, no debes mirar hacia atrás.

Namarasotha estuvo de acuerdo y partieron juntos. En la fiesta, bebió mucha cerveza de harina de mandioca y se embriagó.  Comenzó a danzar al ritmo de la batucada.  A cierta hora, la música estaba tan animada, que miró hacia atrás.  Y en ese propicio momento, volvió a estar como estaba antes de llegar a la casa de la mujer: pobre y haraposo.

* La interpretación de este cuento es bien explicada por Misosoafrica en su blog. En resumidas cuentas, el cuento es una historia que reafirma el valor de la experiencia, de la sabiduría de los ancianos y de la cultura popular.
Un hombre pobre en áfrica es un hombre sin mujer, sin tierra y sin hijos. El impala y la gacela representan a mujeres casadas que Namarasotha debe respetar y no "comer", y los pájaros son los sabios del poblado que le animan a encontrar una mujer sin ataduras.
El problema surge cuando Namarasotha no sigue los consejos de la mujer, la tradición de su poblado y se gira cuando baila, es entonces cuando vuelve a ser pobre. 

EL ELEFANTE Y LOS SEIS CIEGOS.



En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema. 
El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

*El origen de este cuento es incierto, ya que algunos lo consideran extraído del hinduísmo, otros lo encasillan dentro de la tradición budista.
El cuento es un claro ejemplo de que vemos nuestro mundo a través de nuestros filtros.... como se dice normalmente: depende del cristal con que se mire. Cada uno saca conclusiones según sus experiencias, y esas conclusiones modificarán el mundo. Lo ideal es pues ver el mundo quitándonos todos los filtros, para ver la realidad tal y como es.

EL ARQUERO Y EL MONJE ZEN.

Después de ganar varias competencias de tiro al blanco, el joven y presumido campeón, desafió a un maestro del Zen famoso por su habilidad como arquero. El joven demostró una habilidad técnica muy buena cuando impactó el centro del blanco en su primer intento. Su segundo tiro era igual de perfecto y dijo al anciano:

- ¡Allí lo tiene! ¿Vea si puede igualar eso?

Imperturbado, el maestro no sacó su arco. Le hizo un gesto para que lo acompañara a la montaña.

Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió, hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un débil e inestable tronco.

El viejo maestro caminó tranquilamente hasta el centro del frágil y peligroso puente, escogió un lejano árbol como blanco, sacó su arco, y disparó un tiro limpio y directo.

- Ahora es su turno, – le dijo mientras regresaba distinguidamente hasta suelo seguro.

El joven miró con terror el abismo sin fondo y no pudo forzarse a caminar sobre el tronco, ni menos disparar al blanco.

- Usted tiene mucha habilidad con su arco, – dijo el maestro, notando el aprieto de su desafiante – pero tiene poca habilidad con la mente, que le deja aflojar el tiro.

* Que fácil es hacer el bien cuando nos encontramos bien. Nos es fácil ser amables, nos es fácil ser honestos, cariñosos, agradables, .... de hecho, todo eso nos sale de manera natural cuando nos encontramos bien. Pero cuando tenemos un problema, cuando sufrimos por él, nos retraemos, el Ego nos dice que nos protejamos, que nos aislemos en nosotros mismos: que no te molesten, no le des limosna que tu estás mal, no te fies de esa persona que te hará daño, ataca tu primero para evitar ser atacad... vamos, todo ese tipo de comportamientos que todos sabemos que hacemos de vez en cuando. Pues es ahí, en los puntos difíciles de nuestra vida donde debemos ser valientes, dejar el dolor apartado para no dañar al compañero ni a nosotros mismos y comportarnos como hermanos con todas las personas, todos los animales y todas las plantas.

EL TRIÁNGULO Y EL ÁNGULO RECTO.


Una tarde, al salir de la escuela, se encontraron en una sesión de yoga un triángulo y un ángulo recto. Con ropa más cómoda y uno delante del otro, empezaron a estirar para ir relajando sus cuerpos, moviendo sus lados rectos, vértices y ángulos; adoptando nuevas formas para ir volviendo a la propia al final de la sesión.

Hubo algo que llamó la atención al ángulo recto, ya que su vecino, el triángulo, no se esforzaba tanto como él, quien se exigía más y más para que su forma llegara a ser perfecta.

Su compañero jugaba con el cuerpo, parecía tan fácil, como un bailarín que a veces veía en la tele, había sencillez y concentración en su movimiento, de modo que no se daba cuenta de ser observado. Para colmo de su asombro surgió un momento mágico, el mundo se paró por unos instantes, observando el triángulo final, era como si flotara en el aire, una verdadera obra de arte.

Y así fueron pasando los días, hasta que por fin se decidió a hablar con él. De camino a 
casa siempre cogían el mismo tren. Se acercó a él y le dijo:

- Hola ¿Me conoces?
- Sí, te veo en las sesiones.
- Tengo curiosidad por preguntarte ¿cómo lo haces? Me refiero a que yo me esfuerzo mucho más que tú y no tengo tu resultado. No veo tensión en lo que haces.
- Pues no lo sé, pero creo entender a lo que te refieres: todo mi mundo está en ese momento, ya que lo vivo, me dejo llevar, lo disfruto. Sí es cierto que mis líneas son rectas, pero por dentro hay suavidad, sin tensión y lo mejor de todo es que me siento libre, como cuando soplas un diente de león y vuela por el aire.
- Pero oye, dime tú ahora, si el tren nos está llevando ¿por qué continuas cargado con tus 
mochilas?
Quedó pasmado: -pues tienes razón, no me había dado cuenta. Al dejarlas en el suelo sintió esa ligereza, esa libertad, con un ejercicio tan simple, dejar las bolsas en el suelo y fue entonces que se preguntó a sí mismo ¿Será esta sensación la que él vive? ¿Será esto lo que tengo que aprender?

No lo entendía muy bien aún, pero algo dentro de él le hizo llevarlo a la práctica, con menos rigidez y más espontaneidad. Y así fue el comienzo de una buena amistad.

*Este cuento Taoísta de Eva Juárez Ollé, nos enseña que de vez en cuando conviene quitarse de encima el peso de las obligaciones, de nuestras constumbres y nuestras opiniones. No hace falta ser Juanito o Felipa todo el rato, también podemos descansar y maravillarnos con la naturaleza que nos rodea... y si dejamos de ser Juanito o Felipa, podemos ser lo que nos rodea.