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LADRÓN DE HACHAS.

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer! El hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros, había desaparecido… ¡sin duda robada!

La cólera –esa breve locura–, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón… ¡que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su tranquera a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador que tenía la osadía de venir a burlarse de él. Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, ¡que debía de haberse caído hacía poco de su carreta…!

* Magnífico cuento clásico taoísta que nos cuenta y nos habla de cómo proyectamos nuestras ideas, nuestros prejuicios, nuestras ideas preconcebidas hacia la realidad que vemos, modificando esta hacia aquello imaginado.

Es esencial ver nuestros prejuicios y ser consciente de ellos para que no nos influyan en nuestro aprender diario.