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ANANI, LA PEQUEÑA GUERRERA.

Anani.

Eendag, lank gelede... (una vez hace tiempo….) en la sabana africana de Namibia, en un poblado rodeado de un cercado para protegerse de los animales, vivía ANANI.
Anani tenía 7 años y tenía que ayudar a su madre a cuidar a sus hermanos, recoger agua, hacer la comida, plantar en el huerto...

Como todas las niñas africanas tenía mucho trabajo y poco tiempo para divertirse pero era muy, muy lista.

¿Sabes que en la sabana llueve muy poco? Tan poco, tan poco que cuando Anani fue al pozo de su aldea a buscar agua para lavar a sus hermanitos ¡lo encontró seco!

Ni corta ni perezosa cogió un bidón y se encaminó a la puerta de la aldea para dirigirse al río y traer agua para sus hermanos solo que no pudo salir.¡ Había una hiena enorme esperando fuera y dispuesta atacar a cualquiera!.

¿Qué podía hacer? Todo el mundo había salido. Los hombres a cazar, las mujeres a recolectar... y ella no podía dejar tampoco solos a sus hermanos por si la hiena entraba pero, tampoco podía ir a por agua porque se la comería.

Anani se acordó de lo que le decía su abuelo: con confianza y valentía todo se logra. De este modo realizó unas máscaras terribles y feísimas que asustaran todo lo que pudieran.

A continuación, disfrazó a sus hermanos y a ella misma con ellas, como si fueran los guerreros más temibles de su pueblo (las hienas temían a los guerreros porque conocían su valentía y poder).

Cogió a sus hermanos, el bidón y una lanza y con paso firme y seguro se dirigó al río. De vez en cuando gesticulaba mucho, movía rápido sus faldas de paja y gritaba en voz alta para dar más miedo al animal.

¡Qué suerte !. La hiena los confundió con guerreros de verdad y se alejó trotando.

Pudo bañar a los niños tranquilamente en el río y, tras llenar el bidón de agua, regresó al poblado. Ya habían llegado todos y les contó su hazaña, aunque temblaba un poco porque había pasado mucho miedo. Los guerreros más fuertes fueron a dar caza a la hiena.

Mientras el resto cantaban y bailaban una canción para celebrar la valentía de Anani y pedir que lloviera. ¡Lluvia! ¡lluvia para África! ¡OE LELE, OE LELE!

* Precioso cuento africano que nos enseña que cuando queremos algo de verdad, nuestra imaginación, nuestra fuerza interior sale para ayudarnos. Anani no hubiera podido conseguir el agua para sus hermanos sino hubiera tenido la fuerza y confianza suficiente para hacer frente a la hiena.

EL ÁRBOL QUE NO SABÍA QUIEN ERA.



Había una vez en un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales,... Todo era alegría en el jardín y todos estaban muy satisfechos y felices. Excepto un árbol que se sentía profundamente triste. Tenía un problema: no daba frutos.
-No sé quién soy... -se lamentaba-.
-Te falta concentración... -le decía el manzano- Si realmente lo intentas podrás dar unas manzanas buenísimas... ¿Ves qué fácil es? Mira mis ramas...
-No le escuches. -exigía el rosal- Es más fácil dar rosas. ¡¡Mira qué bonitas son!!
Desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero como no conseguía ser como los demás, cada vez se sentía más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves. Al ver la desesperación del árbol exclamó:
-No te preocupes. Tu problema no es tan grave... Tu problema es el mismo que el de muchísimos seres sobre la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto, escucha tu voz interior...
¿Mi voz interior?... ¿Ser yo mismo?... ¿Conocerme?... -se preguntaba el árbol angustiado y desesperado-. Después de un tiempo de desconcierto y confusión se puso a meditar sobre estos conceptos.


Cuentos orientales
Finalmente un día llego a comprender. Cerró los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior susurrándole:
"Tú nunca en la vida darás manzanas porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada
primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, dar nido a las aves, sombra a los viajeros, y belleza al paisaje. Esto es quien eres. ¡Sé quien eres!, ¡sé quien eres!..."

Poco a poco el árbol se fue sintiendo cada vez más fuerte y seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que en el fondo era. Pronto ocupó su espacio y fue admirado y respetado por todos.
Solo entonces el jardín fue completamente feliz. Cada cual celebrándose a sí mismo.

* Precioso cuento de corte zen y taoista pero que podría copiar cualquier libro de autoayuda. Por que la frase "sé tú mismo", es fácil de decir, pero difícil de llevar a cabo, requiere una mente sincera, valiente y afinada. Primero porque se ejerce presión desde fuera bien de forma sutil como de forma directa...  y como al roble se le decía en el cuento que tenia que dar manzanas o florecer, en la vida real se nos dice como tenemos que ser, a qué debemos llegar y como tenemos que comportarnos. Y segundo, porque quizá ya hemos interiorizado esas "reglas" y pensamos que son nuestras. Pero nosotros somos cambiantes, un día estamos alegre y otro triste, un día optimista y otro pesimista, un día lloras y otro ríes a carcajadas. Aceptate, tanto en lo bueno como en lo malo... y en lo malo, reside la dificultad.

¿SABEN DE QUÉ LES VOY A HABLAR?

Esta historia comienza cuando Nasrudin llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudin, que en verdad no sabia que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo:

-No... ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!

Nasrudin contestó:

-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber que es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudin se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice "¡qué inteligente!", para no sentirse un idiota uno repite: "¡si, claro, qué inteligente!". Y entonces, todos empezaron a repetir:

-Qué inteligente.
-Qué inteligente.

Hasta que uno añadió:

-Si, qué inteligente, pero... qué breve.

Y otro agrego:

-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudin. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudin dijo:

-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

-¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudin insistía en que no tenia nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudin accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudin se paró frente al público e insistió con su técnica:

-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

-Si, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudin bajó la cabeza y entonces añadió:

-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

-¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", el resto comenzó a decir:

-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

-Qué maravilloso
-Qué espectacular
-Qué sensacional, qué bárbaro

Hasta que alguien dijo:

-Si, pero... mucha brevedad.
-Es cierto- se quejó otro
-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudin para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudin dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenia que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudin aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:

-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

-Algunos si y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudin con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

-En ese caso, los que saben... cuéntenles a los que no saben.

Se levantó y se fue.


* Por esto me gustan los cuentos de Nasrudin, son simpáticos, graciosos, son simples, y en cada caso nos describe una situación cómica para mostrarnos una realidad. La estupidez de las masas es muy grande. Cuando se encuentra en grupo, empieza a seguir al grupo dejando al lado el pensamiento crítico. En ese seguir, se busca seguir a alguien, a una idea, a una religión... perdiendo así la capacidad de pensar, de entender, de sentir, etc...

VIVIR EL PRESENTE.


Un hombre se le acercó a un sabio anciano y le dijo: -Me han dicho que tú eres sabio…. Por favor, dime qué cosas puede hacer un sabio que no está al alcance de las demás de las personas. El anciano le contestó: cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo. Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio, le contestó el hombre, sorprendido. Yo no lo creo así, le replicó el anciano. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

* Qué más podemos decir de este sencillo cuento que ya nos explica la lección que quiere darnos. Vive el presente, si estás ansioso vives en el futuro y si te encuentras deprimido, vives en el pasado. No es tan fácil pues vivir el presente, porque pensar en aquello que nos va a pasar, nos hace sentir seguros... y salir de nuestra zona de confort... como que no suele apetecernos.

QUE LLUEVA QUE LLUEVA.



En un lugar de la Tierra llamado África, vivía un niño llamado Jambó. Desde muy pequeño Jambo había aprendido los cantos mágicos de su abuelo y maestro, Abú.

Contaba la leyenda, que cuando el maestro Abú subía a la montaña y cantaba a los dioses la canción “Que llueva que llueva“, conseguía que durante unas horas estuviera lloviendo en todo el continente africano.

A Jambó le habían explicado desde muy pequeño que en el lugar en que vivía él y toda su familia, era un lugar muy seco ya que llovía muy poco, y por eso había sequía, y muy poca agua. Así que desde muy pequeño Jambó supo lo importante que era cuidar el agua y no derrocharla.

Un día, Jambó iba paseando por medio del desierto y se encontró con una lagartija de color amarillo, ya que estaba camuflada, pues apenas se distinguía del suelo. Esto lo hacían para protegerse de otros animales.

– ¿Qué te pasa lagartija? no tienes buena cara…, le preguntó Jambó con preocupación.

– No puedo moverme de aquí porque no tengo fuerzas, llevo días sin beber ni una gota de agua, este verano está siendo muy duro para mí jovencito.., le respondió la lagartija.

– Yo te llevaré conmigo, intentaremos conseguir algo de agua.

Jambó llevó a la lagartija amarilla a un pequeño charco de agua para que pudiera beber, y después la dejó bajo unos pequeños matorrales donde daba la sombra.

Rápidamente Jambó fue a ver a su abuelo Abú, para decirle que debían de ir a cantar a los dioses a la montaña para que volviera a llover, pues los animales estaban en peligro, ya no quedaba casi agua.

Así que juntos subieron a la montaña y comenzaron a cantar la canción “Que llueva que llueva…”.

Los dioses escucharon cantar a Abú y Jambó, y a los pocos minutos comenzó a llover en África.

Así, gracias a la canción de la lluvia, en África había agua para que todos los seres vivos que allí vivían pudieran sobrevivir.

* Se nota que este cuento africano está hecho para niños. Nos enseña que debemos ser sensibles a nuestro alrededor, nos hace sentirnos responsables de los animales y las plantas de todo el mundo. Que la felicidad individual, no está separada de la felicidad que todos los seres vivos que nos rodean.

LAS LLAVES DE LA FELICIDAD.



En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una gran broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra.
Para llevar a cabo la gran broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.

-Las esconderemos en las profundidades de los océanos -decía uno de ellos-.
-Ni hablar -advirtió otro-. El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.
-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes -dijo otro de los presentes-.
-No -replicó otro-. Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.
-¿Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? -dijo otro-.
-De ninguna manera -replicó un compañero-. No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.
-¡Ya lo tengo! -dijo uno que hasta entonces no había dicho nada-. Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.
-Tonterías -replicó otro de los presentes-. Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:
-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar en que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo de suponer o imaginar...
-¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde? -preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios-.
-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y en consecuencia tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón.

Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

* Sinceramente, dudo que este cuento esté dentro de la tradición Zen, pero había que clasificarlo de alguna manera.
Muchos hombres han buscado la felicidad de muchas manera, sin darse cuenta que la búsqueda misma nos aleja de la felicidad. Tampoco hay que confundir felicidad con placer, porque la búsqueda del placer es una huida de nosotros mismos. La felicidad es más bien ser realista y estar satisfecho con uno mismo.

CABALGAR EL VIENTO.



De su propio maestro Lao-sciang-scie, y de su propio amigo Pai-cao-zé, Lie-tzu aprendió el arte de cabalgar el viento (estados interiores de concentración). Yinn-scieng se enteró y yéndose a vivir con él, con la intención de aprender este arte, asistía a sus reuniones de concentración, las que lo privaban de los sentidos por un tiempo considerable. Muchas veces le pidió la técnica, pero siempre se encontró con su negativa. Disgustado, pidió permiso para partir. Lieh-tzu no respondió. Yinn-scieng se fue. Pero, consumido siempre por el mismo deseo, en el espacio de unos meses retornó a Lieh-tzu. Este le preguntó: ¿Por qué te has ido? ¿Y por qué has regresado?

Yinn-scieng respondió:

—Has respondido negativamente a todos mis pedidos; llegué a sentir rencor hacia ti y me fui; ahora que mi resentimiento ha desaparecido, he retornado.

Lieh-tzu contestó:

—Te creía de ánimo más equilibrado, ¿es posible que tu naturaleza sea tan baja? Te contaré como he sido formado por mi maestro. He llegado a él por un amigo. Pasé tres años enteros en su casa, empeñado en domar mi corazón y mi lengua, sin que él me concediese una sola mirada. Como progresaba, luego de cinco años me sonrió por primera vez. Como seguía progresando, después de siete años me hizo sentar en su estera ritual. Transcurridos nueve años de esfuerzos finalmente perdí toda noción de sí o de no, de ganancia o pérdida, de la superioridad de mi maestro y de la amistad con mi condiscípulo. En este punto el uso específico de mis diferentes sentidos fue reemplazado por un sentido general; mi espíritu se condensó, mientras el cuerpo perdía densidad; los huesos y la carne se licuaron (se sutilizaron); perdí la sensación de peso al sentarme, de sostenerme sobre mis pies (levitación); y finalmente partí, dejándome llevar libremente por el viento, hacia el Este, hacia el Oeste, en todas las direcciones, como una hoja seca llevada [por el viento] sin poder darme cuenta si era el viento el que me llevaba o si era yo quien cabalgaba el viento. He aquí el largo ejercicio de despojo, de retorno a la naturaleza, a través del cual he debido pasar para alcanzar la concentración. Pero tú, que recién has tenido la oportunidad de llegar a un maestro, que todavía eres tan imperfecto como para impacientarte y ofenderte; tú, que eres rechazado por el aire y a quien la tierra todavía debe soportar el cuerpo grosero y pesado, ¿pretendes elevarte sobre el viento en el espacio?

Yinn-scieng se retiró confundido, no atreviéndose a responder nada.

*Como siempre, en la filosofía taoísta, se busca el acercamiento a la naturaleza. La naturaleza que forma parte de nosotros la apartamos por algo que creemos mejor, nuestro EGO. El que forma nuestras ansiedades, nuestras ambiciones, deseos y sufrimientos. Cuando el taoísta entiende esto  y lo experimenta se acerca a esa naturaleza perdida.

LA SABIDURÍA DE MAIMÓNIDES.

El famoso filósofo Maimónides era también el médico de cabecera del Rey egipcio. Los otros médicos estaban muy celosos, porque el Rey le tenía mucho respeto y una confianza sin límites. Por esta razón decidieron preparar su caída. 
Una vez los médicos discutieron con Maimónides en presencia del Rey, con la intención de demostrar que éste no tenía idea alguna de la ciencia médica. Ellos afirmaron que la ciencia médica puede incluso devolver la vista a aquellos que han nacido ciegos. Pero Maimónides afirmó que se puede curar a un hombre solamente en el caso de haber quedado ciego por accidente, o por alguna enfermedad. Sólo en este caso se puede prestar ayuda, pero no se puede ayudar a un ciego de nacimiento. 
¿Qué hicieron los médicos? Trajeron delante del Rey a un hombre ciego que atestiguó que él había nacido así. Le pusieron una pomada encima de sus ojos, y el hombre empezó a gritar ¡Ya puedo ver! 
El Rey ya estuvo por expresar su desconfianza a Maimónides, pero el médico sacó un paño rojo, lo puso delante de los ojos del ciego - que recuperó su vista - y le preguntó: "¿Qué tengo en mi mano?" 

"Un pañuelo rojo" - contestó el hombre. »

El Rey se dio cuenta en seguida que Maimónides tenía razón. Si el hombre era ciego de nacimiento, ¿cómo podía ser que conozca los colores? Inmediatamente expulsó a los médicos con humillación y vergüenza. 
Pero no sólo los no judíos querían poner a prueba la sabiduría médica de Maimónides, sino también sus hermanos de fe. 
Entre los muchos enfermos que vinieron a ver a Maimónides para pedir su ayuda, vino un buen día también el poeta Rabí Abraham Ibn Ezra, que era muy pobre. El no estaba enfermo, pero se disfrazó de tal manera que no se lo podía reconocer. Se puso en la fila de los pacientes y esperó a que Maimónides pasara delante de él, lo considere como enfermo y le prescribiera un medicamento. Quería poner a prueba a Maimónides y saber, si éste podría reconocer si él estaba, o no estaba enfermo. 
Maimónides pasó delante de la fila de los enfermos y le dio a cada uno un papelito en el cual había anotado el medicamento para su enfermedad. También Rabí Abraham Ibn Ezra recibió un papelito. Lo abrió con una sonrisa y allí estaba anotada una sola palabra: "kesef" - dinero. 
Reconoció Rabi Abraham que no se podía engañar a un hombre como Maimónides. 

* Estos cuentos me gustan porque aunque no están basados en hechos reales, sí que cuentan con personajes reales. Sabios, de todas las ciencias que marcaron las directrices del pensamiento actual. Humanistas que deseaban la verdad y la sabiduría. 

EL ELEFANTE Y LOS SEIS CIEGOS.



En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema. 
El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

*El origen de este cuento es incierto, ya que algunos lo consideran extraído del hinduísmo, otros lo encasillan dentro de la tradición budista.
El cuento es un claro ejemplo de que vemos nuestro mundo a través de nuestros filtros.... como se dice normalmente: depende del cristal con que se mire. Cada uno saca conclusiones según sus experiencias, y esas conclusiones modificarán el mundo. Lo ideal es pues ver el mundo quitándonos todos los filtros, para ver la realidad tal y como es.

REY POR UN AÑO.

Una vez sufrió un judío un naufragio. Todos sus bienes se hundieron en el mar. Hasta él mismo hubiese muerto ahogado, si no se hubiera mantenido firmemente sujeto a una tabla de madera, que se separó del barco. Con la ayuda de esta tabla, llegó a pisar tierra en una isla. Apenas hubo llegado a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca de este lugar había una torre en cuya cumbre habían muchos centinelas, los que apenas se dieron cuenta de la llegada de una persona, tocaron su heraldo y avisaron en voz alta: - "¡Fíjense, aquí llega el Rey!"
Corrieron a su encuentro y gritaron: -"¡Aquí está nuestro Rey!"-Lo recibieron con mucho cariño, le pusieron un manto purpúreo y lo llevaron en sus hombros a la ciudad. En la plaza principal había una tribuna de madera, donde lo dejaron subir, lo coronaron con flores y el pueblo exclamó: - "¡Que viva el Rey! ¡Que viva el Rey!" - Lo llevaron por las calles de la ciudad en una procesión solemne. Mientras erigían el estandarte, las campanas de las torres empeza­ron a sonar, y toda la isla estaba estremecida por los gritos: ¡Que viva nuestro Rey!

Se pararon delante de un palacio maravilloso de puro mármol. Allí llevaron al extranjero y lo hicieron sentar encima del trono real tallado de marfil. Le colocaron la corona real incrustada con piedras preciosas y le pusieron un cetro dorado en su mano. Vino el sacerdote con su atuendo oficial, lo ungió y lo bendijo. Aparecieron los nobles del pueblo, se inclinaron delante de él y le pronunciaron su juramento de fidelidad.
La ciudad estaba llena de júbilo y todos felices en honor a su Rey.
El judío que sufrió el naufragio tan sólo pocos minutos antes, se sentía muy extrañado con toda esta escena y no podía compren­der nada, ni creer a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencido de que estaba profundamente dormido y todo lo que experimentaba, era tan sólo un sueño. Pero, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real, vino un sirviente que lo lavó y lo untó con los aceites más finos y lo friccionó con los mejores perfumes, y entonces empezó a pensar en su nueva posición. Le vistieron con trajes preciosos y lo acompañaron a una sala muy linda, en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas. Sirvientes estaban parados alrededor de él y esperaban su seña para cumplir con todos sus deseos. Ahora sí que empezó a creer en un milagro.
Entraron ministros para deliberar con él sobre asuntos del Estado. Altos oficiales del ejército le entregaron sus informes. Llegaron jueces y le pidieron que confirmara sus proyectos de leyes. El jefe de la guardia de la cámara del tesoro le entregó las llaves. Estaba muy extrañado por esta enorme honra que le prestaron, pero no podía entender el enigma. No podía entender, por qué habían elegido los habitantes de un país a un hombre para su Rey, si no lo conocían. Tampoco sabía por qué le asignaron, justo a él. esta dignidad enorme, y por qué lo encontraron, justamente a él, digno de todo eso. Nunca habría podido imaginarse llegar a un rango tan alto, con toda la pompa de los palacios, con todos los caballos y las carrozas. No encontró tranquilidad en su corazón. Todos estos acontecimientos misteriosos e incomprensibles no dejaron tranquila su alma, ni su conciencia. Quería encontrar la solución del enigma.
Llamó a uno de sus fieles servidores, en quien tenía confianza, y le habló así: - "Explícame, amigo mío, qué es lo que pasa acá, pues esto nunca había pasado antes. Que un hombre llega de la nada al pedestal más alto, que hombres de un país grande unten a un extranjero como Rey, le confíen su vida y su fortuna y pongan delante de sus pies todos los bienes de su vida."
Le contestó el sirviente: - "Rey mío, sé muy bien que no puedo ocultar la verdad. Pero se nos prohibió muy estrictamente revelar el secreto, y si yo lo hiciera, todo el pueblo consideraría que he cometido un pecado enorme contra todos."
Pero unos días más tarde, el Rey insistió mucho, diciéndole: - "Yo te juro que si tú no me desvelas la verdad, no voy a comer ni tomar nada y moriré delante de tus ojos". - Le parecía al sirviente que ya no podía esconder la verdad delante de su amo y le dijo: -"¡Escúchame, mi Rey! Hace mucho tiempo rige en este país la costumbre de no elegir como Rey a una persona que haya nacido aquí, sino sólo a un extranjero. En un día definido del año, esperamos delante del portón de la ciudad. Y el hombre que llega primero, lo elegimos nuestro Rey por doce meses, y cuando llega el último día del último mes, le sacamos los atuendos reales y le ponemos los vestidos que tenían puestos al llegar y después, lo llevamos al camino por donde llegó. Lo llevamos a la costa del mar, lo ponemos en un barco y lo llevamos a una isla pequeña y muy árida. Allí lo dejamos totalmente sólo."

Al escuchar estas palabras, el Rey se asustó mucho y le preguntó a su sirviente: - "Y todos los Reyes que me antecedieron, ¿sabían lo que les esperaba en un cierto día?".
"No, mi Rey," - dijo el sirviente. - "Ellos pasaron sus días de reinado a lo loco y nunca pensaron en su fin."
El Rey le dijo entonces: - "Yo veo que tú eres inteligente y yo simpatizo contigo. Dame un consejo ¿Qué tengo que hacer para salvar mi alma y para que no me pase a mí la desgracia que les tocó a mis antecesores"?

El sirviente le dijo: - "¿Quién soy yo para poder dar consejos a mi Rey? Pero si tú quieres escuchar mi consejo, entonces manda a esta isla árida algunos esclavos, y les ordena trabajar la tierra. Que planten pasto, plantas y hortalizas, planten árboles de fruta. También manda llevar allí dos de cada tipo de animal doméstico; y a un muchacho joven y a una mujer joven, para que sean fértiles y se multipliquen. La tierra va a tener su fruto y los cereales se recolectarán. De esta manera, toda esta tierra en la cual te pongan en exilio, será tu propiedad y en el día que termine tu reinado, vas a tener delante tuyo una mesa puesta con todo".
Esta idea le gustó mucho al Rey y siguió el consejo. Eligió a los mejores esclavos, dignos de confianza, y los mandó en forma secreta a aquella isla. Allí realizaron su trabajo, según el deseo del Rey. Construyeron casas y caminos, plantaron viñedos y transformaron esta isla árida casi en un paraíso.

Apenas terminó el año del reinado, llegó el momento de la prueba que pasaron todos los Reyes que reinaron antes de él. Sus siervos se pusieron muy extraños con él. Llegaron donde él, le sacaron la vestimenta preciosa sin piedad, le sacaron las llaves que le habían sido entregadas lo pusieron sus vestidos viejos que habían sido guardados y le acompañaron por un sendero angosto, fuera de los portones de la ciudad. Allí lo condujeron por un camino hondo por el cual había llegado, y lo metieron en un pequeño barco de la marina. Este lo llevó hasta la isla abandonada.
Pero él no tenía ninguna desesperación en su corazón, sino mucha tranquilidad, pues allí encontró un lugar con comodidad y bienestar - un lugar que se había preparado cuando era todavía Rey. Allí podía descansar de todo su trabajo y sus tribulaciones.

*Realmente, la enseñanza de este cuento no difiere mucho del de la hormiga y la cigarra. La morajela es que hay que prever el mañana y no pensar solo en el presente. Disfrutar, relajarse y liberar tensiones está muy bien, pero nunca debemos dejarnos llevar por eso. E igual que hay una época para descansar, también hay una época para trabajar... y el futuro te lo agradecerá.

LA COMADREJA Y SU MARIDO.


La Comadreja dio a luz un hijo, y, llamando a su marido, le dijo:- Búscame unos pañales como a mí me gustan y tráemelos. El marido quería complacer a su mujer y le preguntó:- ¿Qué pañales son esos que a ti te gustan? Y respondió la Comadreja:- Quiero una piel de elefante.


El pobre marido quedóse perplejo ante tales pretensiones y no pudo abstenerse de preguntar a su media naranja si había perdido la cabeza. La Comadreja, enfadada y como contestación, le arrojó la criatura a los brazos y salió inmediatamente y a toda prisa. Buscó al Gusano, y, así que lo encontró, le dijo:- Compadre, mi tierra está llena de hierba; ayúdame a renovarla un poco. Y cuando vio al Gusano atareado, escarbando, la Comadreja llamó a la Gallina y le dijo:- Comadre, mi hierba está plagada de gusanos y necesito tu ayuda. La Gallina echó a correr, se comió al Gusano y se puso a rascar el suelo. Un poco más adelante, la Comadreja encontró al Gato y le dijo:- Compadre, andan gallinas en mi tierra; bien pudieras en mi ausencia dar una vuelta por mis posesiones.

Un instante después el Gato había devorado a la Gallina. Mientras el Gato comía a sus anchas, la Comadreja dijo al Perro:- Patrón, ¿vas a dejar al Gato en posesión de esa tierra? El Perro, furioso, corrió a matar al Gato, porque no quería que hubiese allí más amo que él. Pasó por aquellos lugares el León, y la Comadreja le saludó con respeto y le dijo:- Señor mío, no os acerquéis a ese campo, que pertenece al Perro. Al oír esto el León, poseído de envidia, se arrojó sobre el Perro y lo hizo mil pedazos. Por fin asomó el Elefante, y la Comadreja le pidió auxilio contra el León. Y el Elefante entró como protector en la tierra de la que le imploraba auxilio. Pero ignoraba la perfidia de la Comadreja, que había abierto un hoyo muy grande, disimulándolo con infinidad de ramas.

El Elefante, al caer en el lazo, se mató, pero antes había ahuyentado al León, que, temeroso, refugióse a toda prisa en la selva. La Comadreja arrancó la piel del Elefante y se la presentó a su marido diciéndole:- Te pedí una piel de elefante y me llamaste loca porque juzgaste mi deseo como el mayor desatino. Mediante Dios, la he obtenido y aquí la tienes. El marido de la Comadreja ignoraba que su compañera era el animal más astuto del mundo y ni remotamente soñaba que lo fuese más que él. Pero entonces lo comprendió. Tal fama consiguió la señora con su artimaña que, desde lo ocurrido, se dice: "¡Es más astuto que una Comadreja!.

* Estos cuentos nos explican las tradiciones y orígenes de culturas ancestrales donde los animales se humanizaban y se destacaban sus características que más llamaban la atención. Nos muestra la sabiduría que algunas culturas tienen sobre la naturaleza y sobre todo lo que la compone.... algo que en nuestra mundo occidental se pierde y que nos hace recordar que , de vez en cuando, hay que retornar al campo, a la montaña, escapar de la ciudad y volver a donde venimos.


EL ASPECTO DE LAS COSAS.



Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegante comitiva escoltada por tres guardias que acompañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?

-Sí, es él.

-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos recibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organizaba una gran recepción para celebrar el equinoccio e invitó al sabio. También estaban invitados el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le preguntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?

-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

* Este cuento me recuerda a un refrán español que dice así: Allá donde fueres, haz lo que vieres. No sé si realmente es así, pero el cuento no solo se queda en eso, es bastante más profundo.
El cuento nos habla de que nuestro prejuicios, nuestras ideas preconcebidas a veces nos dificulta el aprendizaje, el ver, y el empaparse del mundo.

LA RECOMPENSA DEL DESIERTO


Hace mucho tiempo había un joven comerciante llamado Kirzai, cuyos negocios lo obligaron a viajar un día al pueblo de Tchigan, situado a doscientos kilómetros de distancia. Por lo común, el habría tomado la ruta que seguía el borde de las montañas, lo que le habría permitido hacer la mayor parte del viaje protegido del sol.

Pero en esta ocasión, Kirzai sufría la presión del tiempo. Era urgente que llegara a Tchigan lo mas pronto posible, de modo que decidió tomar el camino directo a través del desierto de Sry Darya. El desierto de Sry Darya es conocido por la intensidad de su sol y muy pocos se atreven a correr el riesgo de cruzarlo. No obstante, Kirzai dio de beber a su camello, lleno sus alforjas y emprendió el viaje.

Varias horas después de partir empezó a levantarse el viento del desierto. Kirzai refunfuño para sus adentros y apuro el paso del camello. De repente se detuvo, estupefacto. A unos cien metros delante de el se levanto un gigantesco remolino de viento. Kirzai nunca había visto nada semejante. El remolino arrojaba todo en derredor de una extraña luz purpúrea y hasta el color de la arena había cambiado. Kirzai titubeó. ¿Debía hacer un largo rodeo a fin de evitar esa extraña aparición o debía seguir siempre derecho? Kirzai tenia mucha prisa, sentía que no disponía de tiempo para tomar el camino más lento, de modo que agachó la cabeza, encorvó los hombros y avanzó.

Para su sorpresa, en el momento en que penetró en la tormenta todo se volvió mucho más calmo. El viento no azotaba ya con tanta fuerza contra su cara. Se sintió contento de haber tomado la decisión correcta. Pero de pronto se vio obligado a detenerse otra vez. Un poco más adelante, un hombre yacía estirado sobre el suelo junto a su camello acuclillado. Kirzai desmonto de inmediato para ver que pasaba. La cabeza del hombre estaba envuelta en una chalina, pero Kirzai vio que era viejo. El hombre abrió los ojos, miró con atención a Kirzai durante un instante y después habló con un susurro ronco.

-¿Eres .... tú? Kirzai rió y sacudió la cabeza. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tu anciano, ¿quién eres? El hombre no dijo nada. -De todos modos -continuó Kirzai- , Tú no estas bien. ¿Adonde vas? -A Givah -suspiró el viejo-, pero no tengo más agua.

Kirzai reflexionó. Sin duda podía compartir un poco de su agua con el anciano, pero si lo hacia se arriesgaba a quedarse sin agua él mismo. Sin embargo, no podía dejarlo así. No se puede dejar morir a un hombre sin echar una mirada atrás. "Al diablo con mis planes -pensó Kirzai- , sólo necesito encontrar mi camino hasta el sendero que corre a lo largo de las montañas, en caso de necesitar más agua. ¡Una vida humana vale mucho más que un compromiso de negocios!" Ayudó al viejo a tomar un poco de agua, llenó una de sus cantimploras y después lo ayudó a montar su camello.

-Sigue derecho por ese camino -le recomendó mientras apuntaba con el dedo- y en dos horas estarás en Givah. El anciano hizo una señal de agradecimiento con las manos y antes de irse miró un largo rato a Kirzai y pronunció estas extrañas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Entonces acicateo a su camello en la dirección que Kirzai le había indicado. Kirzai continuó su viaje. La oportunidad que lo esperaba en Tchigan sin duda estaba perdida, pero se sentía en paz consigo mismo.

Paso el tiempo. Treinta años después, los negocios llevan a viajar a Kirzai de continuo de una parte a otra entre Givah y Tchigan. No se había hecho rico, pero lo que ganaba era suficiente para proporcionar una buena vida a su familia. Kirzai no pedía mas que eso.

Un día, mientras vendía cueros en la plaza del mercado de Tchigan, se enteró de que su hijo estaba enfermo de gravedad. Era urgente que fuera a verlo de inmediato. Kirzai no vacilo. Recordó el atajo a través del desierto que había tomado treinta años atrás. Dio agua a su camello, llenó sus cantimploras y partió.

A lo largo del camino libró una batalla contra el tiempo, azuzando sin cesar a su camello. No se detuvo ni disminuyo la marcha mientras bebía agua, y por esas razón ocurrió el accidente. La cantimplora se le cayo de pronto de las manos y antes que pudiera bajarse para recuperarla, el agua desapareció en la arena. Kirzai profirió una maldición. Con una sola cantimplora llena era imposible cruzar el desierto. Pero al pensar en su hijo, el viejo se obligo a seguir adelante.

-¡Tengo que hacerlo! ¡Lo haré!

El sol del desierto de Sry Darya es despiadado. Le importa poco por qué o para qué fines un hombre trata de desafiar sus rayos, arde inexorablemente siempre con la misma fuerza e intensidad. Kirzai pronto comprendió que había cometido un gran error. Se le resecó la lengua y la piel le quemaba. La única cantimplora restante ya estaba vacía. Y ahora, para su desazón, vio que empezaba una tormenta de arena. Kirzai se envolvió la cabeza con su chalina, cerro los ojos y dejo que el camello lo llevara adelante a donde fuera. Ya no era conciente de nada. Un gigantesco remolino de viento se levantó frente a él. Despedía una suave luz purpúrea, pero Kirzai seguía inconsciente y no vio nada. Su camello entró en el remolino de viento, avanzó unos pocos pasos y entonces, en forma abrupta, se sentó. Kirzai cayo al suelo. "Estoy terminado -pensó- ¡Mi hijo nunca volverá a verme!"

De repente, sin embargo, dio un grito de alegría. Un hombre montado en un camello avanzaba hacia él. Pero cuanto más se acercaba el hombre, tanto más la alegría de Kirzai se convertía en estupefacción. Este hombre que ahora desmontaba de su camello .... ¡Kirzai lo conocía! Reconoció su propio rostro juvenil, sus ropas .... ¡y hasta el camello que montaba! Un camello que el mismo había comprado por dos valiosos jarrones muchos años antes.

Kirzai estaba seguro: ¡ el joven que venia a ayudarlo era él mismo ! ¡ Era el mismo Kirzai tal como era treinta años antes !

-¿Eres .... tú? -balbuceo Kirzai con un susurro ronco. El joven lo miro y rió. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quien soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tú, anciano, ¿quién eres? Kirzai no contestó. No sabia que hacer. ¿Debía decirle al joven quien era, o no decir nada? Mientras tanto el joven continuo: -De todos modos, tú no estas bien. ¿Adonde vas?

-A Givah -respondió Kirzai-. Pero no tengo mas agua.

Kirzai vio que el joven reflexionaba en silencio acerca de la situación y supo con exactitud lo que pasaba por su mente: ¿debía ayudar a Kirzai o continuar para atender sus propios asuntos? Pero Kirzai también supo cual seria la decisión y sonrió al observar que el joven le ofrecía un trago de agua. Después, el joven le lleno la cantimplora vacía, lo ayudo a montar su camello y apunto con un dedo.

-Sigue derecho por ese camino y en dos horas estarás en Givah.

El viejo Kirzai miro un largo rato al joven que alguna vez había sido él mismo y le hizo una señal de agradecimiento. Hubiera deseado hablar con él de muchas cosas, pero solo logro encontrar estas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Y entonces partió de prisa hacia Givah, donde lo esperaba su hijo. Kirzai llego a ser un hombre sabio, respetado por todos. Y cuando contaba este extraño cuento, todos los que lo escuchaban le creían. Desde aquellos tiempos, el desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir:


* Los cuentos del desierto siempre tienen algo de mágico. La inmensidad, la soledad y el silencio hace que el hombre se sienta maravillado y sensible a ciertas sutilezas. Este cuento nos habla de que cada uno es la humanidad... y al contrario de lo que nos quiere hacer creer la sociedad de consumo, de comprar más para ser mejor, para ser más feliz; es el trato con el vecino lo que nos hace feliz de forma permanente.

SIDDHARTA Y EL CISNE


Hace mucho tiempo, en India, vivían un rey y una reina.
Un día la reina tuvo un bebé. Lo llamaron Príncipe Siddhartha. El rey y la reina estaban muy felices.

Ellos invitaron a un sabio anciano para que fuera al reino a predecir la fortuna del niño.

“Por favor, dinos:” dijo la reina al sabio anciano.
“¿Qué llegará a ser nuestro hijo?”

“Vuestro hijo será un niño especial,” le dijo, ” Un día llegará a ser un gran rey.”

“¡Viva!” dijo el rey. “”Será un rey como yo.”

“Pero,” dijo el sabio, “cuando el niño crezca, podría abandonar el palacio porque querrá ayudar a la gente.”

“¡El no hará semejante cosa!” gritó el rey mientras le arrebataba al niño. “¡El será un gran rey!”


Todo el tiempo el rey lo observaba.

Se aseguró de que su hijo tuviera lo mejor de todo.

Quería que Siddhartha disfrutara la vida de un principe.

Quería que se conviertiera en rey
Cuando el Príncipe tuvo siete años su padre lo mandó a buscar.

“Siddhartha,” le dijo, “Un día serás rey, ya es tiempo de que comiences a prepararte. Hay muchas cosas que tienes que aprender. Aquí están los mejores profesores de la tierra. Ellos te enseñarán todo lo que necesitas saber.”

“Daré lo mejor de mí, padre,” contestó el príncipe


Cuando el Príncipe Siddhartha terminaba sus lecciones, le gustaba jugar en los jardines de palacio. Allí vivía toda suerte de animales: ardillas, conejos, pájaros y venados. A Siddhartha le gustaba obsevarlos.Podía sentarse a mirarlos tan quieto que a ellos no les daba miedo acercarse hasta él.
A Siddhartha le gustaba jugar cerca del lago. Cada año, una pareja de hermosísimos cisnes blancos venía a anidar allí. El los miraba detrás de los juncos. Quería saber cuántos huevos había en el nido. Le gustaba ver a los pichones aprender a nadar.
Una tarde Siddhartha estaba por el lago. Repentinamente escuchó un sonido sobre él. Miró hacia arriba. Tres hermosos cisnes volaban sobre su cabeza. “Más cisnes,” pensó Siddhartha, “espero que se posen en nuestro lago.” Pero justo en ese momento uno de los cisnes cayó del cielo.
“¡Oh, no!” gritó Siddhartha, mientras corría hacia donde cayó el cisne.


“¿Qué ocurrió? Hay una flecha en tu ala”, dijo. “Alguien te ha herido.” Siddhartha le hablaba muy suavemente, para que no sintiera miedo. Comenzó a acariciarlo con dulzura. Muy delicadamente le sacó la flecha. Se quitó la camisa y arropó cuidadosamente al cisne.“Estarás bien enseguida,” le dijo.
“Te veré luego.”
Justo, en ese momento, llegó corriendo su primo Devadatta. “Ese es mi cisne,” gritó.
“Yo le pegué, dámelo.”“No te pertenece,” dijo Siddhartha, “es un cisne silvestre”“Yo le fleché, así que es mío. Dámelo ya.”“No,” dijo Siddhartha.
“Está herida y hay que ayudarla.”
Los dos muchachos comenzaron a discutir. “Para,” dijo Siddhartha. “En nuestro reino, si la gente no puede llegar a un acuerdo, pide ayuda al rey. Vamos a buscarlo ahora.” Los dos niños salieron en busca del rey. Cuando llegaron todos estaban ocupados.“¿Qué hacen ustedes dos aquí?” preguntó uno de los ministros del rey. ¿No ven lo ocupados que estamos? Vayan a jugar a otro lugar.” “No hemos venido a jugar, hemos venido a pedirles ayuda.” Dijo Siddhartha.
“!Esperen!” llamó el rey al escuchar esto. “No los corran. Están en su derecho de consultarnos.” Se sentía complacido de que Siddhartha supiera cómo actuar. “Deja que los muchachos cuenten su historia,” dijo.
“Escucharemos y daremos nuestro juicio.”Primero Devadatta contó su versión.
“Yo herí al cisne, me pertenece.” Dijo.Los ministros asintieron con la cabeza. Esa era la ley del reino. Un animal o pájaro pertenecía a la persona que lo hería. Entonces Siddhartha contó su parte.
“El cisne no está muerto.” Argumentó. “Está herido pero todavía vive.”
Siddhartha cuidó del cisne hasta que estuvo bien otra vez. Un día, cuando su ala sanó, lo llevó al río.“Es hora de separarnos,” dijo Siddhartha. Siddhartha y Devadatta miraron como el cisne nadó hacia las aguas profundas. En ese momento escucharon un sonido de alas sobre ellos.“Mira,” dijo Devadatta, “los otros han regresado por ella.”
El cisne voló alto en el aire y se unió a sus amigos. Entonces todos volaron sobre el lago por una última vez.

“Están dando las gracias,” dijo Siddhartha, mientras los cisnes se perdían hacia las montañas del norte.

* Lo que nos trata de explicar este cuento es que la naturaleza tiene sus propias leyes. Que los hombres la señoreamos, nos colocamos por encima y dictamos las nuestras sin tenerlas en cuenta.

En la religión budista, los animales son reencarnaciones de antiguos familiares, de antiguas personas, y por eso tratan de no matarlos.

Por cierto, Siddhartha es un príncipe de una novela escrita por Hermann Hesse en 1922, y cuenta la historia de un príncipe hindú que lo deja todo por llegar a la iluminación.

GEMELOS CON UNA SOLA CABEZA.


Una vez había unos gemelos que sólo tenían una cabeza para los dos. Sus nombres eran Sainey y Sana. A pesar de tener una sola cabeza no estaban de acuerdo. Sana era fuerte pero obstinado. Sainey era débil pero agudo.

Un día Sana le dijo a su hermano:

-Quiero ir a la guerra.

Sainey sabía que su hermano era tozudo y no quiso escucharlo. Por tanto, le dijo:

-Deja que primero lo consultemos con nuestros padres y que nos den su opinión.

Sana les contó su plan. Su madre dijo:

-No deben ir.

Su padre dijo:

-No deben ir.

Pero Sana estaba decidido a ir. Y Sainey fue forzado a ir.

A pesar de sus esfuerzos no pudo salvar a su hermano: Sana murió en el campo de batalla. Y con dolor Sainey cantaba:

Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.

Cogió el cuerpo de su hermano desde el campo de batalla hasta el camino. Débil, Sainey tuvo que arrastrar el cuerpo. Y de este modo lo llevó hasta su casa. Los padres se acercaron a ellos. Cuando vieron lo que había ocurrido, su madre lloró, su padre lloró. La gente del pueblo fue a consolarlos. Y Sainey cantó su canción:

Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.

La gente del pueblo cargó con ellos hasta su campamento, donde fueron enterrados en una sola tumba.

* Este magnífico cuento nos habla de dos puntos:

Este cuento está relacionado con el espíritu del anterior cuento: La tribu . Nos habla que todos son uno y que uno son todos. Nos habla de la independencia, de la relación. Una persona es hermana de las demás, y si desea ser feliz, esto debe tenerlo en cuenta.

El otro punto es la guerra. La guerra ha sido parte inherente en todo el mundo, pero en especial, en ciertas zonas de África, se han dado verdaderas atrocidades entre pueblos hermanados... pero con distintas opiniones. Muchos de estos problemas provienen de un pasado colonialista y del empobrecimiento de la zona... a causa de otros hermanos del Norte.


LOS MONOS

 

Era un aspirante espiritual con mucha motivación, pero tenía una mente muy dispersa. Tuvo noticias de un sobresaliente mentor y no dudó en desplazarse hasta donde vivía y decirle:

  --Respetado maestro, perdona que te moleste, pero mi gratitud sería enorme si pudieras proporcionarme un tema de meditación, puesto que tengo decidido retirarme al bosque durante unas semanas para meditar sin descanso.

  --Me complace tu decisión. Ve al bosque y estáte contigo mismo. Puedes meditar en todo aquello que quieras, excepto en monos. Trae lo que quieras a tu mente, pero no pienses en monos.

  El discípulo se sintió muy contento, diciendo: “!Qué fácil es el tema que me ha proporcionado el maestro!; sí, realmente sencillo”. Se retiró a un frondoso bosque y dispuso una cabaña para la meditación. Transcurrieron las semanas y el aspirante puso término al retiro. Regresó junto al mentor, y éste, nada más verlo, preguntó:

  --¿Qué tal te ha ido?

  Apesadumbrado, el aspirante repuso:

  --Ha sido agotador. Traté incansablemente de pensar en algo que no fuesen monos, pero los monos iban y venían por mi mente sin poderlo evitar. En realidad, llegó un momento en que sólo pensaba en monos.


Este es un clásico cuento que nos muestra muy bien como funciona nuestra mente. En la filosofía oriental la mente es un obstáculo para conseguir la felicidad. Siempre pensando en lo que necesitamos, siempre pensando en lo que debemos hacer, y que pasará si no lo hacemos. Y no nos damos cuenta que cuando pensamos y pensamos, que es hacerlo en el futuro o en el pasado, estamos desperdiciando el presente, y por tanto la felicidad.
Además, el mono es un personaje importante dentro de la mitología hindú.... gracioso, bromista inteligente pero también un guerrero feroz

LA CONCENTRACIÓN Y LA PIEDAD.


Un joven, preso de la amargura, acudió a un monasterio en Japón y le expuso a un anciano maestro:

—Querría alcanzar la iluminación, pero soy incapaz de soportar los años de retiro y meditación. ¿Existe un camino rápido para alguien como yo?
—¿Te has concentrado a fondo en algo durante tu vida? —preguntó el monje.
—Sólo en el ajedrez, pues mi familia es rica y nunca trabajé de verdad.

El maestro llamó entonces a otro monje. Trajeron un tablero de ajedrez y una espada afilada que brillaba al sol.

—Ahora vas a jugar una partida muy especial de ajedrez. Si pierdes, te cortaré la cabeza con esta espada; y si ganas se la cortaré a tu adversario.

Empezó la partida. El joven sentía las gotas de sudor recorrer su espalda, pues estaba jugando la partida de su vida. El tablero se convirtió en el mundo entero. Se identificó con él y formó parte de él. Empezó perdiendo, pero su adversario cometió un desliz. Aprovechó la ocasión para lanzar un fuerte ataque, que cambió su suerte. Entonces miró de reojo al monje. Vio su rostro inteligente y sincero, marcado por años de esfuerzo. Evocó su propia vida, ociosa y banal...

Y de repente se sintió tocado por la piedad. Así que cometió un error voluntario y luego otro... Iba a perder. Viéndolo, el maestro arrojó el tablero al suelo y las piezas se mezclaron.

—No hay vencedor ni vencido —dijo—, No caerá ninguna cabeza.

Se volvió hacia el joven y añadió:
—Dos cosas son necesarias: la concentración y la piedad. Hoy has aprendido las dos.

*Qué magnífico cuento Zen, la concentración y la piedad. En un momento, el joven olvida su propio interés y empatiza de tal manera con su contrincante en el juego del ajedrez que se ve reflejado en él. 

LA CELEBRACIÓN DE LA MUERTE.



Al saber de la muerte de la esposa de Chuang Tse, su buen amigo Hui Tse acudió a consolarlo y halló al sabio sentado en el suelo, golpeando un recipiente colocado boca abajo y cantando a todo pulmón.
Horrorizado ante aquel comportamiento, Hui Tse se lo reprochó:
-Esa mujer ha vivido contigo, ha criado ha tus hijos,
ha envejecido contigo y ahora está muerta. ¡No me parece bien que no estés llorando,
y encima te dedicas a golpear un recipiente y a cantar de ese modo!
Y Chuang Tse respondió:
-Te estás equivocando, amigo mío. Al principio no pude evitar sentirme triste y deprimido por la muerte de mi amada esposa. Pero después empecé a reflexionar. Al principio ella no tenía vida, y sin vida no tenía espíritu, y sin espíritu no tenía cuerpo. Pero después se le dio la vida, un espíritu y un cuerpo. Ahora las cosas han vuelto a cambiar y está muerta. Se ha unido al gran ciclo de las estaciones. Ahora se halla suspendida entre el cielo y la tierra. ¿Por qué debería lamentarlo? Sería como sí yo no entendiese el proceso de la vida. Por tanto, he decidido dejar de lamentarme y celebrarlo.(Chuang Tse).

*Quizá este cuento nos choque, nos moleste incluso por la tradición religiosa, o simplemente por la tradición social que tenemos. Pero es un cuento mítico en la cultura Taoísta, de hecho se le atribuye a Chuang Tse, considerado el autor taoísta que más ha aportado.
Como siempre decimos, el Tao está unido a la naturaleza, formamos parte de ella y en su esplendor somos felices.... para los taoístas, volver a ella es formar parte de la madre que nos hizo. Y es por eso que no hay motivo de tristeza.

LOS GRANJEROS A LOS QUE SE LE DABAN BIEN LOS NÚMEROS.

Mulla Nasrudin
De entre todos los pueblos que el mula Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudin encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas de agua vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las llevaban de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

"¿No sería mejor si tuvieran agua en el pueblo?", preguntó Nasrudin al granjero de la casa en la que se alojaba. "¡Por supuesto que sería mucho mejor!", dijo el granjero. "El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas las horas del burro como las horas del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año."

"Veo que lo tienes todo bien calculado", dijo Nasrudin admirado. "¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?" "¡Eso no es tan simple!", dijo el granjero. "En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Al menos me quedan otros treinta años más de vida, así que me es más barato enviarles por el agua."

"Sí, ¿pero es que serías tú el único responsable de construir un canal? Son muchas familias en el pueblo."

"Claro que sí", dijo el granjero. "Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año."

"Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?

"Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y halva, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después de comer otro té y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos. Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te digo, que cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar." "Vale", dijo Nasrudin, "pero entonces en cuatro años estarías preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!"

"Hay otro problema", dijo el granjero. "Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá ir por agua, tanto como si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente."

"Lo entiendo", dijo Nasrudin . "Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal."

"Pues no", dijo el granjero. "Cualquier caradura que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin coste alguno."

"Tengo que admitir que tienes razón", dijo Nasrudin.

"Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, el otro el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño, el burro tendrán que ir a buscar al médico.

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrirnos el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así, la construcción del canal ni siquiera se empezará."

"Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes", dijo Nasrudin. Se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: "Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tiene el mismo problema que ustedes tienen. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años."

"Efectivamente", dijo el granjero, "pero a ellos no se les dan bien los números."

* Este maravilloso cuenta que protagoniza Nasrudin es un claro ejemplo de lo estúpida que se vuelve nuestra sociedad. Nuestro intelecto, nuestros estudios, nuestro saber, y por tanto, por ser nuestro, también es nuestro interés, lo ponemos por encima del bien común. Sin darnos cuenta que realmente el bien común es el bien nuestro. No solo el bien común del bien familiar, ni el bien vecinal, ni el bien de la comunidad o del país, sino el bien de las personas que viven en la otra parte del mundo y del bien de otros seres vivos que comparten el planeta. 

EL MURO

Dicen que una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingresó a una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores de la que él se encontraba. Con tal desesperación elevó una plegaria a Dios de la siguiente manera: 

"Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada para que no entren a matarme". En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba, y vio que apareció una arañita. La arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado: 

"Señor, te pedí ángeles, no una araña." Y continuó: "Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme". Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observo a la arañita tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y éste quedó esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva en la que se encontraba el hombre ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escucho esta conversación: 

Primer hombre: "Vamos, entremos a esta cueva." Segundo hombre: "No. ¿No ves que hasta hay telarañas?, nadie ha entrado en ésta." 

* De este cuento sacamos una gran enseñanza. Muchas veces, a lo largo de la vida, vamos creciendo y vamos tapando nuestro mundo con murallas de valores, de juicio, ideas, experiencias, y cuando nos damos cuenta, estamos en un lugar estrecho y que nos axfisia. Pero como lo hemos hecho nosotros, no sabemos como deshacer el muro que nos tiene presos. Es hora pues de plantearse si de verdad esos muros son reales, si algunas paredes son necesarias, si podemos sentirnos bien sin el inquietante deseo de sentirnos seguros. Ya que quizá, lo único seguro en esta vida es que no hay nada seguro...