La belleza nunca muere.

Un rey tuvo dos hijas: una fue fruto de su matrimonio con la reina y la otra la tuvo con una hermosa criada. La hija de la reina era fea y llorona, y la segunda, llamada Gbezza, era bella y sonriente.
A medida que iban creciendo, también crecían los celos de la reina al ver la hermosura de Gbezza. Cierto día ya no aguantó más y fue a ver a un mal brujo para que dañara a la hermosa Gbezza. Al cabo de una semana, Gbezza enfermó, y a los pocos días murió.
El pueblo todo entristeció, como si la felicidad y la belleza hubiesen desaparecido entre esa gente.

Pero un día misteriosamente creció un árbol en la tumba de Gbezza. Cada vez crecía más y más…Todos pensaron que era su alma y volvieron a estar alegres. Pero la reina hizo quemar al árbol y esparcir las cenizas.

Llegó el tiempo de las cosechas y el rey estaba muy contento, porque había mucho trigo. Pero un enloquecido rebaño de gacelas apareció de golpe y comenzó a pisotear y a comerse el grano. La gente no sabía qué hacer para espantarlas… Hasta que todas las gacelas se detuvieron y una de ellas se acercó al rey, le miró a los ojos y… El rey reconoció a su hija Gbezza en aquel bello animal que poco a poco recuperó su forma y se abrazó a él. La reina comprendió su atrocidad y se clavó una lanza en el pecho.

* La envidia, nunca lleva a nada bueno. En este cuento nos explica que una princesa, llevada por los celos acaba con la vida de su bella hermana. Y este acto le sigue durante el resto de su vida.

Sé como un muerto.

Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística. El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:

--Querido mío, mi muy querido, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.

El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.

--¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.

--Nada dijeron.

--En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.

El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:

--¿Qué te han respondido los muertos?

--De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.

Y el maestro concluyó:

--Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.´

* La retención en la memoria de un insulto o un alago es una elección de el Ego, de una parte de nuestra mente, de la idea del YO. Una idea es permanente, pero no es real. Y lo que ha sido dañado o elogiado es solo la idea de nosotros mismos, simplemente una idea, algo no real.