La serpiente cósmica.


El pueblo Fon, cuenta como la serpiente cósmica, Aida-Hwedo, fue creada al principio de los tiempos por el Creador, un dios andrógino con dos caras: Mawu, la luna, (femenino), y Lisa, el sol, (masculino).

Aido-Hwedo contribuyó a la creación al llevar al creador en su boca mientras se formaba el mundo. Cuando terminó la obra, el Creador vio que era un peso excesivo para la tierra: demasiados árboles, demasiadas motañas, demasiados elefantes, demasiado de todo.

Entonces, le pidió a Aido-Hwedo que se enroscase y se colocase por debajo a la sobrecargada tierra como si fuese un cojín para poder transportarla. Como a Aido-Hwedo no le gustaba el calor, el Creador hizo el océano para que viviera allí.

Al sentir Aido-Hwedo una gran presión sobre sí, tiene que cambiar de postura para descansar, y lo que sucede en esos casos es que se desatan terremotos.

Aido-Hwedo se alimenta de barras de hierro que forjan unos monos rojos que viven bajo el mar. Cuando el hierro se agota, del hambre se come su propia cola. Luego, la tierra, con toda su carga se desequilibra y cae al mar.

*La mitología africana es una de las más antiguas, y se ve como esta trata de explicar los sucesos que pasan. Y es que esto es muy normal en la condición humana: imaginar y crear ideas que nos ayudan a entender el mundo.

La broma del maestro.

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

--Amigos, ¿sabéis de qué voy a hablaros?

--No -contestaron.

--En ese caso -dijo-, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.

Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo.

El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:

--¿Sabéis de qué voy a hablaros?

--Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.

--Siendo así -dijo el santo-, no tengo nada que deciros, porque ya lo sabéis. Que paséis una buena noche, amigos.

Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.

No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:

--¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?

No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:

--Algunos lo sabemos y otros no.

Y el hombre santo dijo:

--En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.

Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.

* Las personas sabias no se dejan llevar por la vanagloria, por el qué dirán y no se jactan de méritos propios o cualidades que pueden confundirle y nublar el claro discernimiento. El maestro no se ha dejado llevar por su vanidad ni por el resentimiento, tiene la mente clara y es capaz de descubrir las verdaderas intenciones de los oyentes y actuar acorde.